Panorama: Kicillof en tránsito suave, Vidal forzada a reducir el daño


(Por Andrés Lavaselli, de la redacción de DIB).

El abrumador triunfo de Axel Kicillof sobre María Eugenia Vidal redujo la estrategia de la Gobernadora a una política de reducción del daño destinada a preservar su propia figura para el mediano plazo, perdida casi la chance de reelegir. En contraste exacto, el candidato del Frente de Todos se enfoca en el “plan integral” que piensa aplicar, preocupado por rechazar ansiedad de la multitud de peronistas que se ponen el traje funcionarios en un adelanto de su primer desafío: cómo equilibrar los sectores internos de su espacio.

La dureza de la crisis económica en una provincia que acumula los bolsones de pobreza más grandes del país es uno motivo evidente de la debacle del oficialismo: Vidal perdió 563 mil votos respecto de octubre de 2015, siete puntos porcentuales. Pero el mal manejo político contribuyó, porque el desmembramiento de la tercera vía que representó la candidatura de Felipe Solá por el massismo, que aquella vez se había quedado con el 19% de los votos, terminó de desnivelar la balanza, al eliminar la división más significativa del peronismo.

Entre las cuestiones que trastocó el resultado, hay una que ha sido poco desarrollada: el aura de Vidal como la política emergente más importante del país quedó dañada. Es que los datos duros indican no solo que Kicillof le sacó 1.569.407 votos de diferencia, sino que ella sumó apenas sumó 342 mil más que Macri. En una elección de casi en la que votaron casi 9,5 millones de personas, esa luz transforma la idea de la superioridad electoral de la Gobernadora en una hipótesis contra factual surgida de las mismas encuestas que el resultado desacreditó.

Eso no quiere decir que Vidal no haya llegado con menos imagen negativa ni que Macri, efectivamente, no la haya traccionado en forma negativa. Pero el hecho de que no se haya verificado un corte de boleta significativo (en contraste, otra vez, con el resultado) reenvía el análisis a la cuestión política. Vidal no logró convencer a Marcos Peña de la necesidad de aliarse con el peronismo (pensaba en Massa) ni optó por forzar un adelantamiento de la elección provincial. El “somos un equipo” terminó siendo una contraseña para asumir costos.

A pesar de que la épica de una “remontada” poco probable que lanzó el gobierno nacional no la incluye, Vidal parece tener más posibilidades de sobrevida política que Macri. Y no solo por la mejor ponderación que pese a todo conserva: también reaccionó mejor que el presidente, cuya conferencia del lunes parece haber terminado de clausurarle el horizonte. Pero el objetivo, en un distrito sin balotaje, parece claro para ella: acortar lo que pueda la diferencia, para mejorar la plataforma que la sostenga si tiene que dejar el poder.

En ese sentido, es clave la arquitectura legislativa que emerja de las urnas en octubre: no es lo mismo negociar si se tiene la facultad de trabar la sanción de leyes que si no se la tiene. En ese marco, la decisión de Vidal “pintar de amarillo” las listas seccionales puede traerle un dolor de cabeza: dejó afuera veteranos en favor de dirigentes que deben probar aún su capacidad de resistir presiones y seducciones que eviten que el devenir de la política desmembre lo que constituyan las urnas.

La difundida habilitación para el corte de boletas es una maniobra de cajón en ese marco: si no se da el OK, los intendentes de JpC la ejecutarán igual, porque se trata de salvar sus propios gobiernos de la ola que barrió a Macri. En el caso del radicalismo, la cuestión del corte en las comunas pone en juego también la permanencia de esa fuerza en el espacio, que de todos modos podría discutir en octubre. Para Vidal, preservar esos territorios –piensa sobre todo en Lanús, La Plata y Tres de Febrero- es un activo, porque aunque es poco factible, hasta quedó el riesgo la reelección de Horacio Rodríguez Larreta.

La otra cara

En la otra orilla, Kicillof se mueve con la cautela de quien está convencido de que no cambiar nada es la mejor manera de quedarse con todo. Por eso, recién hacia el final de la semana que comienza retomará sus recorridas en el Renault Clío de Carlos Blanco, el “kicimóvil” que tanto hizo para transmitir la imagen de campaña austera y prolija que le dio evidente buen resultado. El interior de la provincia será otra vez el escenario, con dos objetivos agregados: el triunfo local en Bahía Blanca y Mar del Plata.

Cerca de Kicillof cuentan que el exministro de Economía siempre consideró “un error garrafal” algo que hizo Aníbal Fernández en 2015, cuando corría la misma carrera que él ahora: presentar a lo que sería su gabinete antes de ganar la elección. La mención no es inocente ni casual: busca descomprimir la presión a la que lo someten los “autopostulados” a funcionarios, que son legión. “Le provoca un rechazo visceral esa forma de venderse que tiene muchos”, dicen en su entorno.

Eso no quiere decir que no tenga equipos definidos ni que no piense en su eventual gabinete. Por supuesto que ya lo está haciendo. Pero las razones para la prudencia son múltiples. En algún caso, porque hay nombres en juego cuya inclusión depende del resultados locales en octubre. Pero más estructuralmente, porque esa definición será la primera señal fuerte sobre su rol que tendrán diversos sectores internos de un eventual gobierno surgido de un frente de unidad que, como su nombre indica, surgió del acople de diversidades.

De esa distribución, y de la que se haga en el poder legislativo, dependerá la resolución de lo que puede ser el primer desafío político de Kicillof, más allá de las emergencias múltiples que se propone atender si llega al gobierno. La Cámpora, el Movimiento Evita junto con una miríada de organizaciones sociales, el PJ de los intendentes del Conurbano están ya pendientes de ese ajedrez, en el que además hay que incluir a Alberto Fernández, si como todo indica se transforma en el nuevo presidente de la Nación. (DIB) 

Comentarios
Cargando...