La frase que los parió

La columna delaltillo: ¿Hay lectores de frases o autores que inventan lectores de frases? La dictadura del aforismo ¿es, nace o se hace? El escritor Guillermo Del Zotto intenta una mirada de reojo al fenómeno.


“El error está en querer convencer” dice Juan José Arreola. Si dijéramos “tiene razón” caeríamos en la misma trampa que la frase quiere que evitemos. Este admirable escritor mexicano está tratando de significar que el error es “querer convencer”. Es decir, cuando la intencionalidad supera el objetivo. El consumo de imágenes (aún cuando estas vengan en forma de palabras recuadradas para la ocasión en Facebook) está logrando que Arjona, Borges y Platón parezcan genios o idiotas sin solución de continuidad. Es un resultado que no depende del emisor, sino mas bien del consumidor. Es lógico que uno busque convencer con lo que hace –en este caso literatura, arte- pero si el “querer” lograrlo se impone, el “convencer” quedará redimido a las intencionalidades y no a la eficacia.

Desde hace varias décadas, gracias a movimientos como el Ou.Li.Po., sabemos que el lector no sólo es parte y arte de la escritura, sino que además ha pasado a constituir algo mas que el cincuenta por ciento de la “autoría” del texto. Es muy alentador saber que en gran parte la literatura futura depende de futuros y exigentes lectores.

“Es cierto”, “gran verdad”, “permiso, lo copio” son los comentarios de moda en los nuevos formatos de comunicación. Las redes sociales permiten hoy la visualización espontánea de lo que alguna vez fue una ingenua e ingeniosa idea: unas páginas en blanco en los libros para que cada lector se expresara con respecto al contenido y a su autor. Algo que de alguna manera mejoraba el incómodo y ancestral subrayado de los libros con la calentura neuronal del momento.

La demagogia en el arte, en la escritura, es una materia que quizás no se profundizó demasiado estudiándola  de manera crítica. Lo cierto es que, al usarla, el mayor perjudicado siempre es el artista, el autor. No puede librarse de ese laberinto en el que los caminos que se cruzan son “gustar” o “no mentir”. Cuando nos referimos a no mentir queremos señalar la búsqueda honorable del verosímil. Anton Chéjov ya nos ha explicado que: “Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir”.

Roland Barthes decía que escribía para que lo quieran, pocos y de lejos. Cosa que a los fundamentalistas del aforismo no les convendría. O directamente no podrían entender. Es que las frases sentenciadoras son eso: una sentencia a algo definitivo y disecado. Y las redes sociales son eso: redes.

Más allá de los nuevos formatos  y los nuevos lectores que ellos formarán, la tentación es la misma. La palabra tentación tiene una carga moral que asusta. O debería. Porque entre otras cosas, lo que atrae  en eso de decir lo que se quiere oír, es un dulzón atractivo que marea.  Como ahora, que para poder denunciar la dictadura de las frases, uno está al borde de caer en una de ellas para especificarlo: no debería ser lo mismo leer aforismos color fluo en redes que leer libros como “De jardines ajenos” de Adolfo Bioy Casares (frases que recopila el autor de “La invención de Morel” a las que roba con el permiso que le otorga el título del libro).

Ni hablar aquí de los “comunicadores” que ya no sólo utilizan el refranero desértico repetido como cacatúas sino que además directamente muestran la imagen de esos grafitis de la nada.

Quizás es momento entonces de silbar bajito y arrojar el anzuelo en un lugar recóndito del río. A la espera de lectores plurivalentes. Es decir, que ellos mismos se encarguen de los significados. Esos lectores son como las brujas: que los hay, los hay.


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