La vergüenza de haber sido, el dolor de ya no ser

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)
Al destino le gusta jugar con las coincidencias, con circunstancias a través de las cuales parece querer ayudarnos a entender sus caprichos.
Leyendo a Heidegger, encuentro cierta inclinación por explicar su enunciado ontológico apelando al Principio de incertidumbre de Heisenberg. De inmediato me surge la inquietud por saber si uno de ellos puede haber sido influenciado por el otro. Le pregunto al Chat GPT cuándo se publicó Ser y tiempo y cuándo se enunció el Principio de incertidumbre. Para mi sorpresa, la respuesta es la misma: 1927.
No me quedo conforme con la coincidencia e insisto. Pregunto si pudo haber una conexión anterior entre ambos autores. El Chat es contundente: es prácticamente imposible que Heidegger y Heisenberg se conocieran antes del año 27. Pertenecían a círculos distintos y no había en ese momento conexión entre los científicos que proponían el incipiente modelo de mecánica cuántica con los círculos de la filosofía.
Tal vez este dato sólo nos llame la atención a los que alguna vez hemos estudiado algo de Física y tenemos modestas (muy modestas) aspiraciones filosóficas.
Voy a tratar de simplificar, corriendo el riesgo de que en tal simplificación se pierda el verdadero sentido de este paralelo conceptual que propongo.
Heidegger dice que, si el ser se volviera objeto, ya no revelaría plenamente su ser y de ahí la imposibilidad de ahondar en él. Es decir, desconfía o reniega de la definición de ser utilizada hasta ese momento en la Filosofía. El verdadero ser sería lo que somos mientras estamos distraídos ocupándonos e otros menesteres, cuando en él, en cambio, ya no podemos verlo tal como es. Heisenberg, por su parte, descubre que resulta imposible medir con precisión la posición y la velocidad de una partícula subatómica, dado que al medir una de estas variables, inevitablemente se interfiere sobre la otra, apenas si podemos calcular porcentajes probabilísticos, nunca certeros, de cómo ocurren los fenómenos a escala subatómica. (Pero en esas grietas está Dios, y acecha, dice Borges en relación a esto. Es decir, donde termina el determinismo, se abre una puerta que un orden superior al nuestro gobierne.)
Sigo consultando al Chat y me entero de que posteriormente al 27, hubo intercambio epistolar entre Heidegger y Heisenberg y que algunos autores posteriores encontraron ciertas analogías, lo cual provoca en mi subjetividad sentimientos encontrados: no soy autor de ninguna tesis original en este terreno, pero mi observación pareciera que no es equivocada.
Le pregunto finalmente al chat GPT si hay alguna posibilidad de que Alfredo Le Pera, quien escribió los versos que dan título a esta nota en 1934, hubiera sido lector de Heidegger.
Me dice que no, claro. Ser y tiempo se publicó en 1927 y en la década del 30 era completamente desconocido en Argentina. Es más, la primera traducción al castellano es del año 51.
De todos modos, el Chat, siempre tan amable, me consuela diciendo que en verdad el tango de Gardel y Le Pera suena heideggeriano ya que remite a la temporalidad, al derrumbe del yo, a la identidad en fuga, a la diferencia entre lo que fui y lo que soy, el dolor de existir en el tiempo.
Me despido chiflando bajito Cuesta abajo y planteándome una vez más la famosa duda de Hamlet: “To be, or not to be, that is the question”.