Acá abajo no vive nadie


Por Silvana Melo / Agencia Pelota de Trapo

(APe).- Parecería que abajo no hubiera nadie. Los que gobiernan –el emperador y su cohorte- gobiernan para quienes caben en el tablado donde gesticula. El emperador. Para quienes confecciona los memes que él retuitea en una descollante y berreta editorialización diaria. Pero abajo no hay nadie. Como en el desierto que Roca conquistó y para eso tuvo que matar a miles de tehuelches, mapuches y ranqueles que sí estaban. Como en el Chaco y la Catamarca que aquel funcionario felipista de Solá prometía a la China para criarles los cerdos. Ahí donde no había nadie. O en la Chubut que ve Bullrich, donde en miles de kilómetros no hay más que guanacos y entonces qué esperan para instalar la torre de perforación donde no vive nadie. Y la contaminación y los sismos del fracking no afectarán a Telsen, Gan Gan, Gastre, Paso del Sapo o Paso del Indio, algunos de los pueblos que se pasó la ministra. Si al final es más importante agotar los recursos naturales que sostener la vida. Porque en realidad acá abajo no vive nadie.

La historia desparramó gobernantes ciegos que no veían la tierra ocupada. Que no veían la vida sobre la tierra. Roca leyó como desierto el mapa de la Patagonia. Y para repartirla entre los terratenientes mató a miles de pampas, ranqueles, mapuches y tehuelches. Que estaban ahí, desarrollando sociedades alternativas, ocupando tierras desde el origen (por eso se los llamó aborígenes). Los mató, los deportó, los exilió de la vida. El mismo lo había adelantado, con una crueldad similar a la de estos días:

Tenemos seis mil soldados armados con los últimos inventos modernos de la guerra, para oponerlos a dos mil indios que no tienen otra defensa que la dispersión ni otras armas que la lanza primitiva”. Es decir, oponerlos a nadie.

Vendió por monedas y regaló, en 27 años, 41.787.023 hectáreas a 1.843 terratenientes. Que eran los que gobernaban siempre en las sombras. El orgullo de Roca –uno de los héroes del emperador actual, igual de ciego que su prócer- fue la síntesis de sus operaciones: “5 Caciques soberanos prisioneros y uno muerto; 1271 Indios de Lanza prisioneros; 1313 Indios de Lanza muertos; 10.539 Indios de Chusma (mujeres y niños) prisioneros; 1049 indios reducidos. Lo que da por resultado la cantidad de 14.172 indios suprimidos de la pampa. Sin incluir en esta cifra el número considerable de indios muertos en las persecuciones y a consecuencia del hambre en el seno mismo del desierto”. El balance es del general Roca. Y abajo no había nadie.

Como en Catamarca, Chaco, Formosa y Corrientes. Donde planeaban hace tres años instalar las mega granjas de cría de cerdos para la China. Que tuvo que matar millones arrasados por un virus. Cuenta Soledad Barruti que en el encuentro con el secretario de Relaciones Económicas Internacionales Jorge Neme, el segundo del entonces canciller Felipe Solá, anunció números impensables de animales “en un proceso prudente, incorporando tecnología de punta para reducir el impacto ambiental”.

-Algo imposible – dijo Barruti que le respondieron.

-Pero estas granjas van a ubicarse en lugares del país donde no hay nada-, redobló la apuesta Neme.

La nada no existe-. Y se acabó la negociación.

No hay nadie tampoco en el Chubut que ha logrado, desde la resistencia popular, plantarse ante la megaminería contaminante. Hace más de veinte años Esquel gritó un no rotundo en el plebiscito donde más del 80 por ciento de la población negó la entrada a un proyecto minero de extracción aurífera. En esos años rebeldes (2001-2002) nació la Ley 5001, que como la 7722 de Mendoza, prohíben la minería con química contaminante. Son testigos estos pueblos de las avanzadas espasmódicas del poder que buscan voltear las leyes que se defienden en la calle. Donde están todos. Todos.

Aunque la ministra de Seguridad diga que en la meseta chubutense no vive nadie, más que un millón de guanacos. No entiende el derecho adquirido con la lucha y dice “es una provincia que vive de la pesca, que vive del petróleo, que no vive de la minería porque se votó la ley y luego se echaron para atrás, pero podría vivir de la minería”. Y luego, desde el proscenio de la cohorte del emperador: “porque tiene una planicie, yacimiento de plata y después tiene, digamos, desde la costa hasta la montaña, todo tipo de minerales y no vive nadie más que un millón de guanacos”.

No pocos gobiernos se han comportado como si abajo no hubiera nadie. Los que abrieron las puertas al extractivismo salvaje en los últimos treinta años. Los que abrieron las canillas de los aviones fumigadores sin pensar sobre qué cabezas, qué aguas, qué alimentos, qué piel, qué pulmones, qué sistema hormonal, qué ojos y qué nariz caía el veneno. Los que habilitaron los tajos a la tierra para arrancarle las vísceras con cianuro, en decenas de pueblos resistentes.  Los que harán firmar a sus gentes el pacto de mayo con la tinta de sus gobernadores a cambio del dinero para pagar las urgencias del territorio. Los que harán firmar diez puntos que reafirman que abajo no vive nadie. Entre ellos, el número 6: “un compromiso de las provincias de avanzar en la explotación de los recursos naturales del país”. El saqueo legitimado para abrir la panza de la tierra y que se lleven el oro y el litio los dueños del mundo. Mientras el hambre se queda aquí. Y Roca. Y Neme. Y Patricia Bullrich. Y el olvido.

Porque aquí abajo no vive nadie.

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