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Algunas especulaciones inteligentes sobre la estupidez

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

“El hombre verdaderamente inteligente es el que aparenta ser idiota delante de un idiota que aparenta ser inteligente”, afirmó alguna vez Roberto Fontanarrosa.


Hoy nos proponemos, desde esta columna, intentar un modesto aporte al tema de la estupidez humana, tópico en el que nos consideramos con sobrada capacidad para abordar.


Tenemos que ser muy cuidadosos si tomamos al pie de la letra la sentencia del ilustre rosarino (me refiero a Fontanarrosa en este caso, no a Di María o Messi), ya que todos, me animaría a decir, hemos estado alguna vez de un lado y del otro de esos espejos en los que la idiotez se manifiesta como contracara de la inteligencia. Es que todo es relativo, y por más vivos o inteligentes que nos creamos, siempre habrá alguien (en algunos casos pueden ser multitudes) para quien parezcamos perfectos estúpidos.


Si nos ponemos a “hacer memoria”, todos encontraremos en nuestro pasado momentos de los nos avergonzamos por haber dicho tal o cual estupidez. Todos tenemos ese reservorio de situaciones sobre las cuales no cabe otra reflexión que decir ¿cómo pude decir semejante barbaridad?


Tal vez el comportamiento humano no sea otra cosa que un recorrido azaroso por situaciones donde se pone a prueba nuestra idiotez, una especie de tentaciones sucesivas e interminables que nos ofrece el destino para confirmar o refutar lo que a priori todos tenemos derecho a esgrimir sin remilgos: una absoluta incapacidad para decir algo brillante.


Plataformas como Facebook o Twitter, que han permitido que la inteligencia humana se desplegara hasta alcanzar límites insospechados, suelen acercarnos algunas reflexiones interesantes sobre el tema. Por ejemplo, se dice que discutir con un idiota es una pérdida de tiempo, o que las personas estúpidas nunca saben que lo son, o que es preferible y más saludable darle la razón a un idiota que tratar de desasnarlo.


Borges afirma en alguno de sus poemas que los hombres (y mujeres también, se entiende, a propósito: ¿qué habría pensado Borges del lenguaje inclusivo?) que sostienen el mundo son los que “prefieren que los otros tengan razón”. Por experiencia propia les puedo asegurar que elegir o preferir que los que tienen razón sean los otros es una de las terapias más efectiva, nos permite ahorrar lo que cuesta un tratamiento sicológico y le alarga la vida a nuestro sistema circulatorio. Eso sí, no es fácil ponerlo en práctica, sobre todo cuando somos argentinos con sangre italiana en las venas.


Claro que hay estúpidos y estúpidos, porque una cosa es el estúpido que busca los anteojos que tiene puestos o el terraplanista que festeja año nuevo y otro el estúpido que asegura que hay que tomar un trago de cloro todos los días para prevenir el Covid o sale a reclamar el PBI robado.


Ahora hablando en serio, existen estudios científicos certificados (aunque a los que utilizan ese giro retórico habría que decirles que la ciencia muchas veces le ha pifiado mal) que aseguran que el uso indiscriminado de Internet nos vuelve más tontos. Esto es muy fácil de probar a partir de un procedimiento heurístico muy simple que voy a evitar enunciar para no ofender a los estúp… digo a los queridos lectores de esta columna.


Es que Internet ha llevado al extremo aquella observación notable de Discépolo de que es “lo mismo un burro que un gran profesor”. Se ha vuelto algo de lo más habitual que cualquier naboleti emita opinión respecto a notas escritas por grandes intelectuales. Pongamos por ejemplo el caso de un premio nobel de literatura que escribe una nota sobre política en un diario de España, nunca faltará quien en los “comentarios de lectores” se despache con un “callate, viejo ch… ¿qué sabé vo???


Y bueno, nos despedimos hasta la próxima, después de haber intentado forzar una sonrisa en los lectores. En todos ellos, ya que, a pesar de lo dicho antes, tal vez no haya personas estúpidas o inteligentes sino simplemente personas que solemos decir estupideces y muy cada tanto alguna cosa inteligente.

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