Bautismo, puerta y fuente

Angélica  Diez, Misionera  de la  Inmaculada  Padre  Kolbe, Olavarría.


Con la  fiesta del Bautismo del Señor concluye el tiempo de Navidad y la Iglesia nos invita a mirar la humildad de Jesús que se convierte en una epifanía (manifestación) de la Santísima Trinidad.   De  esta manera, él está abriendo la puerta de la salvación a todo el género humano. Nuestra naturaleza dañada por el pecado original queda restituida.  

            El papa  Benedicto XVI  en  una  de  sus homilías  sobre  el  Bautismo  del  Señor se  expresaba con  inmensa  gratitud  ante  este  don  conferido  por Dios a  su  iglesia: “ El  Bautismo es la fuente de toda pureza y si Él no nos lava, el pecado mantendrá su dominio sobre nosotros. Las aguas del Bautismo tienen un profundo significado: vida nueva y libertad.  Estar bautizados quiere decir estar unidos a Dios. En una única y nueva existencia pertenecemos a Dios, estamos inmersos en Dios mismo. Pensando en esto, podemos ver algunas consecuencias. La primera es que Dios no está lejos de nosotros, no es una realidad que hay que discutir – si existe o no existe –, sino que nosotros estamos en Dios y Dios está en nosotros, vivamos  por  lo tanto en su presencia. Una segunda consecuencia es que nosotros no nos hacemos cristianos. Ser cristianos no es algo que es consecuencia de una decisión mía: «Yo, ahora, me hago cristiano». Es verdad que mi decisión también es necesaria, pero sobre todo, es una acción de Dios conmigo: no soy yo quien me hago cristiano; yo soy agarrado por Dios, tomado de la mano por Dios y así, diciendo «sí» a esta acción de Dios, me convierto en cristiano. Dios me toma de la mano y realiza mi vida con una nueva dimensión.  Un tercer elemento es que, estando inmerso en Dios, estoy unido a los hermanos y a las hermanas.  Estar bautizados no es nunca un acto solitario del «yo», sino que es siempre necesariamente un estar unido con todos los otros, un estar en unidad y solidaridad con todo el cuerpo de Cristo, con toda la comunidad de sus hermanos y hermanas. Estemos agradecidos a Dios que nos ha donado este don.  Nuestro desafío es vivir este don, vivir realmente en un camino post-bautismal tanto las renuncias como el «sí», viviendo siempre en el gran «sí» de Dios y, de este modo, vivir bien”.

            ¡Qué  don el Bautismo! Puerta  y  fuente  que nos  hace  familia  de  Dios y  familia  humana. Él,  por  pura  bondad, por la gracia santificante, habita en nuestra vida  de hombres  y mujeres que peregrinamos en este mundo haciéndonos partícipes de este tesoro de la Iglesia ofrecido a la  humanidad.

(*)  Angélica  Diez, Misionera  de la  Inmaculada  Padre  Kolbe, Olavarría.

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