CCK


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

A pedido de nuestros consuetudinarios y exigentes lectores, abordaremos hoy un tema que no por tratarse de una cortina de humo empleada por el gobierno para ocultar medidas antipopulares deja de ser interesante. Más aún para una columna con ínfulas literarias o culturosas como esta.

El gobierno, entre despidos por acá y despidos por allá, se ha tomado un momento para anunciar que le cambiará el nombre al famoso CCK, o Centro Cultural Kirchner si ustedes prefieren. Evidentemente, este gobierno le tiene fobia a todos los organismos cuyas siglas empiezan con CC. Apenas unos días antes había avanzado contra los CCTs (Centros Científicos y Tecnológicos del CONICET) dejando cesantes a trabajadores administrativos y antes contra el CCC o C3, el Centro Cultural de la Ciencia que funciona en el barrio de Palermo en nuestra querida Capital.

Ironías o bromas de mal gusto aparte, el caso es que a partir del anuncio sobre la decisión de renombrar el centro cultural más emblemático que tiene la Argentina y posiblemente Latinoamérica, han empezado a circular nombres alternativos. René Favaloro, Diego Maradona, Carlitos Balá (SIC), Juan Bautista Alberdi, Julio Argentino Roca, Gustavo Cerati, Centro Cultural Libertad, son algunos de los propuestos. Pero ninguno de ellos nos interesa tanto como el de Centro Cultural Borges. Si el CCK pasara a ser el CCB, los argentinos podríamos presenciar la nueva temporada de una serie que había quedado prácticamente en el olvido. Sería como si Netflix anunciara el lanzamiento de la temporada número 48 del Hombre Nuclear o la 36 de El Gran Chaparral (pido perdón a los jóvenes por dejarlos afuera de la ironía). Porque a la vieja disputa y seguidilla de agravios cruzados entre Borges y el peronismo se le sumaría una nueva confrontación, un sarcasmo más de los que, de un lado y del otro, se han utilizado para descalificar y humillar, una metáfora genial, tal vez, de nuestra querida Argentina.

Sospecho que a Borges no le hubiera resultado desagradable la idea del cambio de nombre, no por vanidad sino porque se estaría mejorando sensiblemente la musicalidad de la definición, Centro Cultural Borges se pronuncia con más naturalidad que Centro Cultural Kirchner, y en eso el viejo no transaba ni a palos. Nada escribió en su vida que pudiera entorpecer el fluir natural y cómodo de las palabras y las sílabas, nada que distrajera al lector ante la dificultad de respirar armoniosamente un texto, nada de palabras que no resultaran familiares a la preciada lengua que nos dejó Cervantes.

Pero hay otra particularidad más en todo este enredo, Borges, aunque a muchos les parezca una broma, también se decía anarquista. Que un gobierno libertario le diera al centro cultural el nombre de otro libertario no deja de ser un símbolo, digamos… vistoso y efectivo. Claro que cualquier aficionado a la historia argentina sabe que ni Borges ni estos tipos que están gobernando ahora tienen una pisca de anarquismo en sus venas. Pero eso no importa, cualquier falsa definición será mil veces mejor que la auténtica. Borges pensaba que lo que había empujado al país a una decadencia interminable era la Ley Sáenz Peña y estos tipos que están ahora están más alejados del pensamiento del príncipe Kropotkin que el Gordo Valor de la canonización. Es obvio que buscaran, uno y otros, despistar con sus inclinaciones ideológicas.

De cualquier manera, queridos libertarios, pueden ponerle el nombre que quieran al CCK, eso sería lo de menos. Para una mitad de la Argentina seguirá siendo para siempre el CCK. Porque las obras, sobre todo las obras colosales, son de quienes las impulsaron y las llevaron adelante, de quienes tuvieron la iniciativa de promover la cultura, en este caso, de quienes pensaron en un país pujante e independiente. Los otros, por su parte, deberán conformarse con aflojar cuatro tornillos, bajar una placa de bronce y poner otra con el nombre cambiado. Así de perfectos, a veces, resultan los símbolos.

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