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Ciencia y literatura

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Siempre me llamó la atención cierta inclinación por dos disciplinas en apariencia antagónicas. El gusto por las ciencias exactas ―en mi caso indirectamente a través de la ingeniería― y el amor a la literatura no son frecuentes. Raros son los casos de ingenieros, o físicos que también se sientan tentados a escribir. El ejemplo más cercano que surge tal vez sea el de Ernesto Sábato, pero no corresponde. Cuando Sábato decidió hacer carrera en la literatura renunció a la ciencia, no sólo renunció sino que además desestimó todo lo que había desarrollado como científico, consideró sus años como investigador como años perdidos. Otro ejemplo más inmediato es el del bahiense Guillermo Martínez, doctor en matemáticas por la Universidad de Oxford y autor entre muchas otras novelas de “Crímenes imperceptibles”. Al igual que Sábato, declinó la carrera como matemático cuando se entregó de lleno a su pasión por la literatura.
Es bastante común que aquellos niños que se sienten atraídos por los libros o la pintura y los dibujos no les guste la matemática y, por el contrario, los que gustan de los números se aburren en la clase de lengua o de artes plásticas. Pareciera que existe una predisposición natural que nos empuja hacia un lado o el otro.

Son muchos los psicólogos que escriben ficciones, los sociólogos, los periodistas, muchísimos (tal vez demasiados) los licenciados en letras, por el contrario son muy pocos los especialistas en ciencias exactas que lo hacen. También hemos sostenido aquí que los mejores escritores han sido aquellos que se dedicaron a escribir y punto, los que como Borges, Cortázar o Arlt desestimaron cualquier carrera universitaria y fueron directamente a las fuentes. Es que toda profesión induce a ver la realidad de una manera determinada, desde una cierta perspectiva, y para escribir, sobre todo para escribir bien, lo primordial es estar despojado de todo prejuicio, de toda mirada tendenciosa, de cualquier deformación profesional.

Es cierto que tanto la ciencia como la literatura o la poesía persiguen el mismo fin: explicar el universo, desentrañar el misterio, aclarar las cosas. Los hombres y las mujeres nos sentimos incómodos en la incertidumbre, pretendemos acotarla, limitarla, hallar alguna certeza. Quisiéramos volver al tiempo en que todo era previsible, el tiempo de la niñez, en el que los dioses, nuestros padres, sabían siempre qué iba a pasar a la noche, mañana o la semana que viene. Un tiempo en el que resultaba imposible salirse de esa rutina preestablecida y totalmente previsible: el desayuno y la caminata hasta el colegio, el almuerzo, los deberes, los juegos en la vereda, el café con leche a la hora de ver al Capitán Piluso.

La tensión surge debido a que los mecanismos con los que la ciencia y la literatura aspiran a reducir la incertidumbre son antagónicos, extremadamente alejados entre sí. La ciencia construye pacientemente minúsculos saberes, intenta acumular verdades pequeñas pero incuestionables, dedica siglos a comprender por qué la manzana se cae pero la luna no. Rara vez vuelve hacia atrás, casi nunca tiene que rectificarse, sus pequeños avances son a paso firme. Los científicos saben que con ese andar van a necesitar infinitas generaciones para desentrañar el caos, pero no les molesta esa lentitud.
Los escritores son mucho más impacientes. Cortan camino. En lugar de ir a paso firme se dedican a aventurar explicaciones complejas pero definitivas, trabajan a prueba y error, arriesgan mucho, ensayan explicaciones que luego desestiman o reemplazan por otras, y luego recuperan, las vuelven a considerar con algunas variantes menores. En esos intentos de hallar tramas que se repiten, conductas que puedan identificarse o clasificarse, verdades dudosas plagadas de excepciones, desarrollan su arte, deslizan su magia, conmueven y emocionan.

Aunque parecen distanciarse cada vez más, tal vez un día se aproximen o se toquen. Por ahora solo nos queda seguir dejándonos conmover por un intento y por otro. Lo que nos atrae es lo desigual de la lucha, el carácter casi imposible de sus objetivos, ese costado épico con el que fantaseamos desde que aprendimos a pensar.

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