El neoliberalismo como reinvención del cristianismo

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)
Las dos corrientes filosóficas más influyentes de los últimos siglos, la de Hegel y Marx por un lado y la de Heidegger, por otro, declararon el fin del capitalismo.
Marx lo hizo basándose en su famosa dialéctica materialista que iba a llevar al proletariado a levantarse contra sus opresores para instaurar una sociedad sin clases, donde la igualdad sería la esencia del nuevo sistema.
Hoy por hoy está más que claro que se equivocó muy feo. No sólo que su predicción no se cumplió, sino que, por el contrario, los niveles de explotación y alienación de las clases marginales son cada vez más notorios.
Los experimentos denominados “socialismos reales” no cumplían con las condiciones que Marx había deducido, esto es, no habían transitado y agotado la etapa de la economía capitalista y por lo tanto eran ensayos destinados al fracaso. Nos quedaremos con la duda de cómo habría sido una dictadura del proletariado en Francia o Gran Bretaña.
La otra corriente filosófica esencial del siglo XX, la iniciada por Heidegger (un filósofo que adhería al Nacional Socialismo Alemán), declara ya no el fin del capitalismo sino directamente el colapso del planeta. Para Heidegger, el capitalismo tiene como meta devastar los recursos naturales del planeta y conducirnos al apocalipsis. Esto, dicho a mediados del siglo pasado podría resultar descabellado, hoy resulta obvio.
Ahora, la pregunta es: ¿cómo estos sistemas descarnados como los que imperan en muchos países del mundo occidental logran convencer al electorado?
El aliciente que se nos da a los ciudadanos es la promesa de un futuro promisorio. La mayoría de los argentinos y argentinas, por ejemplo, está convencida de que el esfuerzo de hoy será el esplendor del futuro, que las carencias del presente permitirán tal vez no a ellos, pero sí a sus hijos o nietos vivir en un país desarrollado y sin padecimientos.
Aun así, resulta sorprendente que muchos se coman el amague cuando acá al lado, muy cerquita, en Chile, tenemos un espejo para vernos. Un país que lleva 50 años de neoliberalismo y en el que la desigualdad no ha hecho otra cosa que crecer.
En eso de las promesas a futuro toma el capitalismo las enseñanzas de la Iglesia. Sufrir y obedecer durante toda una vida para ganarnos el cielo.
Algunos me dicen que mi postura, contraria al gobierno, es, además de pesimista, antiargentina. Se equivocan. Yo no deseo que al país le vaya mal, simplemente estoy manifestando con total convicción que al país ya le está yendo todo lo mal que se podría imaginar.