La visitación 


Meditando  este  pasaje  del  Evangelio  de  la Visitación de  María a Isabel,  San  Ambrosio  de  Milán escribía: “Isabel fue la primera en oír la voz, pero Juan fue el primero en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas  proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don  hasta tal punto que, esperaba un hijo y no vaciló en ir a prestarle su ayuda”. 

En el año 1996 san Juan Pablo II  ponía  de  relieve al  “protagonista  oculto”  en  el  seno  de  María: “Con su visita a Isabel, María realiza el preludio de la misión de Jesús y, colaborando ya desde el comienzo de su maternidad en la obra redentora del Hijo, se transforma en el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos” (…) ¡Cómo no notar que, en el encuentro entre la joven María y la ya anciana Isabel, el protagonista oculto es Jesús! María lo lleva en su seno como en un sagrario y lo ofrece como el mayor don a Zacarías, a su esposa Isabel y también al niño que está creciendo en el seno de ella. «Apenas llegó a mis oídos la voz   de tu saludo -le dice la madre de Juan Bautista-, saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1,44). Donde   llega María, está presente Jesús. Quien abre su corazón a la Madre, encuentra y acoge al Hijo y se llena de su alegría. La verdadera devoción mariana nunca ofusca o menoscaba la fe y el amor a Jesucristo, nuestro Salvador, único mediador entre Dios y los hombres. Al contrario, consagrarse a la Virgen es un camino privilegiado, que han recorrido numerosos santos, para seguir más fielmente al Señor. Así pues, consagrémonos a ella con filial abandono. María no podía guardarse su tesoro sólo para ella. El ángel le había dicho que su pariente Isabel esperaba un hijo y no vaciló en ir a prestarle su ayuda. Dejó la soledad de Nazaret y emprendió el viaje hacia Ain Karem, el pueblo donde sitúa la tradición la morada de Zacarías”

Y del  encuentro brota  el  Magníficat  del  corazón  y  los  labios  de  María: “ Proclama  mi  alma  la  grandeza  del  Señor,  se  alegra  mi   espíritu  en  Dios  mi  Salvador,  porque  ha  mirado  la  humillación  de  su  esclava” .

Que  podamos  experimentar  en  nuestras  vidas, “  las visitas” del  Señor  y  de la  Virgen  en lo  cotidiano.

(*) Abel Galzerano, catequista de Banfield.

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