¿Cuándo se jodió este país?

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

La frase está tomada de la novela de Vargas Llosa “Conversación en la Catedral”. En ese caso, obviamente, la pregunta retórica que uno de los personajes se hace es ¿Cuándo se jodió el Perú? Pero es válida también para la Argentina.


Pregunta recurrente y con multiplicidad de respuestas. A punto tal que podría decirse que cada respuesta define el perfil social y la ideología de quien la sostiene.


Para gran parte de la oligarquía terrateniente (los dueños de la tierra, como diría David Viñas), la decadencia nacional comenzó el mismo día en que se promulgó la Ley Sáenz Peña. Declaración ésta no del todo recomendable y solo apta para ser expuesta en círculos cerrados de “gente como uno”.

Políticamente incorrecta y claro manifiesto de una actitud antidemocrática.


Para otros, la caída en picada la inició el Ejército al dar el primer paso en su interminable serie de golpes de estado, aquel 6 de septiembre de 1930 cuando Uriburu derrocó a Yrigoyen. Y es muy posible que así haya sido, esa primera experiencia anticonstitucional se convirtió en una salida recurrente para “corregir” desviaciones populistas o para recuperar la armonía social.


Claro que, para los peronistas, nuestro derrotero por décadas de frustraciones comenzó en aquel septiembre del 55 cuando una autodenominada Revolución Libertadora usurpó el poder que el voto popular había conferido a Perón. O, incluso, unos meses antes, cuando las fuerzas armadas bombardearon la Plaza de Mayo.


Mauricio Macri afirmó, hace unos años, que nuestro país acumulaba 70 años de decadencia. Cifra ésta que puede parecer caprichosa pero que, si nos ponemos a sacar cuentas, nos lleva directamente a aquel año 45 en el que un nuevo movimiento emergió en el escenario político del país y cambió la composición del electorado para siempre.


Para otros, entre los cuales no me resulta desagradable apuntarme, el quiebre se produjo aquel marzo del 76 cuando la más sangrienta de las dictaduras que padeció el país puso en marcha su plan de exterminio y desindustrialización. Los sectores económicos que representaba el inefable Martínez de Hoz vieron con mucho agrado el pedido de la Junta Militar: disponer una apertura comercial que destruyera a la industria nacional de modo tal de desbaratar el poder sindical al que tanto temían.


Para los economistas Pablo Gerchunoff y Roy Hora (La moneda en al aire, Ed. Siglo XXI, 2021) la malaria encuentra su origen mucho antes. El gran período de prosperidad de nuestro país, afirman, se extendió desde 1880 hasta poco antes de la crisis de 1929. Durante esos casi 50 años, la economía creció a un ritmo nunca visto (posiblemente uno de los tres o cuatro ejemplos más significativos de los últimos siglos). La razón era muy simple, año a año, la frontera agrícola se iba extendiendo, la superficie cultivable avanzaba sobre una llanura que por un momento pareció interminable. Ese avance un día saturó, aunque pareciera interminable, la Pampa cedía frente a suelos menos fértiles y climas más despiadados. Para colmo de males, justo vino la crisis más importante del capitalismo a nivel mundial aquel famoso viernes negro del año 29.


Lo lamentable es que esa amenaza de muerte se demoró casi cincuenta años en concretarse. Nos dio tiempo para prevenir ese final anunciado. Sin embargo, nadie lo vio o nadie quiso verlo.


En lugar de invertirse, la ganancia de ese medio siglo se dilapidó en salones parisinos o se empleó en construir una ciudad europea en la puerta del Río de la Plata: Buenos Aires se constituyó, tal como afirmó Humberto Eco, en la capital de un imperio que nunca existió. Tan seguros estábamos de nuestro éxito y tan ansiosos fuimos, que construimos la capital imperial para adelantarnos a los que parecía un destino inevitable.


Alberdi aventuró que la Pampa, en lugar de ser un comodín que nos iba a permitir crecer muy por encima del resto de los países latinoamericanos, sería en realidad un obstáculo. La ganancia fácil y exuberante de semejante extensión de tierra fértil inhibiría cualquier otra iniciativa económica. Tuvo razón.


El lector estará pensando que es, ésta, una simplificación exagerada. Y ciertamente lo es. La evolución de un sistema tan complejo como la economía de un país nunca obedece a una causa única. Fue tan extraordinario aquel período de crecimiento de principios de siglo XX que no fue sencillo desactivarlo, fueron muchos los golpes que tuvo que recibir el país para ceder la posición que había alcanzado. En tal caso, nadie puede arrogarse el mérito de haber “jodido” a la Argentina solito. Tal vez la pregunta debiera formularse como ¿cuándo empezó a joderse este país?


De a poco, Argentina, el país que podría haber sido como Australia, Canadá o Estados Unidos, fue encontrando su verdadero destino latinoamericano.


Siempre quedan chances, aunque cada vez resulten menos frecuentes y tengan una proyección menos ambiciosa. Si no consensuamos un perfil o plan de crecimiento, quedaremos cada vez más lejos.
Dejemos esa discusión para otro momento…

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