El futuro ya llegó

Escribe: Carlos Verucchi.


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Eterna cadencia acaba de publicar Una música, la nueva novela del premiado y múltiplemente traducido a otras lenguas Hernán Ronsino (Chivilcoy, 1975). Después de la trilogía pampeana o campestre (La descomposición, Glaxo, Lumbre) y de la enigmática y de algún modo discordante Cameron, Ronsino vuelve a los temas que le interesan desde los inicios de su carrera literaria: El sonido que se desprende de un texto, el tono y la cadencia de la prosa y al mismo tiempo el costado sociológico de sus tramas: el rol de las grandes industrias en la comunidad, el concepto de progreso, los vínculos familiares y tribales.

Juan Sebastián Lebonté es un músico prestigioso. En una de sus giras por Europa recibe la noticia de la muerte de su padre. Lebonté aprendió a tocar el piano y a componer no por voluntad propia sino dejándose llevar por el influjo de su padre, quien vio en él la posibilidad de compensar o remediar su frustrada incursión en el terreno de la música. La noticia de la muerte de su padre actúa como un disparador que arrastra al protagonista (y narrador en primera persona) a tomar una serie de decisiones que lo alejan del mundo de privilegios en el que se mueve, a romper la relación con su pareja, sus familiares y amigos y a iniciar una especie de fuga y al mismo tiempo búsqueda de los lazos que lo unen y lo separan de su padre. Esa indagación del pasado lo lleva a los suburbios de Buenos Aires en búsqueda de un terreno heredado en Paso del Rey. Ahí comenzará a conocer, fragmentadamente, un pasado complejo y turbio en la vida de su padre, se redescubrirá a sí mismo y experimentará sensaciones que por momentos lo hacen coquetear con la salida rápida y fácil de la locura.

Saereano inclaudicable, Ronsino construye un texto que resulta autosuficiente en la originalidad de su prosa. Pero a diferencia, tal vez, de su maestro, se sale de ese entramado de frases estilísticamente originales y se tienta con observaciones de carácter social o filosófico: “Basta con mirar cómo las nubes todo el tiempo se reinventan para entender que eso que llaman progreso, esa línea inevitable por la que hay que transitar, cumpliendo a cada paso metas, objetivos, esa línea que nos conduce hacia un destino grandioso no existe”.

Al igual que en Glaxo, la empresa o la gran industria marcan el pulso con el que se mueve un pueblo, algo que a los olavarrienses nos resulta muy familiar y entrañable. La empresa dispone, a su modo, tal vez sin proponérselo, el destino de los habitantes, tanto de los que están directa o indirectamente vinculados a la empresa como de aquellos que nada tienen que ver, en apariencia, con el circuito comercial que se dispone en torno a ella.

Más explícitamente que en otras novelas, Ronsino escarba en los “chanchullos” que a algunos civiles les facilitaba la dictadura, con los años de lucha contra la represión y las formas viejas y nuevas de los reclamos sindicales. Pone de relevancia, por contraste, las diferencias entre el puntero político o gremial de antes y el de ahora, la consolidación del liderazgo a partir de gestos de heroísmo o a través de maniobras inescrupulosas.

Hernán Ronsino es una de las voces más originales y potentes de la literatura argentina contemporáneas, vanamente nos jactaremos aquí de ser Ronsinianos desde el inicio. Los méritos literarios resultan aún más notables cuando se manifiestan por el lado de afuera de la literatura de moda, avanzando o tratando de escapar a contracorriente, imponiendo un estilo y una propuesta literaria a contramano.

Si en columnas anteriores anunciábamos que el chivilcoyense estaba destinado a consolidarse como unas de las grandes voces de la nueva narrativa argentina, ahora podemos afirmar, con total seguridad, que a sus cuarenta y siete años Ronsino desembarcó en ese futuro que augurábamos. El futuro llegó.

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