El mismo dolor, el mismo reclamo

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Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

En estos días en los que las mujeres de todo el país salen a la calle una vez más a reclamar por sus derechos, en los que nuestra ciudad vuelve a consternarse ante un nuevo caso de violencia, tal vez resulte oportuno rescatar del olvido una novela que, con gran valentía, y hace más de sesenta años, denunciaba el abuso, la violencia sexual, el machismo. Podría parecer frívolo citar una novela en momentos de tanto dolor. El objetivo es demostrar una vez más que un texto literario puede ser también un arma de lucha, un bastión desde donde se resiste.

“Enero” es la primera novela de Sara Gallardo y a pesar de haber sido publicada en 1958 mantiene una actualidad devastadora. Devastadora en el sentido de demostrar que el paso de los años resulta estéril ante la vigencia de ciertas características machistas y violentas que subyacen a nuestra sociedad.

Nefer, la protagonista de la historia, es una adolescente de dieciséis años que trabaja junto a su familia en el campo. Está enamorada del Negro, un peón que presta servicios en un puesto cercano al que cuidan los padres de Nefer. Pero ese amor no será correspondido, en realidad el Negro jamás se enterará del amor que despierta en esa niña menudita y morocha, buena para ordeñar y rápida para la plancha, diestra a la hora de moverse a caballo por la interminable llanura.

A Nefer el universo entero se le volverá en contra. Un peón, que no es ni se parece en nada al Negro, la encontrará una noche de fiesta en un rincón oscuro y se dejará llevar por el instinto, por la brutalidad. «¿Por qué yo, y no otra? Alguien tiene que pasar estas cosas, pero ¿por qué yo?», se pregunta Nefer cuando entiende que está “preñada”. Busca en la planicie a una bruja que la haga abortar, consulta con un médico inescrupuloso y se decide. Su madre la condena, no por la intención de abortar (alternativa que aprueba) sino por haberse dejado tentar por el demonio. Su hermana la envidia en su condición de experimentada en el arte del sexo, quiere saber el dolor que aquello provoca.

Pero intervienen los patrones, los dueños de la estancia. Atados a intereses laborales, esgrimiendo dudosos escrúpulos religiosos y fieles a la consigna de vigilar y castigar, prohíben el aborto, encuentran la solución adecuada para subsanar el desliz de la joven y hacendosa criada. Buscan al causante de la desgracia y lo obligan a casarse. El aborto es delito y la policía te llevaría, afirman. «Los patrones y los policías tienen ideas parecidas», piensa Nefer, resignada a convertirse en la servil esposa de su violador. Violador que acude, dócil, a su destino, e intenta justificarse en la brutalidad y en la vida miserable que lleva: “son cosas que hace el vino”, asegura.

Tiene razón Ricardo Piglia cuando afirma que escribir pulcramente es cuestión de clases sociales. Sara Gallardo es en realidad Sara Gallardo Drago Mitre. Y se puede permitir romper algunas reglas gramaticales o de puntuación bastante consensuadas: mirá que a mí, la tataranieta de Bartolomé Mitre, me va a decir una maestrita de escuela dónde va una coma o dónde va un punto.

Esa licencia es un fomento a la buena literatura, le da rienda suelta a la capacidad creativa, deja que la imaginación juegue y que la lengua se exprese libre, suelta, filosa.

Sábato o Arlt sí tienen que cuidarse de pulir su estilo, de no permitir al lector que adivine a padres inmigrantes que cultivaban el cocoliche o cualquier otra desviación lingüística.

Las nuevas generaciones de escritores o escritoras encontrarán en Sara Gallardo un palenque donde rascarse. Y las corrientes feministas actuales argumentos categóricos.

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