El olor del aire


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Se ha hablado mucho durante los últimos tiempos sobre un supuesto adoctrinamiento detectado en las aulas de escuelas y universidades argentinas. Denuncias de padres de estudiantes o, incluso, de funcionarios públicos, han intentado frenar lo que consideran un atropello a la libertad de expresión, un intento deshonesto de “meterle ideas raras en la cabeza” a los chicos y chicas.

Primero que nada habría que analizar qué se entiende por “adoctrinar”, o más aún, cuál es el significado de “doctrina”. Si se me permite una definición propia yo diría que una doctrina es un modelo abstracto que intenta representar o explicar ciertos aspectos de la realidad o de una situación determinada, una manera de sostener, desde un marco teórico construido a partir de ciertos axiomas preconcebidos, una coyuntura histórica, un contexto determinado.

Adoptar una doctrina, por consiguiente, no debería ser considerado una malformación intelectual sino todo lo contrario. Valerse de ciertas herramientas para abordar con criterios rigurosos la interpretación de la realidad, lejos está de poder considerase nocivo.

Toda doctrina, sin embargo, podría presentar dos desviaciones peligrosas. Una de ellas sería la confianza ciega, la certeza de que la doctrina que hemos asumido es capaz de dar respuesta a todos los interrogantes. En tal caso hablaremos de fanatismo. La otra desviación consiste en descreer de cualquier doctrina y desecharlas a todas por igual. En ese caso hablaremos de nihilismo.

No descubro nada nuevo si afirmo que la escuela, en la Argentina, ha desarrollado desde principios de siglo XX un proceso de adoctrinamiento sumamente eficaz. Desde nuestros abuelos en adelante todos hemos sido adoctrinados de manera rigurosa y sostenida, la historia argentina que hemos asimilado es la historia que escribieron los vencedores de la guerra civil. Mitre, gran estratega, no hace más que llegar a Buenos Aires después de derrotar a Urquiza que sentarse a escribir “su” historia. A tal punto considera necesario imponer su interpretación de los hechos que funda un periódico. El dogma o la doctrina que Mitre intenta imponer no es inocente, por el contrario, resulta funcional a sus intereses, más bien a los intereses de cierta clase social porteña que se erige a la fuerza como la clase directriz de la nación.

Esa historia es la que nos enseñaron nuestras “señoritas”, es la que se escribió en el Billiken, la que prevaleció incluso en las universidades. Tan aceitado terminó siendo ese proceso de adoctrinamiento que se dejaron de ver los mecanismos que lo ponían en funcionamiento. De a poco fue pareciendo que más que una doctrina estábamos en presencia de cierta verdad incuestionable, creímos que más que una posible interpretación de las cosas, lo que aprendíamos era la certeza de lo obvio. Pasó lo mismo que con el agua. Hemos bebido agua durante los últimos doscientos millones de años y por eso hemos perdido la capacidad para encontrarle sabor. Por razones similares tampoco somos capaces de percibir olor alguno en el aire puro.

Pero tampoco seamos tan ingenuos como para creer que toda esta construcción estanca al estilo del universo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius fue diseñada por una sola persona. Fueron muchos los que contribuyeron a lo largo del tiempo a poder afianzarla, para disimular pequeñas fisuras, para tapar los huecos que deja la inconsistencia.

Entonces ocurrió lo inevitable. Alguien, aburrido, inquieto, desconfiado, se puso a revisar todo desde el origen (alguien como Borges y Bioy para seguir con la metáfora). Volvió a las fuentes, cartas, notas, hechos olvidados o subestimados por el dogma pero transmitidos de generación en generación en noches de vino, en madrugadas de guitarra. Y entonces aparecieron variantes, circunstancias no del todo claras, presupuestos enclenques. Se intentó dar un marco a este descubrimiento, se lo llamó ostentosamente “revisionismo histórico”. Lejos de alcanzar la eficacia de la doctrina original, el revisionismo convenció a algún que otro distraído. Algunos salieron incluso a decir su nueva verdad, a enseñarla en las aulas.

Fue ahí cuando se los acusó de adoctrinamiento.

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