El pasado que forja el futuro

La importancia de conocer nuestras “raíces” desde un punto de vista no psicoanalítico.

Por: Arq. Jorge Hugo Figueroa.

Tiempo de lectura estimado:  2:00 minutos

    Papá, ¿qué hacías cuando no existían los celulares? La pregunta me sorprendió porque me parecía algo obvio. Jugábamos, hijo. – Bueno, ¿pero qué hacías?, insistió.. Entonces le conté varias anécdotas de cuando era niño (tal como hice cientos de veces antes).

En las épocas del jardín de infantes: Mi madre de pie junto al piano, mi abuela paterna con mi hermano Diego “a upa” y yo observando la escena. Grandes contadoras de historias, la mujeres de mi familia.

  Y lo que comienza con historias propias continúa con las historias que a su vez me contaron mis abuelos, mi bisabuela, mis padres y mis tíos. Así “vuelven a la vida” esos personajes que son la familia con una pata en el mundo de los vivos y otra en el mundo de los muertos. Ya sea un bisabuelo que se dormía haciendo “la plancha” en un río y despertando en algún lugar distante, una abuela que masticaba brea junto con los amigos porque “blanqueaba” los dientes u otra bisabuela que habiendo perdido a su marido y algunos hijos por enfermedad perdió la cordura y cuando terminaba de comer salía del rancho y empezaba a tirar las porciones de comida que estaban destinadas a sus seres queridos arriba del techo al grito de “¡Coman!, ¡Coman!”. Alimentando a la vez a las ratas que vivían allí y que producían los ruidos que ella atribuía a los espíritus de los difuntos. Un círculo virtuoso, digamos.

 ¿Y serían totalmente reales esas historias? Es posible que no, es posible que hubiera algo de exageración, algo de fantasía. Pero ¿es que acaso nuestros propios recuerdos serán tal y como los recordamos?

  “Nunca vuelvas a aquellos lugares donde fuiste feliz”, diría Sabina y no sé si se refiere a esto que digo, pero se me ocurre que debe andar por ahí la idea. Es mucho mejor recordarlos como creemos que fueron.

  Cada vez que mi padre me contaba sus proezas corriendo carreras de bicicletas casi imposibles de ganar, cada vez que mi madre me contaba de aquella vecina que le embadurnaba la boca a sus hijos con grasa para luego limpiarles usando su delantal en la puerta de la escuela, simulando protestar, todo para ocultar que en realidad no habían comido nada, algo en mi memoria se iba adhiriendo, una forma de ver la vida se iba gestando. Y eso tiene mucho más “material” humano que el hecho en sí

  Supongo que las historias más fantásticas, “más épicas”, como dicen ahora son las que al final se convierten en mitos, cuentos o leyendas.

  Estas anécdotas familiares inspiran a las generaciones futuras y son las cosas que no vas a encontrar en ningún libro de historia.

  Mi curiosidad me llevó varias veces a tratar de conocer la verdad detrás de éstas anécdotas y, tan sólo una vez, tuve éxito. Lo más sorprendente fue que el “tesoro” que pensaba encontrar al final de ese laberinto no existía… el verdadero tesoro era el laberinto, la ficción era mucho más bella que el hecho real que estaba bajo aquella enorme hojarasca de exageraciones.

   Con los años comprendí que la esencia de quien me cuenta la historia no está en la verdad del hecho, sino en la versión que creó para contarla.

  Abrazo digital.

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