Estudio eseverri desktop movile

Empachados de libros

Escribe: Carlos Verucchi.


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Leer ahora es fácil. Leer hace veinte o treinta años no lo era para nada: leíamos lo que se podía, lo que conseguíamos, lo que de milagro llegaba a nuestras manos. Las librerías no traían novedades, salvo las más comerciales, ni hablar de las bibliotecas, compraban un libro nuevo muy de vez en cuando, siempre que los socios no se demoraran en pagar la cuota mensual y que no hubiera necesidades más acuciantes: una gotera, un estante vencido por el peso excesivo de libros humedecidos por el tiempo, la reencuadernación de los libros más codiciados y manoseados.

Resultaba casi imposible hacerse un “plan de lectura”, aún para aquellos que podían pagar libros nuevos en las librerías. Tardaban en llegar a Olavarría, muchos tardaban en llegar al español, solo se traducían libros que antes hubieran mostrado ser exitosos comercialmente en otra lengua. Hay un detalle que habla al respecto en el famoso cuento de Cortázar, “Casa tomada”, los protagonistas piden novelas en francés que las librarías encargaban para que lleguen meses después.

En aquel tiempo nos pasábamos los libros que leíamos. Recuerdo haber “transado” con compañeros de colegio el préstamo de algún ejemplar de la colección Billiken a cambio de algún otro de la Robin Hood. A nadie se le ocurría decir: voy a leer tal cosa, leíamos lo que anduviera dando vueltas por ahí. Nada más caprichoso que una formación de esa naturaleza, nada menos riguroso, nada más apasionante.

Supongo que una formación de estas características tiene que ser más bien ecléctica, poco dogmática. Nos veíamos obligados a leer a José María Rosa y después a Mitre, al peroncho Jauretche y ahí nomás, sobre el pucho, al gorila recalcitrante de Martínez Estrada, a los liberales de izquierda como Palacios y a los nacionalistas, también de izquierda, como Abelardo Ramos (eclécticos podíamos ser pero no comíamos vidrio: a los de derecha nunca, ni regalados, ni liberales ni nacionalistas).

Ahora es distinto. Estamos a un click de cualquier libro que queramos leer. Incluso en papel es más fácil comprar, hay comercios electrónicos que se ocupan de recolectar en distintas librerías los libros que pedimos, si tienen que traerlos desde el exterior lo hacen, no hay ningún impedimento si estamos dispuestos a esperar una semana más y a pagar precios valor dólar.

Si lo que queremos leer no es una novedad de los últimos meses, es posible conseguir versiones digitales en sitios de dudosa legalidad pero de una eficacia sublime. Sin costo, claro.

Ahora sí nos es posible trazarnos un plan de lectura, anotar, como he hecho muchas veces en una libreta listados como el siguiente: 1- Revoluciones, 2- Las flores y los tanques, 3- La mejor enemiga, 4- La mitad fantasma, 5- Vidas de fuego, 6- Diario de una princesa montonera (los ítems 3 y 4 ponen en evidencia el carácter heterogéneo de mis lecturas ¿habrá alguien más que lea a Sergio Olguín y a Alan Pauls al mismo tiempo?). Me fascina planificar listados como éstos, listados que nunca seguiré al pie de la letra, que cambiaré al día siguiente porque las necesidades literarias son dinámicas y volátiles, porque mañana habrá libros que me resulten más imprescindibles que los del listado. (A propósito de este listado, debo confesar no sin algo de rubor que La mitad fantasma, último libro de Alan Pauls, lo compré en formato digital el mismo día que salió a la venta, y que si bien todavía no leí, ya me autoasigné la obligación de hacerlo, y espera paciente en la tablet a que me sumerja en sus novedosas páginas. No, si a esnobista y cholulo nadie me gana.)

Y a propósito de los libros digitales, su irrupción en el mercado ha dejado en evidencia que antes, cuando una editorial vendía libros, no vendía libros en realidad sino papel, el precio de un libro es 50% papel. Deduzco esto a partir de una muy perspicaz observación del precio del libro tradicional y del mismo libro en formato digital. Triste ingenuidad la mía, pensaba que un libro tenía valor en virtud de los antecedentes de su autor, en función de su calidad literaria. ¡No! La literatura era más rentable para las papeleras que para el pobre infeliz que se pasaba la vida tratando de hilvanar cuatro versos que rimaran más o menos bien.

Buscar lecturas sobre un tema específico, acto que estuvo durante muchos años restringido a las famosas enciclopedias, se ha convertido en una acción de precisión quirúrgica: le puedo pedir a un buscador que me seleccione libros sobre la Revolución industrial de autores no británicos, cuyos apellidos empiecen con la letra A y con no más de 200 páginas, que no tengan más de diez años de publicados. Que la tapa sea de color verde, incluso… Y el libro está ahí, a solo un movimiento de mouse.

Todas, absolutamente todas nuestras expectativas como lectores han sido colmadas, solo nos faltaría que el alienante sistema capitalista del que somos rehenes nos dejara tiempo libre para leer, que nos fuera posible prescindir de esos doscientos audios de WhatsApp que llegan a nuestros celulares por día, que lográramos evitar la tentación de conectarnos a la web cada diez minutos por si alguna red social nos invoca o nos acerca algún nuevo dato imprescindible que media hora después no le importará a nadie.

Pero bueno, todo no se puede. Ese paraíso que Borges imaginaba como una biblioteca llegó, nos deja entrar, nos cobija, nos ofrece un placer sin límites, además no ocupa espacio, lo único que nos falta ahora es dinero para comprar tiempo libre para pasar en ese paraíso.

Comentarios
Cargando...