Juicio por jurados: «el jurado no está capacitado para juzgar el abuso sexual infantil»

Por Carlos P. Pagliere (h.) *


Por Carlos P. Pagliere (h.) *

El “Caso Ponce”, en la ciudad de Azul, reavivó la mayor interrogante en torno al juicio por jurados: ¿los jurados populares están capacitados para juzgar? El absurdo veredicto –de homicidio en tentativa– que brindaron a los familiares de la asesinada Eliana Mendilaharzu disipó todas las dudas: no lo están. Y lo más inquietante es que demostraron su total incompetencia para resolver un homicidio, que son los casos más sencillos.

En la ciudad de Olavarría, simultáneamente, un jurado popular absolvió al cantante Claudio González, acusado de abuso sexual contra las hijas de su ex pareja. Ello suscitó el enérgico repudio de la Asociación Civil “Animate”, que cuestionó la idoneidad de la gente común para juzgar en casos de abuso sexual infantil.

Liliana Cuenca, presidenta de la entidad, Virginia Ringelmann, mamá de las víctimas y Natasha Targiano, abogada de la Asociación, fueron categóricas: “los jurados populares no tienen capacitación para juzgar en casos de esta índole”. Me propongo, en las próximas líneas, explicar por qué tienen razón.

El abuso sexual infantil suele perpetrarse en el ámbito intra-familiar. Ello produce una serie de fenómenos psicológicos que el juzgador debe conocer, y que –por su vastedad y complejidad– no pueden ser enseñados al jurado en el corto tiempo que dura un debate.

Para empezar, lo normal es que la víctima abusada no denuncie de inmediato, sino mucho tiempo después. Cuatro factores influyen para que resulte así: la inocencia, el miedo, la culpa y la depresión.
Si el abuso inicia en la más tierna infancia, es natural que la víctima lo vea como algo normal. Máxime porque el pedófilo presenta los abusos como un juego inofensivo. Y hasta la adolescencia, la víctima –en su inocencia– no comprende que es abusada, ni el mal que ello implica.

Pero cuando la víctima toma consciencia de lo que ocurre, no siempre denuncia de inmediato. Ante todo, por miedo al abusador, que suele ser el padre, padrastro, abuelo, tío, o persona con cierta ascendencia. Y suele pasar que, ante la primera resistencia, el pedófilo amenace al niño con hacerle daño a él, o a sus seres queridos (como su madre o hermanos). Pero lo que más impide hablar a la víctima, es el miedo a que no le crean. Porque una niña que la abusa el padre o padrastro, y no le cree la madre, queda huérfana (psicológicamente hablando).

La culpa también juega un papel. Porque la víctima sabe que, si denuncia, disgregará a su familia. Si el abusador es el padre o el padrastro, la madre no querrá saberlo; y los hermanos se lo van a reprochar. La dinámica familiar sufre un impacto tan devastador, que la víctima prefiere seguir padeciendo el abuso al que ya está acostumbrada (o no denunciar el abuso pasado), a producir un daño presente a sus seres queridos. Se genera entonces una inversión de roles: la víctima asegura el secreto porque siente que debe proteger la supervivencia de la familia.

Por último, la depresión hace que ella se encierre en sí misma y carezca de vigor físico y psíquico para sobrellevar una denuncia y la consecuente mirada social.

Todas estas situaciones que vive la víctima de abuso sexual infantil son sabidas por los jueces, pero absolutamente desconocidas para el jurado. De modo que, al ver que la víctima denuncia luego de muchos años, la pregunta que se hace el jurado es: “¿Por qué no denunció antes?”. Y benefician injustamente al pedófilo.

Lo cierto es que el menor abusado hace lo que puede. El jurado espera que, frente al abuso sexual (o a la reiteración del mismo), la víctima resista, pida ayuda o intente escapar. Pero la mayoría no puede reaccionar y queda paralizada. Es más, luego del hecho, intenta actuar “como si nada hubiera pasado”. Se trata de una rudimentaria autodefensa psíquica –a la que acuden los menores, pero también las víctimas mayores–, que el abogado del abusador usará en su contra. Él dirá: “La víctima no es creíble, porque luego de un ataque sexual, nadie podría seguir su día –y su vida– como si nada”. Eso es falso. Pero la estrategia funciona porque, si la víctima actúa “como si nada hubiera pasado”, para el jurado “nada ha pasado”.

No es raro que, por un tiempo, exista una relación ambivalente entre la víctima y el victimario (más si es un familiar), lo cual es arduo de entender para el jurado, que descree que la víctima pueda simpatizar con su abusador. Para sostener que ella miente, a la defensa le basta con exhibir cartas en que la víctima expresa su cariño al victimario, o imágenes conjuntas en las que “se los ve felices”, u ofrecer testigos que hablen del afecto que existía entre ellos. La verdad es que nada de esto es un indicador de que la víctima mienta y, por ende, nada de esto descarta el abuso sexual.

A lo expuesto, se suma que, muchas veces, la denuncia pareciera estar motivada en situaciones no vinculadas al abuso. Casi siempre por una ruptura en la dinámica familiar. Por ejemplo, si el abusador es el padre o padrastro, la revelación suele producirse con la separación de él y la madre de la víctima. La explicación es obvia: en ese momento el miedo disminuye, porque el abusador se retira de la casa. Y la víctima ahora sabe que la madre y hermanos estarán más proclives a escucharla.

La denuncia, otras veces, se precipita porque la separación física produce también una ruptura emocional. La víctima menor, para no derrumbarse, se persuade de que el abusador, a pesar de lo que hace, igual la quiere. Al ver que abandona la casa, que le retira el sustento económico y afectivo, e incluso que forma una nueva familia, ni siquiera le queda ese consuelo.

Ocurre también que la víctima no denuncia por lo que ella sufrió, sino por miedo a que suceda lo mismo a otros seres queridos (por ejemplo, que el abusador ataque también a una hermana). Y ese temor se despierta cuando la víctima observa que el pedófilo empieza a prestar demasiada atención a su próxima presa.

Estos fenómenos psicológicos son difíciles de entender para quiénes no están familiarizados con situaciones de abuso. Por eso, a los defensores no les insume trabajo convencer al jurado de que la denuncia está motivada en el despecho de la madre ante la separación –que influencia a la víctima–; en móviles de tipo económicos; o en los celos de la hija (o de la hijastra) hacia su hermana o hacia la nueva familia que formó el padre (o padrastro).

Tampoco es raro que los propios familiares descrean a la víctima. Los mismos prejuicios que tiene el jurado –respecto de por qué la víctima no denunció antes, y sobre que “todo parecía estar bien” con el victimario–, también los tienen los familiares (que testificarán a favor del imputado).
Máxime porque suele haber intereses contrapuestos entre los familiares y las víctimas. La madre no quiere romper con su pareja acusada de abuso; los hermanos no quieren perder a su padre; y nadie quiere creer que tiene un pariente o amigo abusador. Y no digo que los familiares y amigos actúen con malicia: ellos se persuaden de que el abuso no existió, porque así lo sienten. Y la víctima queda sola y desamparada.

Claro que nunca hay que descartar la posibilidad de una falsa denuncia. Eso de que: “a la víctima siempre hay que creerle” es un sofisma que parte de la premisa –todavía no demostrada– de que estamos ante una víctima. Pero es un tremendo error no creerle por causa de alguno de estos intrincados fenómenos psicológicos. Y el jurado, que ignora todo eso, suele caer en la trampa.

Por último, el jurado espera ver en el juicio a una víctima destruida por el abuso sexual; lo que no siempre ocurre. Los profesionales saben que –para sobrellevar el trauma– las víctimas, muchas veces, sufren una “disociación psíquica” que las hace relatar sus vivencias dolorosas como si fuesen ajenas. ¡Pero nadie pretenda que el jurado lo entienda! Ellos no defenderán a la víctima que declare con frialdad y sin impacto emocional. El jurado piensa: “Lo que relata le debería afectar; ergo, si no se muestra afectada, es que miente”.

Bien mirado, ¡las cosas son exactamente al revés! La falsa víctima –que maliciosamente quiere perjudicar al acusado– nunca hace un relato desafectado. Extrema su actuación fingiendo llantos, suspiros y lamentos, ¡porque piensa que así debe declarar para que el jurado le crea! Si bien no es matemático, un relato desafectado más bien abona la credibilidad del testimonio. Pero nadie espere que el jurado comprenda esta paradoja.

En suma, estas cuestiones que desconocen los jurados –y que son una pequeña muestra de la vastedad y complejidad del tema–, hace que no estén mínimamente capacitados para juzgar causas de abuso sexual infantil. O mejor dicho, volviendo al inicio: la realidad es que los jurados no están capacitados para juzgar ningún delito. Porque el juzgamiento en causas penales no es para personas improvisadas.
La pregunta que cada vez más víctimas se hacen es: ¿Cuántas injusticias más tendremos que soportar hasta que nuestros legisladores bonaerenses por fin deroguen la ley de juicio por jurados?

  • Juez de la Cámara Penal de Apelaciones y Garantías del Departamento Judicial de Azul, provincia de Buenos Aires. Autor de Homicidio insidioso, Cómo ganar un juicio por jurados, Nueva teoría del delito (15 tomos).
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