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La Cartagena de Gabo


Un recorrido por la histórica Cartagena de Indias, cuna del realismo mágico.

Libros / Carlos Verucchi. En Línea Noticias ([email protected])

 

La casualidad hace que llegue a Cartagena de Indias un 11 de noviembre, día de la independencia. La gente ha ganado las calles y la autopista que comunica el aeropuerto con el centro histórico, copiando fielmente las curvas del Caribe, resulta intransitable. El taxi toma por callecitas interiores y entonces sí, así, de pura casualidad, puedo conocer Cartagena, la verdadera Cartagena, esa que se extiende por fuera de la muralla y padece, aún hoy, el destino de pobreza que fueron construyendo, eficazmente, primero los españoles cuando se llevaron por allí todo oro, los piratas cuando la saquearon, el cólera cuando diezmó la ciudad y la United Fruit Company cuando la abandonó buscando otros rumbos para seguir su devastadora explotación de recursos y pobladores.

 

Los turistas, en general, no transitan esa zona. Se limitan por el contrario a establecerse en los hoteles 5 estrellas que se levantan al costado de la playa, desde donde pueden tomar embarcaciones que los conducen a maravillosas islas que han sido dispuestas estratégicamente por la mano de Dios en medio del Caribe para apropiarse de todo su sol.
Tal vez alguna tarde se dejen llevar por guías turísticos bilingües y se hagan una escapada hasta el centro histórico, para dejarse maravillar por el cadencioso trajín de una ciudad qué sólo admite carros tirados a caballo y donde se oye, como un susurro, el ruego tímido de vendedores ambulantes negros que miran con desconfianza al blanco que los esclavizó hasta hace unas pocas generaciones.

 

La magia de la ciudad posiblemente haya que buscarla en el hecho de haber estado prácticamente deshabitada por mucho tiempo. Conservando de esa manera, y tal vez como ninguna otra ciudad de América, su espíritu colonial. Y por haber encontrado un equilibrio entre la conservación de sus aspectos tradicionales y la avidez de ganancia de los operadores turísticos.

 

Alguna vez, alguien, no recuerdo quién, me sugirió que leyera la que él consideraba la mejor novela de García Márquez: “El amor en los tiempos del cólera”. “Te va a hacer sentir el calor del Caribe”, fue su argumento. Y debo reconocer que ese calor que sentí cuando recorrí, obediente, la historia de Florentino Ariza y Fermina Daza es el mismo que se siente aquí, al caminar por la plaza de la Torre del Reloj, donde alguna vez llegó a caballo a gritar su rencor quien luego se convertiría en un personaje emblemático de la literatura como Aureliano Buendía, o en la vereda torcida del convento de Santo Domingo.

 

García Márquez describe someramente la ciudad a través de la voz de Fermina Daza: “La muy antigua y heroica Cartagena de Indias, la más bella del mundo, abandonada de sus pobladores por el pánico al cólera, después de haber resistido a toda clase de asedios de ingleses y tropelías de bucaneros durante siglos”.
Aquellos turistas atraídos a la ciudad por la obra del Premio Nobel de Literatura 1982 pueden, en estos tiempos modernos, bajar una aplicación para sus celulares y entonces sí, salir a caminar con ropa liviana y dejarse perder en cada rincón de la ciudad, redescubriendo a los personajes y los lugares donde transcurren sus novelas, conociendo detalles del paso del gran escritor por la ciudad.

 

La compañía bananera preparó pacientemente el golpe mortal para toda la región caribeña de Colombia. Primero llegó para explotar a sus habitantes. Cuando fue necesario envió ejércitos para combatir la rebeldía de los explotados. Y cuando éstos se resignaban a su destino de explotación y miseria la compañía simplemente se fue. Se fue a otra parte más atractiva para sus negocios, y así quedaron, esperando por cien años sus pobladores a que volvieran a explotarlos.

 

Pero eso nunca ocurrió. Y el auge actual del turismo no necesita tanta mano de obra como el cultivo de bananas.

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