La chapucera justicia de los perdedores

Escribe Carlos Verucchi.


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Más que un intento de aproximación a la verdad, lo que verdaderamente motiva a María O’Donnell a indagar el asesinato del Gral. Aramburu pareciera ser mero oportunismo. Mañana, primero de junio, se cumplirán 50 años del “ajusticiamiento” ―así es como lo definen sus ejecutores― del líder de la Revolución Libertadora y estandarte del más encarnizado antiperonismo. En consonancia con la fecha, y en una clara estrategia de marketing, Editorial Planeta acaba de publicar hace unas pocas semanas un ensayo de María O’Donnell que pretende revisar, desde una perspectiva actual, aquellos episodios de 1970 en los que un grupo de jóvenes católicos de clase media y alta secuestraron y luego condenaron a muerte al ex presidente de facto. Unos pocos días después, la autodenominada agrupación “Montoneros” anunciaba públicamente que, luego de un juicio revolucionario en el que ellos mismos habían actuado como jueces, se había declarado al Teniente General Aramburu culpable de traición a la patria y en base a ello condenado a muerte.

Quedaba vengada de ese modo la muerte del Gral. Valle y, desde el punto de vista de los propios ejecutores de la venganza (obstinados apologistas del revisionismo histórico), se ofrecía una demorada y temeraria reivindicación de aquella funesta y tan traumática muerte de Dorrego en manos de Lavalle en 1828.

¿Qué contribución puede hacerse sobre un tema tan manoseado? La única salida posible era intentar una entrevista con el único sobreviviente del grupo fundador de Montoneros, Mario Firmenich, quien en aquel momento fue uno de los integrantes del comando que secuestró a Aramburu en su departamento de Barrio Norte junto a Fernando Abal Medina, Emilio Maza, Carlos Ramus y Norma Arrostito. La empresa no era fácil. La autora confiesa que la entrevista con Firmenich pudo concretarse a partir de la intervención de un alto dirigente católico y peronista al que supuestamente Firmenich debía algún favor.

Finalmente la entrevista se concretó en España, en los alrededores de Barcelona, donde Firmenich reside con su familia. El ensayo de O’Donnell gira principalmente en torno a esa entrevista y a algunas otras efectuadas a personajes secundarios de la historia. ¿Qué aclara Firmenich respecto a las dudas que hoy persisten sobre aquellos hechos? Poco y nada. Mantiene la postura manifestada en ocasiones anteriores y repudiada largamente por distintos sectores de la política actual, postura que lo lleva a declararse inocente y presentarse como parte del brazo ejecutor de una decisión tomada por la mayoría del pueblo. Persiste en la reivindicación histórica del hecho, en el reclamo de que sus actos sean juzgados en el marco de un contexto histórico que surge de los bombardeos a la Plaza de Mayo en el 55, de la muerte de Valle, de los fusilamientos de José León Suárez, de la proscripción, de la desaparición del cadáver de Evita. Insiste además en el carácter preventivo del secuestro: Aramburu planeaba, supuestamente, un golpe dentro del golpe, un intento por desplazar a Onganía para volver más antiperonista a la dictadura, para implantar una política económica de carácter liberal y para desbaratar de una vez y para siempre el proyecto de industrialización del país, caldo de cultivo del proletariado y del sindicalismo, y madre de todos los males de la Argentina moderna de acuerdo con su visión. Esta disputa, por otra parte, debe entenderse en el marco de las diferencias entre “azules” y colorados” que agrietaba al ejército. El propósito de desindustrializar al país, por su parte (algo así como matar al perro para terminar con la rabia), se volvería primordial para quienes, algunos años después, iniciarían un nuevo capítulo en la historia de los golpes de estado, en este caso bajo el eufemismo de “Proceso de reorganización nacional”.

En la sobremesa del almuerzo que O’Donnell mantiene con Firmenich en un lugar perdido de la costa mediterránea, vuelve sobre el famoso y controversial relato del secuestro y muerte de Aramburu publicado en la revista “Causa peronista”, a esta altura apenas un hecho anecdótico. En aquel relato, Firmenich y Arrostito afirman haber amordazado a Aramburu. Minutos después, cuando le transmiten la decisión adoptada por el tribunal de juicio revolucionario, Aramburu acepta con resignación cristiana su destino y les pide a sus verdugos que “procedan”. Firmenich no se sorprende con la pregunta, se la deben haber hecho mil veces, toma una servilleta de papel y hace un bollo, llena con él su boca, pronuncia de ese modo un “proceda” que sale como un susurro pastoso pero perfectamente audible, cree zanjar así la falla de su guión original.

O’Donnell se vuelve de Barcelona casi con las manos vacías, hay secretos que Firmenich se llevará a la tumba, piensa. Pasan algunos meses, decide volver, intentar una nueva entrevista, esta vez sin éxito, el favor que el ex guerrillero le debía al intermediario no debía ser tan grande.

La apuesta de O’Donnell resulta, al menos, arriesgada. Hay que conocer la historia argentina para atreverse a escribir sobre temas como éstos, hay que poder atar cabos, encontrar hilos invisibles que comunican el destino de Aramburu con el de su ex compañero de promoción en el Colegio Militar, el General Valle, hay que comprender la influencia del revisionismo histórico sobre toda una generación al intentar explicar desde otra perspectiva lo que permanecía firmemente asentado como historia oficial, hay que saber poner (tal como le pide el propio Firmenich), los hechos en el contexto que corresponde.

Por momentos O’Donnell se esfuerza por darle a su relato un carácter épico, dotarlo de la buena dosis del romanticismo que le confieren aquellos jóvenes idealistas que, agotados por las injusticias de las que se consideran víctimas ―no solo ellos sino también el pueblo al que pretenden representar―, arriesgan sus vidas por una patria mejor. Sin embargo vacila, cada tanto se cubre, deja bien en claro, como al pasar, su postura inflexible y contraria a toda forma de insurrección, resalta el carácter ridículo y pretencioso de las aspiraciones de sus personajes, cae en la comodidad del ninguneo, de negarles la estatura moral e intelectual necesaria para ponerse a la altura de un General del Ejército Argentino, no les otorga la indulgencia que sí merecen aquellos que también ejercer la violencia pero lo hacen desde la otra orilla.

“No pensaron…” ―afirma la autora― “…en que Aramburu se podía transformar en el Dorrego de los antiperonistas: la víctima que exhibiría la violencia desmedida de la guerrilla peronista. O no les importó”.

En ese “…no les importó” está la condena a esos jóvenes con los que un instante antes intentaba construir una trama de heroísmo. De esas que venden muchos libros. Y en la comparación de Aramburu con Dorrego está la muestra de su desconocimiento de la historia argentina. Hoy, cincuenta años después de su muerte, Aramburu sigue siendo uno de los personajes más nefastos y denigrados de nuestra historia. No existe para él el bronce más que en un reducido ámbito militar.

No está mal volver sobre este tema ni sobre cualquier otro que haya tenido incidencia en el devenir histórico de nuestro país. En este caso puntual se acude evidentemente al oportunismo que implica revisar estos hechos exactamente 50 años después de que sucedieran. Como dijimos, la “investigación” de O’Donnell no aporta nada nuevo. Más allá de la motivación comercial, el ensayo se lee fluidamente y mantiene cierta tensión de principio a fin. Puede resultar útil como primera aproximación a la comprensión de aquellos años tan convulsivos.

Si se observan los hechos de aquel primero de junio del 70 desde la perspectiva que nos ofrece el presente, si se los mide a partir de la reacción que produjeron, si se trata de cotejarlos con los treinta mil desaparecidos que pagaron aquella deuda con su sangre, la insolencia de Abal Medina y Firmenich no pasa de simple travesura de niños, de estéril consuelo de desahuciados, de inútil pretensión de justicia.

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