La enfermedad como estrategia de dominación

El problema es “el modelo de agronegocio que se instaló en los pueblos”.  Colonizados por la producción “de commodities agroindustriales de transgénicos y agrotóxicos que aumentaron un 1100% el uso de venenos”. Damián Verzeñassi y Anabel Pomar en el Garrahan. Donde se patentiza el sufrimiento de la infancia.


Por Claudia Rafael y Silvana Melo – Agencia Pelota de Trapo

Fotos: Patricia Rosas

(APe).- Las finanzas de un país entrampado en el extractivismo siguen dependiendo de la quema de combustibles fósiles y de un sistema de producción severamente contaminante. La hegemonía de esta concepción de salvación que arrasa, desguaza, desmonta y envenena sólo cuenta con pequeñas banderolas resistentes que permiten otear la realidad de centenares de pueblos que viven en sufrimiento ambiental. Una de ellas es la que suele abrir la enfermera Mercedes “Meche” Méndez en el Hospital Garrahan, cuando en una sala organiza una charla que desmiente el discurso unificado. Y expone la tragedia de la infancia que crece bajo la deriva del veneno. Donde el médico legista Damián Verzeñassi define que “hay una geopolítica de la enfermedad por la utilización de la enfermedad como estrategia de dominación”. Y la periodista Anabel Pomar expone desde las vísceras el drama de las fumigaciones en Exaltación de la Cruz, que la atraviesa personal y comunitariamente.

A un par de salas de distancia, el Garrahan dispuso una ampliación de la emergencia por el brote de bronquiolitis que colapsa las guardias. No hay apoyo institucional en las charlas que organiza la enfermera de Cuidados Paliativos. Es ella y la junta interna de ATE poniendo en pie las historias de Kily Rivero, Nicolás Arévalo y todos los chicos de las tomateras correntinas de Lavalle que murieron o sobreviven con graves secuelas. Las históricas emblemáticas de Kily y Nico ocurrieron hace una década. En artera impunidad. Que sólo puede ser suavizada por el juicio que comienza en junio y que vuelve a poner los cuatro años de Kily sobre los estrados de Tribunales. De ellos habló Meche como ingreso a la charla.

Damián Verzeñassi, médico legista, director de la práctica final de Salud Socioambiental de la Facultad de Medicina de Rosario, comenzó aclarando que “a mi único sueldo me lo paga la universidad pública argentina”.

Como introducción, tomó un concepto del médico italiano Gianni Tognoni que sostiene que “quienes producen los conocimientos son las comunidades, no el sistema de salud” porque “la narración de la vida de un sujeto y una comunidad es mucho más importante que los valores de laboratorio que permiten cuantificar un daño o una contaminación determinada. Creo profundamente que el camino es por ahí”.

El científico Andrés Carrasco, citó Verzeñassi, “decía que había pruebas científicas, pero la prueba viva son las comunidades” Sin embargo, “es algo que el sector salud no reconoce porque no fuimos formados para eso: el principal problema son los espacios formadores, hegemonizados por el pensamiento positivista de fines del siglo XIX. Que nos planteaba la imperiosa necesidad de demostrar la relación causal entre un daño y una causa original cuando hoy existen modelos de análisis que demuestran que es un proceso que se construye histórica y territorialmente. Donde participan las decisiones que ordenan la forma de vida de las personas. Pero eso no se enseña”.

Su pregunta es medular: “¿Cómo una sustancia química pensada para eliminar vidas, especies que comparten entre un 40 y un 85% de la carga genética con nosotros es incapaz de generarnos ningún daño?”. El interrogante empezó a tener respuestas en el transcurso de los nueve años en los que Verzeñassi armó campamentos con estudiantes en las prácticas finales de Salud Socioambiental de la Facultad de Medicina de Rosario. Desde 2009 visitaron 40 localidades (cinco días en cada una, encuestas casa por casa, esa reconstrucción histórica y territorial que es, define, la historia clínica) donde entrevistaron a “más del 68 % de las comunidades”. Seis de cada diez “con problemáticas de contaminación”. De ellos, “el 90 por ciento nos dijo que los agroquímicos eran el principal problema”.

En 2019 “fuimos a las localidades con la mayor superficie cultivada con soja, donde la enfermedad principal no es la diabetes como a nivel país sino el hipotiroidismo, no registrada a nivel nacional entre las diez primeras. Y en estos pueblos es la segunda. Todos nos hablaron de cáncer. Y de un incremento en la pérdida de embarazos en el primer trimestre”.

“Una mujer grande me dice ‘acá ya no nos morimos de viejos’. Tomando sólo ocho de las 40 localidades, sobre 27 mil personas, todo tipo de cáncer menos el de próstata, tiene mayor incidencia que en el resto del país. Las muertes por cáncer se multiplican por dos veces y media”, analizó. La principal característica de todos es “la carga química a la que están expuestos en función del modelo de producción en el cual están insertos estos pueblos”.

Las estadísticas no tienen nombres ni historias humanas. Pero dejan al desnudo con claridad de qué mueren las personas según el lugar de pertenencia. “En las muertes coronarias no hay una diferencia significativa entre la Argentina y estos pueblos”, describió Verzeñassi. Pero esa diferencia se multiplica exponencialmente cuando se comparan las muertes por cáncer. Esa simple comparación permite entender la raíz más profunda del problema.

Porque los agrotóxicos y los transgénicos son apenas la punta del iceberg y el problema real –explicó el médico legista- radica en “el modelo industrial y del agronegocio que se instaló en estos pueblos”.  Que antes vivían de la actividad agrícola y que luego fueron colonizados por la producción “de commodities agroindustriales de transgénicos y agrotóxicos que requirieron un incremento del 1100% más del uso de este tipo de venenos en esos territorios”.

Esos modelos de producción y de vida no son advertidos por el sector salud por un elemento medular. Verzeñassi insistió una y otra vez en que “en nuestros procesos formativos no recibimos herramientas para pensar estas relaciones y trabajamos cotidianamente con las personas que son víctimas”. Y doblemente víctimas: por la exposición que sufren y que los enferma pero además porque los profesionales de la salud no logran comprender esos procesos de construcción de las enfermedades.

En Argentina “hay más de 112 productos químicos que en otros lugares del mundo están prohibidos por su daño comprobado a la salud humana”. Y es la variable económica la que embandera a economistas y defensores acérrimos del modelo agroindustrial. Porque, en definitiva, se sustentan en una “geopolítica de la enfermedad por la utilización de la enfermedad como estrategia de dominación”. Y para la comprensión de esa lógica Verzeñassi compartió una noticia periodística de 32 años atrás en la que el Banco Mundial explicaba que “había que estimular el traspaso de la industria contaminante y sus modos de producción a los países pobres del Tercer Mundo”.

Los nuestros son territorios marcados por el poder geopolítico del mundo para ser las áreas de sacrificio en la que “usar como herramienta de dominación a la enfermedad. Porque cuando estamos enfermos perdemos nuestra capacidad de ejercer el derecho a luchar por una vida digna”.

¿Cuándo naturalizamos envenenar?

(APe).- Anabel Pomar es periodista, traductora de los Papers de Monsanto y vecina de Exaltación de la Cruz. Este último dato es fundamental en su historia y en su lucha: vive en un pueblo fumigado. Donde los niños enferman de cáncer. Y la muerte se envanece gracias a un modelo productivo que transformó a la Argentina en “el país más pulverizado del mundo”.

“Que Argentina se reconozca como nación fumigada”, reclama en un testimonio emocional. “Nosotros no elegimos exponernos a los venenos”, entonces “¿cuándo fue que naturalizamos que usar venenos estaba bien?”

Ella es cabeza de la resistencia en Exaltación. “Cuando lo estás sufriendo no te queda otra que salir a denunciar. Y mucha gente tiene miedo de reconocerse víctima. ¿Saben lo que es vivir en un lugar donde te vienen a fumigar no una sino tres veces más a pesar de las prohibiciones?”.

Y se pregunta: “¿cuánto vale la salud? ¿Cuánto vale un pibe?”. Porque “si estamos hablando de asegurar la rentabilidad económica en pos de un modelo que persigue los dólares de exportación…, los fumigados preguntamos ¿dónde está el costo de salud? ¿dónde está el costo ambiental?”. Entonces “se van a encontrar con un problema: no tiene precio. Y no se puede reparar. La vida no se negocia”.

La muerte pasó por su casa y ensombreció los días. “Todos los que perdimos un ser querido sabemos que la vida te cambia para siempre”. Pero además, “tenemos la certeza de que no somos originales. Cambiás el nombre, la ciudad y pasa lo mismo: somos pueblos fumigados”.

Anabel Pomar cerró su testimonio con una decisión que debe ser colectiva: “No somos sacrificables. No somos zona de sacrificio”.

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