“La liberación y el Carnaval”

Por: Lic. Marcela Blaufuks


Llega febrero y con él, olor a Carnaval en el viento. Un evento que es historia y tradición.
Busco pensarlo y definirlo. Persiste y resiste manteniendo expresiones vivas heredadas de
los antepasados, a la vez que las fortalece dando vida a lo diverso. La pluralidad es el
denominador común de la fiesta. Una voz tan potente que no se limita a un espacio y un
tiempo; los atraviesa con sus ritmos y las formas.


Busco en la historia. Introducido por los españoles en Buenos Aires como fiesta pagana
de origen cristiana, se expresa en documentos del Ministerio de Cultura de la Nación. En
tiempos de la Colonia, los sectores populares participaban en los bailes de máscaras que
se realizaban en el teatro de La Ranchería, mientras que los sectores pudientes lo hacían
en la Casa de Comedias. El festejo también ocupó el espacio público. Los bailes y los
juegos con agua inundaron las calles empedradas. De los balcones llovían, huevos
ahuecados rellenos, baldes de agua de lavanda para mojar a los amigos y de agua con sal
para los enemigos.


Con él se refleja la lucha, siempre evidenciada entre las clases. En épocas del Virreinato
se limitaba a espacios cerrados, y eran castigados con azotes y cárcel, de ser
descubiertos. Distintos gobiernos resistieron o apoyaron pero el Carnaval se constituyó
como un espacio de expresión a través de danzas y cantos. En el siglo XX la influencia de
los inmigrantes italianos y españoles lo fue resignificando, introduciendo ritmos, danzas
y vestimentas propias de sus lugares natales. De a poco, se produjo el pasaje de las
comparsas de candombe a murgas, que comenzaron a bailar y tocar en los corsos. La
migración a Buenos Aires de mediados de siglo, proveniente de las provincias argentinas y
de los países limítrofes, generó un fuerte impulso a las murgas porteñas.


Y así, llegamos a nuestros días, resistiendo en la época más oscura y renaciendo con la
Democracia. Crecí disfrutando de jugar en las calles con agua, escapando de mis hermanos
y sus baldes, soñando al ver las comparsas y sus brillos, sintiendo mi corazón latir con los
ritmos. Pienso el presente y tengo la oportunidad de conocer más profundamente el
trabajo de las agrupaciones.


Mi rol profesional no me impide conmoverme. La cultura toma forma de máscara y
carroza y, detrás de los colores, el mensaje, las voces de quienes nos hablan a través del
arte. Y descubro, lo mágico de lo detrás de la escena. La carnavalización de la realidad que
descubre la tragedia del hombre y su existencia. La alegría aleja el pesar, el baile exalta los
cuerpos y los tambores provocan ecos en los corazones como las máscaras expresan el
enigma. Una energía inunda el espacio y trasciende lo presente.

Me traslada mágicamente. Me permito zambullirme en la espuma, las plumas, los brillos y los ritmos
de las baterías. Y, como en la novela de Bioy Casares, “El sueño de los héroes” siento lo
doloroso de la madurez y lo inevitable del destino a la vez de encontrar un permiso, por
tres días, de revivir la pasión. Entiendo el lenguaje, los conceptos que emergen y, como
en los comienzos me permito disfrutar comprendiendo un poco más. Entonces, me alejo
de esbozar una definición. El Carnaval se siente, trascurre en las calles como en la vida, es
inclusión y alegría, haciendo desaparecer por unos días las diferencias y convirtiéndose en
expresión del Pueblo que a pesar de tanto, sigue vivo

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