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“Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.”Jorge Luis Borges

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 “Nuestro hermoso deber es imaginar que hay un laberinto y un hilo. Nunca daremos con el hilo; acaso lo encontramos y lo perdemos en un acto de fe, en una cadencia, en el sueño, en las palabras que se llaman filosofía o en la mera y sencilla felicidad.”

Jorge Luis Borges

 

La técnica, bastante rudimentaria por cierto, consistía en cortar pequeños pedacitos de papel glasé y pegarlos sobre una cartulina. Los pedacitos debían ser de distintos colores y, los cortes, lo más irregulares posibles. Con los pedacitos de papel, entonces, había que cubrir una superficie cuadrada intentando que los colores fueran combinándose al azar.

¿Qué entenderíamos por azar en primer grado del colegio? ¿Cómo podríamos entender el azar cuando todavía no sabíamos qué era el orden?

No era fácil vencer la tentación de pegar los papelitos alineados y siguiendo una secuencia predeterminada de colores. Por ejemplo, el verde después del azul y el amarillo entre el rojo y el naranja, y así cíclicamente.

Eso no valía, eso no era azaroso, no era casual. Entonces no servía.

La consigna, de tal forma ―al menos en la concepción de nuestra profesora de plástica―, era esquivar toda regla, evitar repeticiones, anular toda sistematización, tanto en la geometría de los papelitos como en su ordenamiento por colores. Ni siquiera era lícito seguir una disposición más o menos lineal para la ubicación de cada uno de ellos, ni horizontal ni vertical. Menos en espiral o en zigzag, formas aún más evidentes y fáciles de descubrir. Ningún rastro podía dejarse que revelara una trama o una lógica. Los papelitos de colores debían encontrar su lugar como si fueran hojas que el viento del otoño amontona sobre la vereda. Sin orden, sin ningún rigor.

Cuando los primeros trabajos estuvieron terminados pudimos comprobar la dificultad que encerraba aquella consigna. En todos los casos se observaban representaciones pretendidamente escondidas. Trazos rectos o curvos de algún color determinado eran fáciles de identificar. En algunos era posible encontrar, por ejemplo, tres papelitos similares y equidistantes que a todas luces constituían los vértices de un triángulo equilátero, o rectángulo ―para el caso es lo mismo. En otros se escondían las tres marías o los ojos y la boca de un perro, una letra, una casa, una flor.

Algunos pegaban papel sobre papel para tapar, con otro color, signos demasiado notorios. Era en vano, el nuevo color borraba un símbolo pero al mismo tiempo hilvanaba, con otros papelitos que antes pasaban desapercibidos, alguna de las odiosas figuras que había que evitar.

Mercedita López ya era en primer grado la mejor alumna. Siguió siéndolo hasta que salimos del colegio. Ni ella pudo, jamás, encontrar un verdadero collage. Uno al menos que dejara conforme a la señorita.

Algunos parecían buenos al principio. Pero después de un rato de estar mirándolos empezaban a observarse repeticiones, linealidades, tramas ocultas o secretas, patrones. Entonces no era azar. Entonces estaba mal.

Cuanto mucho merecían un nueve.

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