Libros | Cuando siempre es más temprano de lo que parece

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])


“A medida que envejecía miraba con mayor frecuencia el reloj y siempre era más temprano de lo que creía. En su juventud era siempre más tarde”, reflexiona la señora Palfrey poco después de instalarse en el hotel Claremont.

A poco tiempo de enviudar, y luego de esperar en vano que su hija, radicada en Escocia, le proponga viajar a vivir con ella y su esposo, la señora Palfrey decide instalarse en un hotel de “medio pelo” en el centro de Londres. Ahí conoce a otros ancianos que, como ella, se alojan en el Claremont para compartir los últimos años de vida en compañía de extraños. Los días se repiten, monótonos, con inglesa precisión, entre desayunos y paseos cortos cuando el clima lo permite, en almuerzos cuyos platos repiten cadenciosamente la programación de cada día de la semana, en lecturas en la sala de estar antes del té, en atardeceres de telenovelas, todo en medio del clima intimidante que resulta de la coincidencia en un mismo sitio de personas que nada tienen para hacer, y solo encuentran distracción en observar cuántas copas de vino bebe cada noche el señor Osmond, en contabilizar la proporción entre correspondencia enviada y recibida por cada uno de ellos, o en el color ―llamativo en exceso, a veces― del vestido que se ha puesto la señora tal o cual esa noche.

El único nieto, y único familiar en Londres que tiene la señora Palfrey, no la visita en el hotel ni siquiera ante las súplicas de su madre, que en el último remanso de su compasión intenta remediar a través de su hijo el remordimiento que tal vez sienta, esporádicamente, por una clara actitud de abandono, que ni siquiera disimulan eufemismos como el clima de Escocia te haría mal o en Londres están todas tus amigas.

Pero el azar quiso que la señora Palfey conociera a Ludo, un joven de aproximadamente la misma edad que su nieto, aspirante a escritor, bohemio, y que necesita a la señora Palfrey casi tanto como ella lo necesita a él. Es ése, el momento, en el que resulta imposible dejar de leer “Prohibido morir aquí”, de Elizabeth Taylor.

Rara historia la de esta novela que llegó a convertirse en Best Seller en Argentina casi cincuenta años después de haber sido publicada por primera vez en 1971. La primera traducción al español, con el nombre de “Una dama digna”, no tuvo gran repercusión y su autora, Elizabeth Taylor (quien obviamente nada tiene que ver con la actriz norteamericana del mismo nombre), fue prácticamente olvidada después de su muerte, ocurrida cuatro años más tarde de haber publicado su novela. La Bestia Equilátera toma aquella vieja y olvidada novela y le pide a Ernesto Montequín una nueva traducción. Sin el apoyo de los grandes medios ni la publicidad de las más importantes editoriales, “Prohibido morir aquí” agota rápidamente su primera edición a partir de la recomendación boca a boca de sus lectores y se mete en los primeros lugares de los libros más vendidos.

Su virtud radica tal vez en la sensibilidad con que la autora aborda un tema tan ríspido como el del abandono de los adultos mayores, la sutileza con la que muestra al lector el padecimiento de esos días sin fin, en los que el reloj parece avanzar más lentamente de lo aconsejable para aquellos que han quedado afuera de la maquinaria del mundo, maquinaria que ya no los necesita por considerarlos piezas gastadas, y para los que gozar de la existencia resulta cada vez más difícil, ya que para ello, se necesita algo que alguna vez tuvieron y que no logran entender cómo fue que se les escurrió de las manos. Eso que llaman juventud.

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