Libros / Novela policial y algo más

El cubano Leonardo Padura acaba de publicar la novena novela de la saga que tiene como principal protagonista a Mario Conde.

 

 

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Envejece Mario Conde, como envejece Padura y hasta la mismísima Revolución cubana. En “La transparencia del tiempo”, novela que acaba de publicar Editorial Tusquets, el ex policía y detective privado con pretensiones de escritor se deja caer en la tentación de hurgar en los secretos más guardados de La Habana.

Los lectores lo conocemos desde que era joven. Desde que era policía y decidió abandonar su profesión porque había cosas que no cuajaban, casos que debía resolver y empezaban a desgarrar su inocencia, su creencia ingenua en una sociedad liberada de los vicios del capitalismo y en la que los hombres podrían crecer y cultivarse en otros valores.

También conocemos, los lectores, sus secretos más íntimos. Esos que ni al Flaco Carlos, su amigo más cercano, es capaz de confesarle y que terminan siempre en una reprimida y quimérica obsesión amorosa por aquella antigua compañera de colegio al que el destino acerca, repetida y cadenciosamente, a su vida.

Pero detrás de lo meramente policial de la saga, que comienza en 1989 con Pasado perfecto y continúa con Vientos de cuaresma, Paisaje de otoño, Adiós, Hemingway, La neblina del ayer, La cola de la serpiente, Herejes y La transparencia del tiempo, publicada en 2018, se vislumbra la situación social y política de la entrañable Cuba. Los personajes de Padura se muestran a mitad de camino entre el desencanto y el estoicismo, entre cierta desconfianza que va ganándoles la pulseada lentamente y la decisión firme de mantener bien en alto la esperanza, de recuperar los años felices de La Habana sin quebrantar la condición que impuso Fidel: dentro de la Revolución, todo; fuera de la Revolución, nada.

Objetivo que necesita de una proeza si se piensa en la extendida red de corrupción que muestra el Estado en sus diferentes niveles y la naturalidad con la que los habitantes de la isla, entre los que ya son mayoría los que nacieron después del 59 y no conocen otra cosa que el régimen consolidado desde entonces, se acostumbraron a lo que cualquier revolución no deberían permitir jamás: una vida sin ideales.

Los amigos de Conde, como los de Padura, caen muchas veces en la tentación de escapar, de irse de la isla, de averiguar en carne propia qué tan salvaje es ese capitalismo del que los liberó la Revolución. Pero Conde y Padura se quedan, tal vez no se sientan tan mal en una patria en la que todos pueden ir a la universidad,  que mal o bien garantiza la alimentación, que dispone de un eficiente sistema de salud y en la que aún es posible gozar de los placeres del ron y del Caribe.

Por eso Padura escribe desde “adentro”. No necesita exiliarse para escribir con libertad, comparte las contradicciones que observa con sus compatriotas y uno sospecha que camina por la cornisa de la censura. O tal vez no, y tengamos que aceptar que la Revolución corrigió antiguos vicios y aberraciones y encontró un camino promisorio. Después de todo, nada cuesta ilusionarse.

Nada cuesta tampoco dejarse llevar por la tentación irrefrenable de acompañar a un amigo en una nueva aventura, justo cuando se dispone a cumplir 60 años. Justo cuando empezábamos a extrañarlo.

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