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Los libros leídos

Escribe: Carlos Verucchi


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Retirado en la paz de estos desiertos / con pocos, pero doctos libros juntos / vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos.

Si no siempre entendidos, siempre abiertos / o enmiendan, o fecundan mis asuntos / y en músicos callados contrapuntos / al sueño de la vida hablan despiertos.

Las Grandes Almas que la Muerte ausenta / de injurias de los años vengadora / libra, ¡oh gran Don Josef, docta la Imprenta.

En fuga irrevocable huye la hora / pero aquélla el mejor cálculo cuenta / que en la lección y estudios nos mejora.

Los versos famosos de Francisco de Quevedo sirven de aliciente y justificación para una de las actividades más trascendentales que ha dado la civilización. Actividad cada vez más infrecuente y perturbadora, improductiva y a contramano del estilo de vida actual.

“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, bastantes fastidios”, nos dice el escritor mexicano Sergio Pitol en su ensayo “El arte de la fuga”. Y es que leer ha sido, y sigue siendo, para muchos, la actividad más asombrosa que ha podido experimentar el hombre. Para algunos, como Pitol, la ficción es una fuga, para otros una manera de mantener activa la mente, para otros un entretenimiento o una verdadera pasión.

Roberto Bolaño solía remitir una anécdota que le resultaba muy llamativa. Su amigo Mario Santiago le devolvía los libros que él le prestaba con muestras de haber sido mojados. Tan grande se volvió su curiosidad que comenzó a espiarlo hasta observar que su amigo leía mientras se duchaba, leía, sosteniendo con una mano lo más alejada posible de la ducha sus libros, para no dejar de leer ni siquiera cuando llegaba el momento de su aseo personal. Sólo otro lector podría entender semejante despropósito.

Transcribo una de las famosas aguafuertes porteñas del entrañable Roberto Arlt:

“Me escribe un lector:

“Me interesaría muchísimo que usted escribiera algunas notas sobre los libros que deberían leer los jóvenes, para que aprendan y se formen un concepto claro, amplio, de la existencia (no exceptuando, claro está, la experiencia propia de la vida)”

“No le pide nada a usted el cuerpo, querido lector. Pero, ¿en dónde vive?, ¿cree usted acaso, por un minuto, que los libros le enseñarán a formarse «un concepto claro y amplio de la existencia»? Está equivocado, amigo; equivocado hasta decir basta. Lo que hacen los libros es desgraciarlo al hombre, créalo. No conozco un solo hombre feliz que lea. Y tengo amigos de todas las edades. Todos los individuos de existencia más o menos complicada que he conocido habían leído. Leído, desgraciadamente, mucho.”

Ricardo Piglia nos muestra la maravillosa experiencia de la lectura en su ensayo “El último lector”, en el que hace un recorrido por los personajes más destacados de la literatura universal.

Cuenta Piglia que, en su excursión a Bolivia, el Che Guevara llevaba sus mochilas llenas de libros. Y cuenta también una anécdota poco conocida del Che. Una vez capturado por el ejército boliviano pasó una noche detenido en el aula de una escuela rural, en el paraje La Higuera. La noche antes del día en que sería fusilado, la maestra de la pequeña escuela pidió permiso al guardia que custodiaba la celda improvisada para acercarle al detenido un plato de comida.

El Che se puso de pie y agradeció con amabilidad. Si me permite me gustaría hacerle una observación, dijo a la maestra. Miró hacia el pizarrón y señaló con el dedo una frase que alguien había escrito: “Yo se leer”.

La maestra lo miró sorprendida. En ese caso, sé, va con tilde, dijo el Che. Entonces se quedó tranquilo y se entregó de lleno a la que sería su última cena.

Nos arruine la vida (tal como afirma Arlt) o no, nos sirva de escapada hacia otra realidad, nos incentive o nos amedrente la imaginación, para muchos leer en inevitable.

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