Masculinidad, violencia y nocturnidad: conductas juveniles que preocupan


Por Ana C. Roche, de la redacción de DIB

Enero de 2023, General Villegas. Lucas Sánchez, de 20 años, fue golpeado por un grupo de jóvenes al salir de un boliche y terminó en terapia intensiva. Mismo mes y mismo año, Cañuelas. Demián Páez, de 18 años, fue a bailar. Cuando se iba fue atacado por una banda integrada por diez personas que lo patearon en el piso y casi lo matan.

Noviembre de 2023, Gregorio de Laferrere, La Matanza. Lautaro Alvaredo, de 19 años, fue atacado a golpes por un grupo de jóvenes. Recibió una fuerte patada en la cabeza que le provocó muerte cerebral. A los pocos días, falleció.

1º de enero de 2024, Santa Teresita. Tomás Tello fue asesinado de una puñalada en el pecho luego de los festejos de Año Nuevo. Las imágenes del ataque dan cuenta de la participación de más de diez personas en el hecho.

Todos estos episodios resultan de una búsqueda arbitraria en Google, cuyas palabras clave son pelea, grupo, boliche y Fernando Báez Sosa. Seguramente – y lamentablemente – hay muchos más eventos similares que se podrían citar.

El asesinato de Fernando, del que van a cumplirse cuatro años el 18 de enero, fue una bisagra, y se convirtió en un espejo para repensar las conductas de los varones jóvenes actuando en grupo, de noche, en espacios de ocio, donde también median el alcohol y el consumo de drogas.

A Fernando lo mataron ocho amigos que estaban de vacaciones en Villa Gesell, por motivos específicos de ese cruce fatal en el boliche Le Brique y, también, por otros estructurales de nuestra sociedad, como el racismo, tal como indicó el fallo que condenó a los culpables.

No obstante, en todos los episodios citados, hay rasgos comunes que tienen que ver con mandatos hetero patriarcales sobre el ser hombre para los pares, para los otros varones, que implican mostrar fuerza, valentía, imposición, competencia y diferenciación de un otro.

¿Se pueden cambiar estas conductas? ¿Los contextos de época habilitan que estas acciones violentas recrudezcan? ¿Cómo pueden las familias cambiar los esquemas de crianza aprendidos para transformar los mandatos arraigados?

“Estas conductas lo único que hacen es replicar este posicionamiento dominante de los hombres, esto de que la fuerza es un valor, que se afirma en el hombre exitoso, seguro, capaz, dominante, dando lugar al modelo que va”, afirma en diálogo con DIB Pamela Wittmann, Licenciada y Profesora en Psicología y Magíster en Orientación Familiar.   

“La masculinidad pensada desde ese concepto lleva a los jóvenes a ponerse en riesgo, a la agresividad, ni hablar de los adolescentes que están en esa transición donde necesitan afianzarse, pertenecer a un grupo, medirse a partir de estos actos, tan marcados y tan violentos”, añade.

En tanto, Juan Branz, Investigador del CONICET y del Instituto de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (IDAES – UNSAM), reflexiona sobre sobre este modelo de masculinidad y se pregunta para quiénes resulta hegemónico, al tiempo que cuestiona los contextos. “A mí me gusta pensar que ese atributo masculino que está emparentado a la violencia y la dominación es contextual. Quienes hostigaron y mataron a Tomás (Tello) no resuelven todos los conflictos en todos los lugares y en todos los contextos de la misma manera. Sí, hay circunstancias que habilitan a resolver mediante la violencia grupal: la nocturnidad es una variable en donde el control del Estado pareciera no influir para que los sujetos de la contienda resuelvan problemas”.

Motivos

Sobre lo que subyace y genera estos episodios violentos, que incluso pueden terminar con la vida de otra persona, desde su perspectiva Wittmann explica que “el objetivo es el mismo, mostrarse más fuerte, imponer, y no alcanza la barbarización, no alcanza la puesta en común por más de que muchas veces el porqué de esa pelea ni siquiera se sabe”. Estos enfrentamientos pueden darse por varios motivos, añade, ya sea “porque son de clases sociales distintas, o porque una vez me hiciste algo o porque no me gustó tu cara”, pero lo que está es juego es “marcar la diferencia con un otro”.

La especialista agrega que “en estos casos se llega al extremo porque no hay un límite en el registro con el otro, en el sufrimiento. Muchas veces cuando escuchamos los relatos (de los agresores) son como ‘yo no quería matarlo’; seguramente si te lo preguntabas antes de hacerlo no querías matarlo, pero de la manera y en la medida que llevaste adelante el acto, era obvio que una consecuencia así podía llegar a tener”.

Branz aporta que “dadas las características de cada situación, pareciera ser que hay un juego entre la sustracción del honor y su acción reparadora mediante la venganza”. En esa línea, plantea que estos enfrentamientos se vinculan con “un plano cultural y simbólico de las relaciones, hay una constitución y una positivización de una identidad asociada al honor”.

Acerca de la violencia desmesurada de estos episodios, el escritor e investigador analiza el eje grupal de las peleas, en las que varios atacan a una víctima, y el rol del Estado para contener la violencia. “Esteban Rodríguez Alzueta tiene como hipótesis que esa violencia que antes era mano a mano, mutó en grupal. Y esto implicaría una despersonalización en relación a las responsabilidades que uno tiene en un combate o en un ataque. Pero, además, repone la idea de que el Estado perdió la forma de controlar esa violencia o de, al menos, persuadirla”, subraya Branz.

Diálogo, empatía y políticas públicas

Estos eventos de violencia grupal, entre pares y a edades tempranas, plantean la necesidad como sociedad de buscar soluciones. Fácil no parece la tarea, pero es imperante hacer el esfuerzo.

“El punto clave es hablar cada vez más con los varones sobre la demostración de afectos, ya que cuando el hombre empieza a mostrar esas emociones empieza a caer esa cuestión de mostrarse más fuerte, como cuando un varón llora y otra persona le da lugar a ese llanto, a ese verse vulnerable y que el otro signifique eso que pasa”, reflexiona Wittmann, y añade: “Necesitamos que haya una habilitación a sentir de otra manera y que empecemos a naturalizar que todos somos personas que pensamos, que sentimos, que nos equivocamos, que sufrimos, a partir de eso de la empatía y la asertividad con el otro podemos construir mucho más.

Por su parte, Branz reivindica que estos temas estén en agenda pública y advierte sobre los alcances de las acciones del Estado. “Masculinidades y violencias es un cruce que, en una medida muy pequeña, se ha retomado desde el Estado e instituciones de la sociedad civil. Tomó una mínima importancia en la agenda pública. Eso es muy valioso. Pero esto lo debemos pensar a largo plazo. Mientras tanto, debemos pensar qué hace el Estado en relación a la regulación de las violencias. Porque el mercado (y su libre dinámica) no va a solucionar el problema”, concluye. (DIB) AC

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