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Medalla Milagrosa

Escribe: Abel Galzer, consagrado  a  la  Virgen,  Banfield.


La noche entre el 18 y el 19 de julio del año 1830, la joven religiosa Catalina Labouré, comentó que vivió el momento más dulce de su vida, al vivir la experiencia espiritual con la Virgen María cuando se le apareció y le pidió hacer acuñar la llamada «Medalla Milagrosa» y ofrecérsela al mundo. El 27 de noviembre celebramos este acontecimiento con renovada gratitud ante el cuidado y protección de nuestra Madre.

            Esta medalla está grabada en ambos lados, en el frente está María rodeada de la oración “Oh María sin pecado concebida ruega por nosotros pecadores que recurrimos a ti”, y los rayos que salen de sus bellas manos que simbolizan las gracias entregadas y las que todavía no se le pidieron. En el lado posterior está la M que está siendo atravesada por la Cruz de su hijo, como que la cruz se sostiene por María y a su vez, le atravesó el corazón, todo esto rodeado por las estrellas. Todo sacramental nos une a Cristo, esto nos está indicando el pedido expreso de la Virgen a santa Catalina; que nos unamos a Cristo por medio de Ella, le dio su palabra asegurando que por medio de la Medalla se alcanzará la gracia eterna a quien la tenga con devoción y amor, y llevándola seremos   reconocidos como “amadores” de la Reina del cielo. 

            Como se lee en el Evangelio, Jn 2, 5, María dice…: “hagan todo lo que él les diga” y en Jn 19, 27 Jesús desde la cruz implora con su último aliento: “Ahí tienes a tu madre”aquí Jesús nos pide que llevemos a su Madre y él se alegra y nos ayuda a llevar su amor a la humanidad.Por eso el devoto de María hace lo que pide Jesús.

            San Juan Pablo II, gran devoto de la Medalla Milagrosa se dirigía a María rezándole: “Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Vos. Ésta es la oración que tú inspiraste, a santa Catalina Labouré, y esta invocación, grabada en la medalla la llevan y pronuncian muchos fieles por el mundo entero. ¡Bendita tú entre todas las mujeres! (…) Ahora, en la gloria de tu Hijo, no cesas de interceder por nosotros, pobres pecadores. Velas sobre la Iglesia de la que eres Madre. Velas sobre cada uno de tus hijos y así nos encaminas sin cesar a tu Divino Hijo”.

                  (*)  Abel   Galzerano,  consagrado  a  la  Virgen,  Banfield.

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