Mirando el horror por el agujero de la cerradura

Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

La literatura a veces nos da sorpresas. Nos guste o no, los premios visibilizan, dan entidad, nos alertan sobre novedades que cada tanto surgen en el entorno de la literatura.

Samanta Schweblin y su traductora, la estadounidense Megan McDowell, acaban de ganar el prestigioso premio National Book con la traducción de los cuentos reunidos en “Siete casas vacías”.

La autora nació en Buenos Aires en 1978. Sus primeros libros de cuentos, “El núcleo del disturbio” y “Pájaros en la boca” obtuvieron premios del Fondo Nacional de las Artes y de la Casa de las Américas.

“Siete casas vacías” es sencillamente un libro de cuentos extraordinario. No piensen en cuentos tradicionales de esos que cierran con un moño y ribetes de colores, no piensen en libros metafísicos como los de Borges ni en literatura fantástica. Tampoco en esos cuentos que, como pretendía Arlt, constituyen una trompada a la mandíbula. Schweblin busca otros efectos, tiene a la literatura como un camino hacia otro lugar, irrumpe en el género del cuento como si fuera alguien que jamás leyó un cuento, como alguien que se equivoca y hace mal los deberes del taller literario. Y en esa equivocación está su virtud.

“Siete casas vacías” había ganado anteriormente el premio Internacional de Narrativa Breve Ribera del Duero. El presidente del jurado, el también argentino Rodrigo Fresán, identificó a la narradora como una “científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensando seriamente en volverse loca”.

Los siete cuentos de “Siete casas vacías” mantienen una unidad. Todos transcurren en casas como cualquiera de las nuestras, pero en las que el misterio y la locura están al costadito de la realidad más banal y aburrida.

La realidad es una sola pero puede verse con distintos cristales. Schweblin explora con genialidad cómo se ve esa realidad cotidiana desde el cristal del absurdo. Sus personajes (voy a contradecir a Fresán), no están locos y tal vez nunca lo estarán. Simplemente, y como cualquiera de nosotros, han llegado a un punto en el que deciden hacer frente a sus fantasmas, a sus miedos, a sus demonios, se sienten acorralados por esos monstruos que acechan siempre, y que cada vez más a menudo se dejan ver por fuera de las pesadillas.

En “Respiración cavernaria” (el cuento más largo de los siete), Lola sólo quiere morirse. Se prepara para eso, se dispone a dejar las cosas más o menos ordenadas. Sabe que debe morirse, no hay motivo para no hacerlo. La medicina, actualmente, alarga de manera artificial la vida de las personas en contra de lo que establecen la naturaleza o la biología. Prolonga indefinidamente en muchos casos un ocaso persistente y arduo que multiplica angustias, sinsentidos, padecimientos. Cuando la mente envejece y el cuerpo se niega a dejarla, se dilata la agonía, se sostiene la madurez en una respiración artificial persistente, insensata, testaruda. Por eso Lola no sabe cómo morirse, espera ansiosa esa paz esquiva y en esa espera intenta acomodarse a duras penas en una realidad que ya no es la suya, en una lógica que ya no entiende, en una rutina que la exaspera.

Premiados o no premiados, los cuentos de “Siete casas vacías” merecen la recomendación más ferviente. Leerlos constituye una manera sencilla de dar un salto hacia la literatura actual y hacia la novedad.

Cada cuentista tiene una época. Y los buenos, los que perduran, son esos que saben capturarla, que entienden qué es lo que caracteriza a la época que les toca vivir. Habrá que seguir a Samanta Schweblin si queremos enterarnos qué es lo que nos espera.

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