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Muerte y resurrección del centrofóbal

Escribe: Carlos Verucchi.


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Cuando era chico todos soñábamos con jugar de centrofóbal. Eran la cara visible de cualquier equipo, el nueve en la espalda, muchas veces la cinta de capitán en el brazo, ellos, y ningún otro, se paraban frente a la pelota cuando había que patear un penal. Eran los goleadores del equipo, los de mejor porte, el físico imponente, siempre un centímetro más altos que cualquier defensor, una capacidad de salto que los hacía temibles cerca del área chica, el parietal izquierdo ávido de centros, dispuesto a dar el golpe mortal.

Me dirán que entre los cinco mejores jugadores de todos los tiempos no hay ni un solo centrofóbal. Es cierto, pero eso no va en desmedro del prestigio que supieron edificar, eran ellos los que salían en las fotos festejando goles decisivos, la garganta a puro grito, las venas del cuello hinchadas, excitados por la adrenalina que les provocaba recibir el pase justo dentro del área. Eran las figuritas difíciles en cualquier álbum, los encargados de encabezar la pisadita en el potrero.

Pero con el tiempo fueron mutando. Algún técnico pretencioso decidió hacer un experimento. Les pidió que se tiraran unos metros atrás, advirtió que si se quedaban siempre clavados en el área eran fácilmente neutralizados por el stopper.

La tendencia de tirarse atrás fue prosperando y para la nueva función ya no era tan necesaria la altura o la habilidad para cabecear, tampoco la pegada fuerte o la robustez para que el defensor no los sacara con el cuerpo cuando ganaban la posición. Por el contrario, para desplazarse, tanto hacia atrás como hacia los costados, un físico livianito resultaba mil veces más adecuado.

Con el tiempo se inventó una nueva función dentro del equipo, el famoso mediapunta. Un media punta, como su nombre lo indica, ya no es un centrofóbal común y corriente sino que tan solo lo es en un cincuenta por ciento, sería algo así como la mitad de aquel nueve original. Lo que nunca quedó del todo claro es en qué debía convertirse la otra mitad, ¿sería un delantero que volanteaba?, ¿un centro delantero que por momentos se convertía en wing derecho o izquierdo? Quién sabe.

Pero la tendencia no quedó ahí nomás sino que siguió avanzando. Con el tiempo, el delantero centro adoptó la característica de “nueve mentiroso” o “falso nueve”. El prestigio de antaño rodaba por el suelo. Ya no les alcanzaba a los técnicos con negarles el único sentido que tenían sus vidas, que era estar merodeando el arco permanentemente, sino que los obligaban a ser otra cosa, y al mismo tiempo inducir al engaño, hacerles creer a los defensores que eran centrofóbal cuando en realidad no lo eran. El colmo del absurdo. Como si el fútbol fuera un partido de truco donde la habilidad pasa por mentir y engañar al adversario.

El extremo de esta rara evolución del centrofóbal llegó cuando el técnico del equipo más popular del país, no hace mucho, justificaba la inclusión en el equipo de un nueve que de tan mentiroso que era, había olvidado cómo se hacían los goles. Aunque parezca mentira, el susodicho, en cada conferencia de prensa, juraba y recontra juraba que su número nueve, si bien no le metía un gol ni al arco iris, era muy útil para el equipo. ¿Útil en qué? ¿Qué tipo de utilidad prestaba? Algunos imaginábamos que sería muy bueno cebando mates en la concentración o haciendo el asadito de los viernes. ¿Cómo podría, si no, ser útil un centrofóbal que no patea al arco? Sería como decir: tengo un arquero que no ataja una pero cumple otras funciones importantes que a veces no se ven. O, tengo un marcador de punta al que el wing contrario pasa como alambre caído pero es muy bueno haciendo el saque lateral. Un delirio.

Menos mal que, ante semejante extremo de irracionalidad, alguien se acordó del viejo y olvidado centrofóbal. Decidió no llamarlo de ese modo, eso hubiera sido un retroceso o un reconocimiento tardío del error cometido cuando lo desestimaban. Ahora le llaman “referencia de área”. Otra locura, ¿no sería mejor que los jugadores tuvieran el arco rival como referencia y no a un flaco alto en el punto penal?

De todos modos eso no importa, lo bueno es que ahora los técnicos entienden que es más fácil hacer goles cuando hay un jugador de su equipo lo más cerca posible del arco rival, un jugador que se caracteriza justamente por su capacidad goleadora, que no se pone nervioso cuando tiene que decidir hacia qué palo orienta ese remate final. Alguien que se banca los codazos de los defensores, a quien nadie puede desestabilizar cuando salta más alto que todos a cabecear, alguien que tenga el arco entre ceja y ceja, y que cuando domina una pelota dentro del área termine indefectiblemente en gol, derechazo fuerte a quemarropa, atropello a fuerza de hacerse lugar con los hombros, lo que sea, pero gol al fin.

Que quede entre nosotros, no sería bueno que esto saliera a la luz, pero después de ver muchos partidos, estoy en condiciones de confiarles que la referencia de área es exactamente el mismo centrofóbal que tantas satisfacciones nos daba. Un día volvió, y no con el caballo cansado sino todo lo contrario. Volvió con el dulce sabor de la venganza en el paladar. Pero es mejor dejarlo así, que le llamen referencia de área o punta de lanza, punta a secas, centrodelantero, como quieran.

Nosotros sabemos que el centrofóbal está de vuelta. Y ya no se irá.

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