Natalia, Luciano y Facundo

Escribe: Claudia Rafael para la Agencia Pelota de Trapo.


Por Claudia Rafael

(APe).- Famélicos de justicia. Colonizados por el Estado en sus cuerpos magros. En sus historias de fragilidad y horror.

El nombre de Natalia Melmann resuena desde hace dos décadas como el símbolo de la perversidad institucional que desplegó sus herramientas para torturar, violar y asesinar sobre un cuerpo transparente de 15 años. Veinte años, que trasuntan múltiples tragedias ejecutadas por la misma maldita policía que tomó por asalto otras vidas y otras historias. Veinte años en los que Natalia se quedó congelada en el rostro fresco, riente, de quien imagina –cree- que la vida deparará sueños y prometerá amores y abrazos. Veinte años después todavía la familia reclama judicialmente que se compare uno de los adn (anónimo aún hoy) encontrados en el cuerpo, con el de los policías en turno la noche de la crueldad en Miramar.

Siempre la misma institucionalidad dispuesta a desplegarse brutalmente. Como lo hizo doce años atrás con Luciano. El pibe Arruga. Que este final de febrero, cumpliría 28 años. Que fue desaparecido, torturado y dispuesto para la ejecución, al ser obligado a cruzar descalzo y entre las oscuridades que engullen, la enloquecida General Paz. Y nuevamente desaparecido, entre los laberintos de hospitales, morgues y cementerios. Es el retrato feroz de la dignidad de los nadies que pugnan por ponerse en pie. Todavía hoy, doce años más tarde, persiste su hambre y su sed de justicia. Y aún ahora, la familia tiene que sostener una pelea inacabable contra las instituciones que se encaraman en los estrados del poder para no investigar, para desviar, para espiar, para no conducir las aguas a los puertos de la justicia.

Nueve meses transcurrieron desde aquel final de abril cuando Facundo Castro desapareció del planeta, en el sur bonaerense. Y resurgió, ya sin vida, en un cangrejal olvidado, cerca de Bahía Blanca. En una historia que no tiene final, pero que permitió dejar al desnudo los entramados de la discrecionalidad policial de detener sin dejar constancia de nada, de desviar o poner los ojos sobre las víctimas y no sobre los victimarios.

Hacen hoy exactamente 20 años en que los portadores del uniforme policial desplegaron el ejercicio de su entera crueldad sobre el cuerpo de Natalia. Tan famélica de justicia como Luciano y Facundo.

La misma policía que derramó su ferocidad sobre sus cuerpos es aquella que se asume “trabajadora” y reclama sindicatos como si lo fuera, que cosecha subas salariales con las armas del mismo Estado en las calles y amenaza nuevamente, consciente de que así es como se carga de victorias. Con la fuerza y la brutalidad con la que la bendice el poder real.

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