Operación Gaviota

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La ciudad de Buenos Aires está surcada por pequeños arroyos o riachuelos subterráneos. Originalmente eran vías fluviales como cualquiera de las innumerables que forman parte del delta que confluye en el Río de la Plata. A raíz del crecimiento de la ciudad, en determinado momento, algunos de esos riachos quedaron enrevesados en medio de zonas urbanas. Cada crecida del río era una inundación en ciernes, cada sudestada una amenaza de desborde. La ingeniería propuso una solución sofisticada pero efectiva: entubarlos, esconderlos bajo tierra, permitirles su continuo devenir (simbólico para Heráclito) en un plano inmediatamente inferior al plano de la vida y de las calles, de la superficie.
Nadie sabe ya, a esta altura, cuántos arroyos subterráneos cruzan silenciosamente la ciudad. Exacerbados en su humillación, ya no solo han sido expulsados del único plano visible que tiene Buenos Aires sino, además, mancillados con la deshonra de ser vertederos de alcantarillas y desagües, intermediarios entre el resabio y el río, ese río que se traga todo lo que molesta y sobra en esa gran capital que alguna vez tuvo ínfulas imperiales.
Pero el desorden de la ingeniería no es absoluto y algunos planos quedaron, algunos registros perduraron, y, lo que resulta aún más llamativo, llegaron (nadie sabe cómo) a manos de ciertos militantes del Ejército Revolucionario del Pueblo cuando todavía soñaban con hacer la revolución. A uno de ellos, uno de esos canales subterráneos que alguna vez fueron ríos le llamó la atención. Antes de fundirse definitivamente en el gran río sin orillas (tomo la definición de Saer), esquivaba, por abajo (siempre por abajo de todo) la pista de aterrizaje de Aeroparque.
Se le ocurrió un plan. Se lo contó a sus superiores y obtuvo la conformidad necesaria para llevarlo a la práctica. Robaron un citroneta y le agujerearon el piso de la caja. Estacionaron sobre una alcantarilla que volcaba sus exequias en ese hilo tímido que zigzaguea buscando el mar. Sin que nadie los viera bajaron un bote inflable y unas cuantas bolsas, herramientas, cables. Navegaron como personajes de Verne las entrañas de la tierra y se detuvieron justo ahí, debajo de la pista principal del aeropuerto. Volvieron tendiendo el cable que conectaron con los grandes bolsos, que, como olvidados, aguardaron de un lado y otro de la pista. Después se dedicaron a esperar, pacientes.
Cuando llegó por fin el día, uno de ellos fingió ser un turista y se paró a mirar desde la costanera el despegue de esas grandes bestias metálicas. En la citroneta, a muchas cuadras de allí, su socio acariciaba el interruptor y esperaba la señal que llegaría por radio.
Nunca nadie podrá explicar la razón por la que el piloto separó su nave de la pista unos metros antes de lo recomendable (¿distracción?, ¿error?). El grito de “ahora” fue dado en el momento justo y el de la citroneta respondió presionando con fuerza el interruptor sin que mediara demora. De los dos explosivos sólo estalló uno, el más alejado de la pista y el de menor capacidad expansiva. Aún así fue capaz de levantar por el aire la capa de hormigón de un metro de espesor y salpicar el aire con sus escombros. El avión, aunque ya había perdido contacto con la pista, sintió igualmente el cimbronazo, se tambaleó y estuvo a punto de perder la estabilidad. Una maniobra rápida y oportuna del piloto logró estabilizar nuevamente su marcha y orientarla hacia Bahía Blanca, su destino de aquella mañana.
Los pasajeros sintieron un escalofrío y empezaron a buscar posibles candidatos para acusar de negligentes, de improvisados. Era el 18 de Febrero de 1977. Minutos después de la explosión, ya más tranquilos, Jorge Rafael Videla y José Alfredo Martínez de Hoz volvieron a concentrarse en la agenda de ese día.
Martín Kohan en “Confesión”, su última novela (Anagrama, 2020), narra los pormenores de este atentado que ya casi nadie recuerda, y que podría haber dado un vuelco a la historia del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional.
Los militantes del ERP intentaron en vano deducir dónde había estado el falso contacto que impidió que la segunda carga estallara. Sabían que habían estado cerca, muy cerca. ¿Cómo hubiera sido la historia (esa que Heráclito compara con el fluir cansino de un río) si el plan no hubiera fallado? Por tan poco, por un detalle.

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