Opinión | Con las venas abiertas

Carlos Verucchi / En Línea Noticias / Twitter: @carlos_verucchi / ([email protected])

Y de repente todo se viene abajo. Cuando creíamos que estábamos para discutir sobre la legalización de la marihuana y del aborto, nos encontramos con que un par de hechos puntuales nos arrojan sobre una Latinoamérica colonial. De pronto se corre el velo de civilidad y deja al descubierto los aspectos más funestos del odio racial, del enriquecimiento económico de unos pocos a expensas de las grandes mayorías y de oscurantismos religiosos que en otras partes del mundo fueron derribados por la modernidad hace siglos.

La entrada triunfal de los exponentes más rancios de la minoría blanca boliviana a la casa de gobierno, biblia en mano, conforma una escena grotesca que no se veía en el mundo occidental desde la caída de los regímenes fascistas de mediados de siglo pasado.

La quema de bibliotecas, como acto de escarmiento contra los que tuvieron la insolencia de creerse con derecho a la educación, constituye un retroceso tan abrupto y despiadado como ridículo y atemporal. Porque ¿qué significado puede tener quemar libros en la era digital más que poner en ridículo a quien enciende la hoguera? Ya ni como acto simbólico tiene sentido.

Y todo este despropósito no es patrimonio de la siempre relegada Bolivia sino también del próspero Chile. País para el que, de acuerdo con algunos indicadores económicos, el ingreso al primer mundo estaba garantizado y era sólo cuestión de tiempo, de esperar, pacientemente, unos pocos años más.

La represión que el gobierno de Piñera lleva adelante tiene la misma brutalidad que la ejercida durante la dictadura, pero tiene mayor nivel de impunidad: ni las filmaciones con teléfonos celulares que circulan por todo el mundo amedrentan a policías que violan mujeres, secuestran, torturan y apalean a jóvenes que salen a la calle porque no entienden cómo, un país supuestamente democrático, en pleno siglo XXI, puede regirse por una constitución que fue redactada por uno de los dictadores más sanguinarios de los que se tenga memoria.

¿Se puede pensar en un juego de espejos en relación a lo que sucede en Chile y Bolivia? Un gobierno liberal puesto en jaque por estudiantes y trabajadores, por un lado, y un gobierno progresista derribado por el ejército con el apoyo del gobierno de los Estados Unidos, por otro. Es irónico a veces el destino. Si cayera Piñera podríamos pensar en caminos que se cruzan, en una aguafuerte que deja ver el revés de su trama. Pero mientras Piñera no caiga, lo que vemos es la misma represión violenta hacia el pueblo en ambos países.

Resulta interesante observar las peripecias a las que debieron acudir ciertos formadores de opinión para justificar algo que no admite ni justificativo ni atenuante. La receta que dejó Henry Kissinger para legalizar golpes de estado era eficaz en los tiempos de la Guerra Fría, pero ¿cómo aplicarla para voltear gobiernos democráticos elegidos por amplia mayoría, cuando no existen poderes apátridas detrás ni intelectuales influyentes que incentiven actos subversivos?

El argumento de la corrupción asociada a gobiernos populares, por otra parte, pareciera estar agotado. Sería mucha coincidencia que Evo también fuera ladrón. Algo así como si tiráramos el dado diez veces y siempre saliera el mismo número. Muy sospechoso. Más aún cuando en Brasil se ven obligados a dejar en libertad a Lula y en Argentina las causas contra Cristina Fernández van cayendo una a una como piezas de dominó.

Las venas de América Latina siguen tan abiertas como siempre. (Aunque al famoso ensayo de Eduardo Galeano le estaría faltando ahora un capítulo dedicado al litio.) Pero ante el sentido metafórico que Galeano le dio a aquella expresión (venas como vetas subterráneas de metales codiciados), se impone ahora una interpretación más prosaica: las venas abiertas de América Latina son las venas de los que salen a la calle, tanto para manifestar su repudio contra gobiernos que le dan la espalda al pueblo como para resistir un golpe de estado.

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