Opinión | Remar contra el olvido

A 43 años del inicio de la dictadura cívico – militar. 


 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias ([email protected])

Más de la mitad de los argentinos actuales nacieron después de aquel fatídico 24 de marzo del 76. No vivieron esos años de terror o los vivieron a una edad que no les permitía tomar conciencia de lo que estaba sucediendo. Un feriado, más allá de la connotación turística que se le suele dar (aunque este año coincida con un día domingo) intenta mantener latente la memoria, se le planta de alguna manera al olvido, busca sacarnos del adormecimiento y nos arroja a las heladas aguas de aquellos años de pesadilla.

Algo muy saludable, por cierto.

El objetivo de la dictadura era desarticular el entramado de las organizaciones políticas y sindicales, por un lado, y restaurar el orden económico que la oligarquía había perdido desde el primer peronismo, por otro. En ese contexto, Olavarría, ciudad industrial a partir de la minería y ciudad incipientemente universitaria, constituía a todas luces un teatro de operaciones que los militares no podían descuidar de ninguna forma. Arremetieron con las mismas estrategias que en el resto del país. Comenzaron sembrando el terror entre los obreros de las industrias más importantes, contando para ello con la complicidad de los empresarios. Después fueron por los abogados que defendían a los trabajadores y más tarde por los estudiantes universitarios. Todos ellos detenidos en forma clandestina o secuestrados, torturados y en muchos casos asesinados.

Pero tal vez no alcance con recordar todos los 24 de marzo aquellas aberraciones. Tampoco alcanza con habernos jurado no olvidar o habernos prometido un “nunca más”. La obligación, ahora, es seguir con la guardia alta. Los enemigos de la democracia también han aprendido en todos estos años. Ya no se muestran tan reconocibles, ya no usan las mismas estrategias, ya no vienen a cara descubierta. Una sociedad que admite la desinformación constante como medio de manipulación de la opinión pública, una sociedad que no reacciona ante la arbitrariedad de ciertos jueces, una sociedad que se deja llevar por la mentira, una sociedad que permite que se censuren voces opositoras o que se desmantelen la industria y el aparato de ciencia y tecnología del país está, tal vez, tan adormecida como aquella del “algo habrá hecho”.

Como los virus, los mentores de la represión adquieren nuevas características, mutan en diversas variantes para esconderse de las vacunas, se reinventan para sobrevivir, cambian para seguir aferrados a sus propósitos reaccionarios.

A mi hijo, en el colegio, el viernes le hicieron escuchar Los dinosaurios, de Charly García. Tal vez queden esperanzas.

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