Opinión: Trump o el fracaso de restaurar el “Sueño Americano”

Por Pablo Palazzolo*

Días atrás sucedió un hecho que terminó de derribar unos de los mitos más fuertemente elaborados de los últimos doscientos cincuenta años: aquél que decía que la democracia estadounidense era la más fuerte del mundo, que garantizaba todo tipo de libertades y que debía ser un ejemplo para el orbe.

Efectivamente, la sangrienta toma del Congreso norteamericano a manos de una variopinta fauna de violentos descerebrados remite a las peores fotos de los fascismos y los autoritarismos de cualquier parte.

Peor aún. La turba que produjo semejante atentado a la democracia estaba instigada por el propio Presidente de los EE.UU. Donald Trump se niega a aceptar la derrota electoral del mes de noviembre pasado, producida a través de un sistema electoral anquilosado e ineficiente para garantizar la representatividad del voto. Y para ello no tuvo mejor idea que mandar a un grupo de activistas extremos, paridos al calor del odio, a intentar interrumpir la ratificación de la victoria de su oponente Joe Biden.


Las deplorables imágenes que devolvían los televisores hicieron que muchas personas, dentro y fuera de EE.UU. se preguntaran cómo un país que se la pasa librando guerras en todo el mundo en nombre de la
defensa de la democracia había llegado hasta ese punto. Intentemos algunas explicaciones.


El fin del “Sueño Americano”


En su campaña electoral de 1992, el candidato demócrata (y luego 42avo. presidente de EE.UU.) Bill Clinton usaba una frase para fustigar a su competidor. “Es la economía, estúpido”, repetía Clinton para dejar
en claro la influencia que tiene lo económico en la conformación de la sociedad. Por eso, para explicar a Trump, hay que empezar por ahí.


Durante los 50 años que van desde 1930 a 1980, los EE.UU se convirtieron en la sociedad de la prosperidad y el bienestar. Mucho antes, durante buena parte del siglo XIX y principios del XX, se habían erigido en una economía industrial, la única de este continente. Pero su acelerado crecimiento inicial se correspondía con una redistribución inequitativa de la riqueza, situación que a la larga terminó produciendo una terrible crisis económica, cuyos efectos se propagaron por todo el mundo.


Para combatir la recesión, el desempleo, la pobreza y los demás estragos de la llamada crisis del 30, el presidente demócrata Franklin D. Roosevelt puso en marcha un plan económico inspirado en las ideas del británico John M. Keynes. ¿En qué consistía? Básicamente, en producir una redistribución más equitativa de la riqueza, de modo tal que las familias trabajadoras pudieran tener dinero para consumir, lo cual llevaría a aumentar la demanda de productos y servicios, reactivando la economía.

Para lograrlo, era necesaria una fuerte intervención del Estado que cobrara impuestos a los más ricos de la población y los distribuyeran entre los trabajadores. Una buena parte de esos impuestos luego volvería a los empresarios en forma de ganancias, generando una situación en las que todas las clases sociales ganarían. ¿Eso era comunismo? En absoluto.

Keynes y Roosevelt se proponían salvar al capitalismo, y la propiedad privada nunca fue puesta en cuestión.


Ese modelo, conocido como “Estado de Bienestar”, funcionó bastante bien. Y contribuyó a consolidar un relato creído por los estadounidenses y exportado al mundo: el del “Sueño Americano”. En términos simples,
consistía en exhibir a los EE.UU. como una tierra de oportunidades infinitas, en las que cualquiera podía acceder a formar parte de una gran clase media próspera que viajaba en aviones supersónicos y en autos extraordinarios por modernas carreteras, que vivía en amplias y bonitas casas suburbanas, y que tenía trabajos interesantes y bien pagos. El Estado, que había probado ser el militarmente más fuerte en la Segunda Guerra Mundial, defendía ahora la democracia contra los embates de una agresiva Unión Soviética
que pretendía esparcir el comunismo por el mundo. La felicidad se completaba con un desarrollo tecnológico ilimitado, que permitía orgullosamente poner hombres en la Luna y crear armas nucleares para la defensa.


Cualquiera que lo deseara podía acceder a la “tierra de los libres y el hogar de los valientes”, como reza el himno estadounidense.


Claro está que el relato del “Sueño Americano” ocultaba algunas realidades, como la persistencia del odio racial, la cuestión de los nuevos inmigrantes, la pobreza en las minorías y los abusos del poder internos y en el extranjero.

Pero la prosperidad proveía un manto piadoso debajo del cual ocultar la basura. En 1967, el 40% más pobre de la población se llevaba el 14,8% de la riqueza, el 40% que conformaba la clase media se quedaba con el 41,5%, y el 20% de la clase alta se apropiaba del 43,6% (entre ellos, el 5% de los más ricos se llevaba el 17,2%).


Pero ninguna felicidad es eterna. Para los años 70, la Crisis del Petróleo, la Guerra de Vietnam y la carrera armamentista habían minado la fortaleza de la economía de EE.UU. y fenómenos como la inflación y la recesión se hacían sentir fuerte en la sociedad. Ello dio pie a las voces de algunos economistas que representaban los intereses de los sectores más concentrados de los negocios y que pedían el fin del Estado de Bienestar (es decir, de los impuestos a los ricos).


En 1980 con la llegada a la presidencia del republicano Ronald Reagan, un ex actor de Hollywood y gran comunicador de eslóganes fáciles, los grupos conservadores se hicieron del control de la economía y pusieron en marcha planes para destruir el Estado de Bienestar. Ello implicaba, entre otras cosas, cambiar el relato: ya no se hablaría más de sociedad próspera sino de individuos exitosos, no habría destino común sino mérito. Gran parte de la sociedad estadounidense compró el paquete sin darse cuenta de las consecuencias.


¿Y cuáles fueron ellas?


He aquí algunos datos, después de más de cuatro décadas de políticas y relato neoliberal. Primero, EE.UU. siguió siendo el mayor productor de riqueza del mundo. Su Producto Bruto Interno nunca paró de crecer, y sigue siendo el más alto, bastante lejos de su competidor más cercano, China.


Segundo, a pesar de continuar siendo el mayor productor de riqueza mundial, es también un gran productor de pobres. Desde 1980 en adelante, el número de pobres no paró de crecer. En el quinquenio 2011-2015, en los años previos a Trump, este país de poco más de 300 millones habitantes tuvo un promedio anual de casi 46 millones de pobres. Una población pobre equivalente al total de la población argentina actual. Por supuesto, la pobreza es mayor en las familias negras e hispanas, pero también afecta a
muchos blancos. Y por supuesto, afecta más a las mujeres, que tienen ingresos inferiores a los hombres.


Tercero, tampoco paró de crecer el desempleo. Que se produzca mucho quiere decir que haya trabajo para todos. Se pasó de tasas de desempleo de alrededor del 4% en los cincuenta a más del doble en los años previos a Trump.


Cuarto. Pero sí se logró el objetivo conservador de transferir ingresos desde los sectores bajos y medios hacia los ricos. Para 2019, y comparándolo con los años 60, la clase baja había perdido unos 3,4 puntos de participación en la riqueza y la clase media unos 4,7 puntos, mientras que la clase alta se llevaba 8,3 puntos más de ingresos y los multimillonarios 5,8 puntos más.


En definitiva, la sociedad estadounidense se convirtió en los últimos 40 años en una que genera cada vez más riqueza, pero en la cual hay cada vez más pobres, más desempleados y donde ostentan sus fortunas cada vez menos ricos muy ricos y donde se registra una pauperización sistemática de la clase media. En esa sociedad, los sueños de ascenso social están cada vez más lejos para la mayoría. Una sociedad que ha destruido su propio sueño.

El fenómeno Trump


En 2016, beneficiado por el mismo sistema electoral que hoy critica, ganaba las elecciones Donald Trump (a pesar de haber perdido por casi 3 millones de votos) y ascendía a la presidencia. ¿Por qué ganó? Muy simple. Su slogan de campaña fue “Make America Great Again” (Hagamos un EE.UU. grande nuevamente).


Para la mayoría de los estadounidenses eso podía significar solo una cosa: volver al “Sueño Americano”.


Como presidente, Trump tuvo más oscuros que claros. Es verdad que logró bajar los índices de pobreza y desempleo -lo cual explica gran parte del apoyo de los sectores más postergados de la población-, pero no
pudo superar su ADN de empresario que hizo su fortuna en los negocios inmobiliarios neoyorkinos vinculados a los sindicatos mafiosos de la construcción. Y como tal, no logró revertir –porque nunca tuvo esa
intención- la redistribución regresiva del ingreso. Había más trabajo, sí. Pero la mejor parte de la torta se la llevaban siempre los mismos.


Y a medida que el “Sueño Americano” tardaba en volver, Trump distraía a la sociedad con sus matoneadas, sus soluciones fáciles para los problemas difíciles como el famoso muro con Méjico para parar la inmigración, y el estímulo permanente del odio por las redes sociales. Todo iba bien, sin embargo. Hasta que llegó el Covid-19.


Ante esa amenaza mortal la sociedad estadounidense pudo apreciar su verdadera naturaleza. El resto es conocido. Hoy, en el ocaso de su presidencia, enfrenta su segundo juicio político (impeachment). Su futuro
político dependerá de la vuelta o no del Sueño Americano. Biden no da indicios de ser su restaurador, pero nunca se sabe. Si se logra, hay alguna esperanza. Si no, el cóctel explosivo de frustración social y odio antidemocrático, racista y religioso que en el fondo encarna Trump, sigue intacto. Y nunca faltará un loquito que, así como éste mandó a sus conciudadanos a beber cloroquina y tomar el Congreso, los mande a hacer
cosas peores.*

  • Pablo Palazzolo es politólogo y docente.
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