Otoño en Olavarría

 

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

El verano se empieza a ir, lento, queriendo quedarse, despidiéndose con la misma furia de vendavales y tormentas con las que había arrancado. Desafiando sequías y exasperando el hilo manso de agua que baja por el arroyo hacia el noroeste y nos obliga a relojear, indecisos, alarmados, ese torrente que embravecido nos trae recuerdos de aquel otro otoño de hace más de cuarenta años.

El sol de mediodía no quiere aflojar y persiste, estoico, mostrando su rigor, demorándose en su despedida, como yéndose pero sin querer llegar a ninguna parte, como se van los amores verdaderos, tímidamente, sin querer irse del todo.

Ahora los atardeceres llegan más apurados, sin tanto protocolo se instalan ansiosos, antes de que podamos tomarnos esa copa de vino que nos ayuda a soportar el miedo de la noche, el pánico que sentimos cuando el sol nos deja, aún sabiendo que va y viene, que solo va a distraer la vigilia en otras latitudes, persistente.

La noche, preludio de la batalla, vástago del inferno, se empieza a extender y nos aturde, insinúa esa tiránica vastedad que alcanzará en el invierno. Y entonces se vuelve imprescindible aquella sentencia memorable: amanece, que no es poco, y no solo no es poco, es la salvación misma.

Cambian los olores, la posición del sol a mediodía, el canto de los pájaros. Pierden algo de su encanto las muchachas, se enturbia el silbido de los que lamentan un amor perdido.

El otoño es nostalgia del paraíso, es desconsuelo por lo que se pierde de a poco, es metáfora de la irredimible condena de envejecer.

Otoño, nos traés el consuelo de entender que la gracia está en el cambio, nos liberás del agobio del verano y nos amenazás con el padecimiento del frío.

Nadie puede ser del todo feliz sin haber conocido la desdicha.

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