San José


Inmensa responsabilidad y privilegio le encomendó Dios a San José, la de ser esposo de la Virgen María, padre virginal de Jesús y custodio de la Sagrada Familia. La paternidad de San José alcanza no sólo a Jesús sino a la misma Iglesia, que continúa en la tierra la misión salvadora de Cristo. El Papa Pío IX nombró a San José, en 1847, Patrono de la Iglesia universal y el Papa San Juan XXIII incorporó su nombre al Canon Romano, para que todos los cristianos -en el momento en que Cristo se hace presente en el altar- veneremos su memoria.

            Dios siempre elige lo más hermoso, cuando determinó la Encarnación del Verbo dispuso que naciera de una Virgen, concebida a su vez sin pecado original y reuniendo en sí misma las alegrías de la maternidad y la flor de la virginidad. Pero se imponía la presencia de alguien capaz de proyectar en la tierra la “sombra del Padre”, fue la misión que Dios destinó a san José, que merece las palabras dichas por la Escritura sobre su ancestro David: “El Señor se ha buscado un hombre según su corazón” (1 Sam13, 14).

            Ejerció en plenitud el rol de padre y esposo, por eso valoramos su inestimable influencia en el desarrollo humano de Jesús y la perfecta unión de su ejemplar matrimonio con María. Era un joven justo, casto, honesto, humilde carpintero… ejemplo para todos nosotros y en la relación esposal de San José y la Virgen María tenemos un ejemplo para todo matrimonio. 

            San José es llamado el “Santo del silencio” porque no conocemos palabras expresadas por él, tan solo conocemos sus obras, sus actos de fe, amor y de protección como padre responsable del bienestar de su amadísima esposa y de su excepcional Hijo. José fue “santo” desde antes de los desposorios. Un “escogido” de Dios. Desde el principio recibió la gracia de discernir los mandatos del Señor.

            El nombre de José en hebreo significa “el que va en aumento”. Y así se desarrollaba el carácter de José, crecía “de virtud en virtud” hasta llegar a una excelsa santidad. San Pedro Crisólogo lo define como “un hombre perfecto, que posee todo género de virtudes”.

            En el Nuevo Testamento la grandeza muchas veces se esconde bajo el velo de una existencia humana común, algo que Dios permite para aumentar nuestros méritos y acrisolar nuestra fe. El ejemplo paradigmático de esta nueva economía de la gracia lo ofrece un varón cuya vida transcurrió en la humildad y el silencio, pero que mereció oír de los labios del Hombre-Dios el dulce nombre de padre.

            Dijo Santa Teresa de Jesús: “No me acuerdo hasta ahora haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo… No he conocido persona que de veras le sea devota que no la vea más aprovechada en virtud, porque aprovecha en gran manera a las almas que a Él se encomiendan… Solo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no le creyere y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso patriarca y tenerle devoción…”.

            El Evangelio traza la alabanza de José en una sola y breve frase: era justo. “Justo”, en lenguaje bíblico, designa la reunión de todas las virtudes. El Antiguo Testamento llama justo al mismo que la Iglesia concede el título de santo: justicia y santidad expresan la misma realidad. Se revela también una faceta primordial de su perfección: la contemplación. San José es el modelo del alma contemplativa, más ansiosa de pensar que de actuar, aunque su oficio de carpintero le hiciera consagrar tiempo al trabajo. Se realiza en él la enseñanza de santo Tomás: la contemplación es superior a la acción, pero más perfecta es la unión de una y otra en una misma persona.

            Legítimo heredero del trono de David, su humilde condición de trabajador manual no le quitaba su nobleza, antes bien, reunía admirablemente ambas condiciones. Al aserrar la madera, José conservaba siempre su espíritu orientado al aspecto más sublime de las cosas, considerándolo todo bajo el prisma de Dios. La Providencia le destinó al honor más alto que pueda recibir una criatura concebida en pecado original, por eso dice San Gregorio Nacianceno: “El Señor conjugó en José, como en un sol, todo cuanto los demás santos reunidos tienen de luz y esplendor”.

(*)  Angélica  Diez, Misionera  de la  Inmaculada  Padre  Kolbe, Olavarría.

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