San José Obrero


Esta celebración de san José obrero nos remite a reflexionar sobre la dignidad y la importancia del trabajo. El 1º de mayo se instituyó como Día Internacional del Trabajo en conmemoración de la sangrienta represión que, durante varios días de abril y mayo de 1886, sufrieron los obreros de una fábrica en la ciudad de Chicago. En los primeros años del siglo XX este día era la ocasión anual del trabajador para manifestar sus reivindicaciones, su descontento y sus anhelos.

En nuestro país se celebró por primera vez en 1890. El 28 de abril de 1930, el entonces presidente Hipólito Yrigoyen instituyó formalmente la fecha como Fiesta del Trabajo en todo el territorio de la Nación.

            Esta conmemoración de origen seglar se cristianizó el día 1° de mayo de 1955, cuando el Papa Pío XII, instituyó la fiesta de San José Obrero. Una fiesta que ha de celebrarse desde el punto de partida del amor a Dios y de ahí pasar a la vigilancia por la responsabilidad de todos al complejo mundo de la relación con el prójimo basada en el amor: desde el trabajador al empresario y del trabajo al capital. Una fiesta para poner de relieve la dignidad del trabajo -don de Dios- y del trabajador -imagen de Dios-, los derechos a una vivienda digna, a formar familia, al salario justo para alimentarla y a la asistencia social para atenderla, al ocio y a practicar la religión que su conciencia le dicte. Una fiesta en la que se recuerda la responsabilidad de los sindicatos para logro de mejoras laborales y sociales, con la exigencia del bien común y en la que se reafirma también la responsabilidad política de los gobiernos. Una fiesta que se fundamenta en los principios de la Doctrina Social de la Iglesia: la dignidad de la persona humana, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad y que propone como modelo y patrono de los trabajadores a San José.

            Dice el Papa Francisco: “El libro del Génesis narra que Dios creó al hombre y a la mujer confiándoles la tarea de llenar la tierra y dominarla, lo que no significa explotarla, sino cultivarla y protegerla, cuidar de ella con el propio trabajo (cf. Gn 1, 28; 2, 15). El trabajo forma parte del plan de amor de Dios; nosotros estamos llamados a cultivar y custodiar todos los bienes de la creación, y de este modo participamos en la obra de la creación. El trabajo es un elemento fundamental para la dignidad de una persona. El trabajo, por usar una imagen, nos «unge» de dignidad, nos colma de dignidad; nos hace semejantes a Dios, que trabajó y trabaja, actúa siempre (cf. Jn 5, 17); da la capacidad de mantenerse a sí mismo, a la propia familia, y contribuir al crecimiento de la propia nación”

            Nos recuerda el Santo Padre que: “Jesús entra en nuestra historia, viene en medio de nosotros, naciendo de María por obra de Dios, pero con la presencia de san José, el padre legal que lo protege y le enseña también su trabajo. Jesús nace y vive en una familia, en la Sagrada Familia, aprendiendo de san José el oficio de carpintero, en el taller de Nazaret, compartiendo con él el trabajo, la fatiga, la satisfacción y también las dificultades de cada día.”

            Oportunamente el Papa San Juan Pablo II se refirió a San José con estas palabras: “La extremada discreción con que José desempeñó el papel confiado por Dios subraya aún más su fe, que consistió en ponerse siempre a la escucha del Señor, tratando de comprender su voluntad, para obedecerla con todo el corazón y con todas sus fuerzas. Por este motivo, el Evangelio lo define como hombre «justo» (Mateo 1, 19). El justo, de hecho, es una persona que reza, vive de fe, y trata de hacer el bien en toda circunstancia concreta de la vida.”

            Y en su encíclica a los trabajadores “Laborem exercens”, San Juan Pablo II destacó que “mediante el trabajo el hombre no sólo transforma la naturaleza adaptándola a las propias necesidades, sino que se realiza a sí mismo como hombre, es más, en un cierto sentido ‘se hace más hombre’” y en el Jubileo de los Trabajadores en el 2000, su mensaje fue: “Queridos trabajadores, empresarios, cooperadores, agentes financieros y comerciantes, unid vuestros brazos, vuestra mente y vuestro corazón para contribuir a construir una sociedad que respete al hombre y su trabajo”.

Colaboración de las Misioneras de la Inmaculada, Padre Kolbe

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