Misceláneas de la cuarentena

Foto Luis Molina

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

La ciudad de repente se ha convertido en otra. Completamente distinta a la que estábamos acostumbrados a ver y también a cualquiera de las que nuestro recuerdo ha ido registrando a lo largo de cincuenta años. No es la ciudad de los domingos, como algunos intuíamos, para eso le falta el paso indolente de las parejitas de enamorados que caminan por el centro, el apuro de la doña para llegar a misa a tiempo.


En el súper nos hacen formar una fila en la vereda, no pueden ingresar más de diez personas a la vez, dicen. La agente de policía nos reta, se escandaliza, ¿Cómo que no tienen barbijo?, ¿guantes? Metro y medio de distancia entre uno y otros, señores, o no saben lo que está pasando. ¿Usted dónde vive? Barrio Ceco. ¿Y qué hace acá en el centro de la ciudad? Tiene otros supermercados más cerca de su casa, que esto no se repita.

El que está atrás inventa una dirección a dos cuadras del lugar, queda exceptuado de la amonestación verbal, la viveza criolla no falla en casos como estos. Un rato después lo veo quejarse porque no lo dejan llevar cerveza, todavía no son las diez, le dice la cajera, él insiste, en casos como éste deberían levantar esa restricción, alega, nos piden a los mayores de sesenta que vengamos bien temprano y no podemos hacer las compras que queremos, la cajera se justifica, hasta las diez no puedo hacer nada, el sistema no me lo permite.


El sistema… ¿será el mismo sistema que según dicen está por colapsar en cualquier momento? En los grupos de whatsapp, lo más cautos, no dejan de pedir por favor que no hagan circular videos, audios pesados, la red en estos casos hay que usarla para cosas importantes, con responsabilidad.

Pero no hay caso, eso es imposible, cómo no compartir ese video tan ingenioso que una pareja grabó mientras se prepara para la cuarentena.

Aunque hay cuarentenas y cuarentenas, eso sin dudas. Algunos la cumplimos acá nomás, donde nos toca, donde vivimos siempre. En el caso de los olavarrienses, en la misma ciudad que una vez amaneció bajo el agua, en la del terror subterráneo que no vimos porque estábamos entretenidos con la campaña de Loma Negra, en la ciudad donde trabajadores y terratenientes tuvieron que aprender a convivir, a la fuerza. Otros agarran la camioneta y cruzan el país de punta a punta, para esconderse en una casa a orillas del lago, lejos del mundanal ruido, lejos de cualquier virus siempre y cuando no hayan sido ellos mismos los que lo llevaron hacia el sur, pasando por decenas de peajes, parando cada cien kilómetros en estaciones de servicios para cargar nafta u orinar, para comprar lagunas galletitas, bajando a comer en puestitos precarios al costado de la ruta.


Del otro lado están los extremistas, esos que buscan en el decreto presidencial si dice algo sobre la prohibición de sacar a pasear el perro, y los que escriben en medio nacionales respecto al tema, analizándolo como corresponde desde distintas aristas, la ética, la legal, para terminar afirmando que la disyuntiva de sacar o no el perro a la calle a pasear debe dirimirse usando el sentido común.


¿Qué será el sentido común? ¿La forma de pensar promedio? Tomemos una muestra de mil personas y pidámosle una definición respecto a algún tema. Agrupemos las respuestas con algún criterio y distribuyámosla por categoría, ¿la respuesta que cae en el pico de la curva gaussiana sería el sentido común, entonces? Pero si la curva de Gauss es muy petisa, ¿no cabe la posibilidad de que el sentido común resulte ambiguo? En fin, elucubraciones típicas de una cuarentena, no me hagan caso.


Un efecto colateral de la cuarentena consiste en comprender la verdadera finalidad de la educación primaria. Algunos padres nos sentimos sorprendidos al comprobar por estos días que la escuela no sólo educa, también, y con no menos rigurosidad que lo anterior: disciplina. La escuela prepara para cumplir horarios el día de mañana, para soportar al compañerito de banco las horas que corresponda, para terminar aceptando, por hábito o cansancio, que la maestra/jefe nos regentee y nos estandarice, nos saque el rendimiento que podemos dar en virtud de nuestra capacidad, nos haga cómplices necesarios de la monstruosa y maquiavélica maquinaria del mundo.


Mundo que por lo visto no era tan estable como decían. Al final de cuentas el sistema (iba a poner capitalista pero la epidemia se inició paradójicamente en un país comunista) no era tan seguro, no era tan sólido, por el contrario, en ciertas ocasiones no sabe cómo reaccionar. Para colmo de males no hay que ser demasiado inteligente para imaginar qué países serán los que tengan que poner el hombro para salir de esta crisis.


En fin, en la escuela nos enseñaron eso de que no es bueno que el hombre esté solo. Claro, si no ¿cómo iría a trabajar? ¿Cómo formaría parte de esa maquinaria de la que hablábamos antes? Tal vez sea el aislamiento el que nos arrastra hacia el pesimismo.


Aunque siempre se dijo que los argentinos nos movemos como pez en el agua en tiempos de crisis, tenemos mucho entrenamiento para eso. ¿Y si esta batalla contra el virus fuera una ocasión para salir adelante?, ¿si nos sirviera para cambiar el aire y empezar a correr con otro tranco?
¿Qué sé yo? Nunca se sabe, en una de esas, quién te dice…

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