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Sobre extrañas maneras de soportar la existencia


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Son las doce y no tengo sueño. Manoteo la tablet y me siento en el sillón. Busco algo que conmueva. YouTube ya conoce mis gustos, me orienta, me conduce a unos minutos de relax, de olvido temporal pero imprescindible de todo lo que tenga que ver con lo inmediato, con lo que no me va a dejar volver a dormirme si me despierto a la madrugada. El algoritmo omnisciente del sistema me ayuda a encontrar esos retazos de épica de suburbio, de modesta hazaña de acá a la vuelta que cada tanto me gusta volver a ver. El hombre y la mujer (aunque más el hombre que la mujer) siempre se han sentido atraídos por la épica. La literatura occidental arrancó con una guerra ganada en el último minuto (para decirlo en términos futboleros), cuando los derrotados festejaban una incuestionable victoria.

Son, como siempre, tres o cuatro cosas. De algunas me avergüenzo más que de otras. Empiezo con la derecha memorable de Monzón a Nino Benvenuti. Un precursor Monzón, un adelantado. Primero en aplicar el ahora remanido concepto de uso racional de la energía. Saca el derechazo con la fuerza justa para noquear a su rival, no invierte en el golpe ni medio kilo más que lo necesario para voltearlo, no vaya a ser cosa que necesite ese plus de energía que se ha guardado en caso que el italiano se levante. Inmediatamente retrocede, casi con timidez, como disculpándose, dándole lugar al árbitro para que encuentre un lugar adecuado desde donde pueda contar con comodidad los diez segundos que le quedan al campeón para dejar de serlo, para resignar, mansa pero también virtuosamente, una corona que ya nadie le podrá arrebatar a Monzón, y que dejará, más por aburrimiento que por debilidad, siete años más tarde.

Después vienen algunos goles de Palermo, claro. Todos igualmente memorables. Hoy por hoy, los que no entienden nada de fútbol (que son la inmensa mayoría, sobre todos los que hablan por televisión), idolatran a Riquelme olvidándose del jugador que construyó la plataforma desde la cual el ahora devenido dirigente se erige como ídolo. ¿Quién ganó aquella final memorable contra el Real Madrid sino “Martín Pescador de goles”, tal como lo bautizó Víctor Hugo? Un relator, éste, que pareciera destinado a ponerle nombre a los grandes. Porque al “barrilete cósmico” le anteceden el “Alejandro Magno” con el que mentaba a Sabella, o el “Arcángel del gol” dedicado a un personaje del que hoy prefiero no acordarme, o el “Alfil”, con el que se refería a un puntero derecho que nos dejó hace unos días.

Es una pena que no hayan quedado buenas filmaciones de la epopeya de la hinchada de Boca en Japón, al menos ese buscador omnisciente de Google no las encuentra. Todavía los celulares no tenían cámaras con buena definición, ni memoria suficiente como para registrar semejante épica, una épica al estilo de los griegos en la Guerra de Troya. Porque Boca no es Boca ganando dos a cero, Boca es Boca resistiendo el dos a uno hasta el pitazo final.

Peor todavía era con el Toto Lorenzo, el otro gran técnico que tuvimos. Boca jugaba a lo Monzón justamente, trabajaba el partido, acobardaba al rival, y si de tanto machacar hacía un gol, listo, el partido estaba terminado, a mi juego me llamaron: resistir. Hay más dignidad en el resistir ante la adversidad que en la victoria rápida o fácil.

Y cuando el sueño, por fin, amaga con venir al rescate y me promete sostener por unas horas esa mochila de realidad que se hace insostenible, me dejo llevar por la música, para lo que YouTube también tiene una batería de temas preseleccionados. Busco covers de rock nacional, porque para que el consuelo que busco sea efectivo no alcanza a veces con versiones originales. La épica, como vimos, se construye desde la miseria, desde la ilusión y la esperanza vana, y así resulta mucho más valiosa esa versión ensayada en un garaje, por una banda de desconocidos, con notas que no se condicen con las de la versión original o encajan de prepo, que la original en el estadio Obras punteada con la Fender Stratocaster fabricada en USA.

Cada cual alivia los tormentos del día a día como puede. Cada uno evita caer en la angustia existencial como le sale. La música, el deporte, el trabajo, una ideología, la ambición por el dinero, hasta la religión. Todas son maneras lícitas de encontrar ese sentido que se escabulle por todos los resquicios. Muchos son los que denigran y ningunean a quienes encuentran consuelo en religiones prebendarias. Cómo desearía yo encontrar la paz en un relato que me exigiera no el diezmo sino mi alma entera.

Para todos aquellos a los que nos resulta difícil encontrar armonía y consuelo está YouTube. Tentándonos con la posibilidad de dejarnos llevar por esa corrida interminable de Palermo, de llorar cuando Miguel Abuelo canta “Lunes por la madrugada” y parece que en eso le va la vida, o cuando ese desconocido grita hasta desfallecer alentando a un Boca que sigue resistiendo ante el Real.

Nos tocó vivir una época en la que las pasiones son modestas, pusilánimes. El “fin de la historia”, le llaman algunos, yo diría la más irreversible de las decadencias. La generación anterior a la nuestra soñaba con cambiar el mundo, con transformar la realidad, con hacer del mundo un lugar digno del hombre y la mujer. Aquellos jóvenes estaban dispuestos a dar la vida por ese fin. Nosotros debemos resignarnos a algo más modesto, conformarnos con poco, intentar ponerle un sobrio maquillaje al espanto al que nos acostumbraron.

Aún detestando toda forma de violencia, aún despreciando sus actitudes machistas y cierto instinto asesino, necesito volver a ver cada tanto ese golpe perfecto de Monzón (si es que puede adjudicársele carácter de perfección a una trompada). Como consuelo ante tanta decepción y ante tanta derrota, ante tanta decadencia, necesito comprobar que a alguien, alguna vez, algo le salió bien, aunque después haya terminado mal, como todos. Aburrido de ver cómo los sueños se derrumban, acobardado por la fuerza de una reacción que iniciaron una tal Thatcher y un tal Reagan en los ochenta y que después de la caída del Muro se volvió universal (o casi), después de ver cómo se pisotearon y se traicionaron los ideales de aquel mayo del 68, de aquellos años en los que lo obvio era exigir lo imposible, necesito dejarme engañar por la modesta gloria de una pasión individual, por el sinsentido de cualquier triunfo deportivo, por esa canción cuya letra nos dice cosas, mientras espero, casi ya sin esperanza, que Paris venga, que un día vuelva. Que cometa esa torpeza que nos dio sentido como civilización. Que se lleve a Helena.

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