Sobre lo infinitamente complejo de todas las cosas

Escribe Carlos Verucchi.


Libros / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Selva Almada acaba de publicar “No es un río” (Random House), su nueva y tan esperada novela. Selva Almada nació en Paraná, Entre Ríos, en 1973, su producción literaria dio un giro vertiginoso en 2012 con la publicación de “El viento que arrasa”, novela que ya cuenta con varias reediciones, fue publicada en el exterior​ y traducida al francés,​ portugués, holandés y alemán.​ Con esa novela Almada obtuvo el Primer Premio del Festival Internacional del Libro de Edimburgo 2019. Posteriormente, en 2013, publicó “Ladrilleros”, novela que guarda cierta vinculación tanto con “El viento que arrasa” como con “No es un río”. Vinculación que radica en la zona geográfica en la que transcurren las historias (litoral argentino), como así también en los roles protagónicos que, en los tres casos, están centrados en hombres, a punto tal que algunos críticos hablan de una trilogía dedicada al género masculino.

Las historias de Almada parecen sencillas, cotidianas. La tensión que se establece en sus textos hay que buscarla más bien en la capacidad para crear una atmósfera, un ambiente en el que los lectores irremediablemente comienzan a sumergirse en la medida en que recorren sus páginas. “No es un río” cuenta la historia de dos amigos que planean un viaje de pesca a una isla cercana en medio del río. Deciden llevar al hijo adolescente de quien fuera amigo de ambos y con quien salían a pescar de jóvenes. La ausencia de ese padre y amigo contribuye a crear el clima de misterio que estará latente hasta el final. A medida que avanza en el texto, y a partir de hechos del presente como también de recuerdos que los personajes van entretejiendo en su imaginación, el lector comenzará a comprender el abismo de complejidad que encierra una historia en apariencia simple.

¿Cómo se construye la amistad? ¿Qué implica la amistad? ¿Hasta dónde deben mantenerse ciertos códigos que la amistad entre hombres considera inquebrantables? ¿Qué se considera traición dentro de ese entramado de códigos estrictos y generalmente machistas? Pueden parecer muchas preguntas para una sola novela, tal vez. Selva Almada, sin caer en la banalidad de proponerse darles respuesta, hace algo más valioso: plantea esos interrogantes desde perspectivas diferentes, llevándolos a planos tan complejos que desaniman la búsqueda de esas posibles respuestas.

Delante de ese trasfondo filosófico está el litoral, el modo de hablar de los isleños, la vida moldeada por el río, por la dicotomía entre el continente y las islas, el monte, ambiente al que nos acercó Juan José Saer a través de alguna de sus novelas. Ámbito que intenta terciar entre los dos tópicos sobresalientes de la literatura argentina actual: la literatura de ciudad (literatura en la que prevalece lógicamente Buenos Aires) y la literatura pampeana, que ha logrado mantenerse vigente durante mucho tiempo.

“No es un río” resulta un claro ejemplo de eso que algunos llaman prosa poética. El siguiente párrafo es un ejemplo de ello y de él se desprende el título de la novela:

“Este caraguatá, único, con su centro rojo como la sangre de una mujer.

Si alarga la vista, donde la calle baja, llega a ver el río. Un resplandor que humedece los ojos. Y otra vez: no es un río, es este río. Ha pasado más tiempo con él que con nadie”.

Selva Almada, formada en el taller literario de Alberto Laiseca, se consolida como una de las voces más originales y atractivas de la literatura actual. Su apuesta literaria es arriesgada y despojada de todo prejuicio, no intenta escribir como dicta la moda o como escriben todos, hace todo lo contrario, y en ese desafío está su mérito.

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