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Sobre universidades y rankings

Escribe: Carlos Verucchi.


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

Desde hace algún tiempo, distintos organismos internacionales se ocupan de establecer rankings de universidades de todo el mundo. Todos ellos están concebidos a partir de ciertos parámetros previamente consensuados y presentan entre sí variantes relativamente menores. Los indicadores más importantes que se tienen en cuenta son la proyección de los graduados de cada universidad, la relación entre la cantidad de docentes y estudiantes, la formación de los cuerpos docentes y los alcances de los trabajos de investigación originados en cada una de las universidades evaluadas. Este último ítem generalmente es el decisivo ya que contempla el 50% del puntaje total. Para evaluarlo se consideran la cantidad de citas del año anterior de los artículos científicos publicados por los grupos de investigación de cada casa de estudios o la cantidad de investigadores de cada universidad que resultan mejor posicionados en función de su producción, entre otros indicadores.

De este modo no resulta casual que la UBA, única universidad latinoamericana que ostenta entre sus méritos históricos el haber obtenido tres premios Nobel en ciencias, resulte la mejor posicionada en la región.

Esta semana se difundieron los resultados de una medición que posiciona a la Universidad Nacional del Centro de la Provincia de Buenos Aires (UNICEN) en el séptimo lugar a nivel nacional. Esta posición no resulta sorpresiva dado que hace unos pocos años, en otro ranking, la UNICEN había quedado en el cuarto lugar.

El mismo día en que se conoció la noticia, el intendente de Tandil, Miguel Lunghi, hizo declaraciones públicas destacando el “reconocimiento que sigue consolidando a Tandil como una ciudad del conocimiento, la innovación y la educación”

Si se tiene en cuenta que la UNICEN es una universidad regional, las declaraciones de Lunghi resultan un intento de apropiarse de méritos alcanzados a partir del aporte de todas las sedes. Algo así como la pretensión de que la marca registrada UNICEN quede aún más identificada con Tandil. Un reflejo políticamente inteligente, claro.

Los olavarrienses, por el contrario, pareciera que cedemos indolentemente esa marca registrada junto con todo el prestigio que conlleva. Es que realmente nuestra ciudad pareciera no aprovechar la porción de universidad que le toca. En Olavarría no se habla de universidad, apenas se mencionan sus facultades. A diferencia de los chicos y chicas de otras ciudades, aquí nadie va a la “U” o a la universidad, acá se toma el colectivo para ir a la facu, tanto a la de ingeniería como a la de sociales o de ciencias de la salud (en otro orden de cosas, ¿cómo pudimos negarle a la ciudad la posibilidad de contar con una facultad de medicina? Desde un punto de vista formal la definición de “ciencias de la salud” será más adecuada pero desde un punto de vista marketinero no puede compararse con lo que significa para cualquier ciudad del interior ostentar una facultad de medicina).

Tener facultades en lugar de universidad implica recortar el alcance de esta última. La Universidad (el nombre proviene de universalidad) es mucho más que la sumatoria de facultades. Las facultades son unidades disciplinares que desarrollan áreas de conocimiento específicas, la Universidad es el resultado de que todas esas disciplinas se interrelacionen, desdibujen los límites que las separan, rompan los recipientes estancos en los que se contienen. Una facultad atiende a la demanda de profesionales, la Universidad, por el contario, se ofrece como una institución que promueve el desarrollo de toda actividad científica, cultural, intelectual. Privarnos de la Universidad implica recortarle potencial a las posibilidades de crecimiento de la ciudad. Tanto en lo cultural como en lo económico, en lo intelectual y en lo que se refiere a la formación de espíritus emprendedores, ejercitados en prácticas democráticas y en el funcionamiento de organismos colegiados.

A diferencia de otras ciudades de la región, Olavarría tiene mejores condiciones potenciales para consolidarse como “ciudad universitaria” o como “polo científico” (en nuestra ciudad trabajan alrededor de 50 investigadores del CONICET, dato que la opinión pública desconoce por completo). La actividad minera de la región propicia la necesidad de avanzar en esta dirección, el impuesto a la piedra fue concebido originalmente como un aporte al desarrollo industrial, educativo y científico.

Salvo excepciones como las del ex concejal Eduardo Rodríguez, no se oyeron voces en Olavarría que salieran a reclamarle a Lunghi cierto respeto por lo que declara el estatuto de la UNICEN al definirla como una universidad de alcance regional.

Es que justamente en ese carácter regional está todo el potencial, porque ninguna ciudad de cien mil habitantes puede desarrollarse universitariamente hablando como para pelearle mano a mano a las universidades más grandes del país el liderazgo. Sí es posible dar esa pelea (y el ranking que se difundió esta semana es prueba de ello) apoyados en una universidad que extiende su influencia a una región amplia de medio millón de habitantes o más.

Existen videos oficiales que intentan promocionar a la ciudad y que en cinco minutos de duración no dedican una sola palabra, una frase, una foto a las sedes de la UNICEN en Olavarría. Hace no mucho tiempo, desde el municipio no sólo se desestimó la importancia de una de las facultades olavarrienses de la UNICEN sino que se puso en tela de juicio el rol que desempeñaba en la ciudad.

A esta altura nadie duda de que los países que crecen son aquellos que previamente apostaron fuertemente al desarrollo en ciencia y técnica.

¿Hasta cuándo vamos a seguir dando tantas ventajas?

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