El capital contra la vida


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

Hay una ilusión persistente en el sentido común contemporáneo: que el capitalismo, con sus crisis y contradicciones, es capaz de reinventarse indefinidamente. Que cada límite que encuentra es, en realidad, el punto de partida de una nueva fase de expansión. Sin embargo, esta confianza en su capacidad adaptativa omite una cuestión decisiva: el capitalismo no solo transforma el mundo, también erosiona las condiciones que hacen posible su propia existencia.

Desde una perspectiva marxista, esto no debería sorprender. En El capital, Karl Marx ya advertía que el proceso de acumulación no es neutral: se sostiene sobre la explotación del trabajo y sobre la apropiación de la naturaleza. Ambas dimensiones —trabajo y naturaleza— no son externas al sistema, sino sus condiciones de posibilidad. Sin embargo, el capital tiende a tratarlas como si fueran inagotables.

Esta es la contradicción fundamental: el capital necesita expandirse sin límites, pero lo hace sobre una base material que sí los tiene.

La lógica de la mercantilización no reconoce obstáculos ecológicos. Todo aquello que puede ser incorporado al circuito de la mercancía es, tarde o temprano, incorporado. Bosques, minerales, agua, cuerpos, datos: la expansión no distingue entre esferas. En ese movimiento, lo que está en juego no es solo la apropiación de recursos, sino su transformación en valor. Y esa transformación implica, necesariamente, su degradación.

La crisis climática no es un efecto colateral del sistema. Es su consecuencia lógica.

El calentamiento global, la pérdida de biodiversidad, la contaminación de suelos y océanos no son anomalías que puedan corregirse sin alterar el núcleo del proceso de acumulación. Son el resultado de una dinámica que convierte la naturaleza en insumo y la agota en el mismo gesto en que la valoriza. En este sentido, la idea de un “capitalismo verde” aparece más como una estrategia de reconfiguración que como una verdadera solución: desplaza el problema sin resolver la contradicción.

Pero la cuestión no se agota en lo económico o en lo ecológico. También es ontológica.

En Martin Heidegger, particularmente en su crítica a la técnica moderna, aparece una intuición que permite profundizar este diagnóstico. Para Heidegger, la modernidad no se define solo por el desarrollo tecnológico, sino por una forma específica de relación con el mundo: todo lo que existe es concebido como un “fondo disponible”, como algo susceptible de ser calculado, explotado y puesto a disposición.

El capitalismo lleva esta lógica a su extremo.

La naturaleza deja de ser un ámbito con el que se coexiste para convertirse en un reservorio de recursos. El ser mismo queda subordinado a la lógica de la disponibilidad. En este punto, la crítica marxista y la heideggeriana convergen: ambas señalan que el problema no es simplemente cómo se distribuyen los bienes, sino cómo se constituye el mundo como objeto de apropiación.

La diferencia es que, mientras Marx sitúa esta dinámica en el proceso histórico de acumulación del capital, Heidegger la piensa como un destino de la metafísica occidental. Pero en el presente, ambas perspectivas permiten iluminar un mismo fenómeno: la subordinación de la vida a una lógica que la instrumentaliza.

La pregunta, entonces, ya no es si el capitalismo puede superar sus crisis, sino a qué costo lo hace.

Porque el sistema puede seguir funcionando. Puede incluso crecer. Puede desarrollar nuevas tecnologías, nuevas formas de explotación, nuevas mercancías. Pero ese funcionamiento se vuelve cada vez más incompatible con la reproducción de la vida en condiciones dignas y, en última instancia, con la estabilidad de los ecosistemas que lo sostienen.

En ese sentido, el capitalismo no es simplemente un sistema en crisis. Es un sistema que produce crisis como condición de su propia reproducción. Y en su fase actual, esas crisis adquieren una dimensión inédita: ya no afectan solo a sectores o regiones, sino al conjunto del planeta.

Hablar de autodestrucción no implica imaginar un colapso repentino, un final abrupto. La autodestrucción puede ser lenta, desigual, diferida. Puede expresarse en la degradación progresiva de las condiciones de vida, en la intensificación de fenómenos climáticos extremos, en la expansión de territorios sacrificados. Puede incluso convivir con momentos de prosperidad relativa.

Pero no por eso deja de ser autodestrucción.

El capital, en su búsqueda incesante de valorización, socava las bases materiales y sociales que lo hacen posible. Y en ese movimiento, convierte su propia reproducción en una amenaza para la vida.

No se trata de un error corregible. Se trata de una lógica.

Y esa lógica, llevada a su extremo, no conduce a un nuevo equilibrio, sino a un límite.

Lo seguimos pensando el domingo próximo.

Deja una respuesta

Su dirección de correo electrónico no será publicada.

error: Content is protected !!