El fin de la democracia

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
Durante la Guerra Fría, las democracias occidentales no sólo constituían una forma de gobierno. También eran una bandera ideológica. Frente al partido único soviético, Occidente podía exhibir elecciones libres, división de poderes, libertad de expresión y pluralismo como prueba de superioridad moral y política.
Pero la caída de la Unión Soviética dejó una pregunta incómoda: ¿qué ocurre con la democracia cuando desaparece el rival que obligaba a defenderla?
Quizás sea una exageración afirmar que las élites económicas occidentales han abandonado la democracia. Sin embargo, resulta difícil ignorar ciertos fenómenos que se repiten en distintas latitudes: parlamentos cada vez más debilitados, decisiones judiciales cuestionadas, gobiernos que gobiernan por decreto, líderes que presentan como autenticidad o genialidad aquello que muchas veces parece simple desprecio por las instituciones.
Mientras tanto, un modelo inesperado comenzó a llamar la atención del mundo. China logró combinar crecimiento económico, innovación tecnológica y planificación estratégica sin adoptar el pluralismo político occidental. Aunque formalmente socialista, su funcionamiento económico se acerca cada vez más al capitalismo, pero bajo la conducción de un partido único capaz de planificar a largo plazo y de evitar muchos de los conflictos que caracterizan a las democracias.
La pregunta no es si Occidente desea convertirse en China. Probablemente no. La pregunta es más inquietante: ¿comienzan algunos sectores de poder a considerar que las instituciones democráticas son obstáculos para la velocidad de los negocios, la acumulación de capital o la implementación de determinadas políticas?
Tal vez la amenaza contemporánea contra la democracia no adopte la forma de los viejos golpes de Estado. Tal vez se presente de manera más sutil: manteniendo las formas, pero vaciando lentamente los contenidos. Conservando las elecciones, pero debilitando los controles. Defendiendo la libertad mientras se erosionan las instituciones que la hacen posible.
Durante mucho tiempo, la democracia fue un estandarte esgrimido para que Occidente se diferenciara del comunismo. Hoy, cuando aquella disputa terminó, la pregunta vuelve a quedar abierta: ¿seguimos defendiendo la democracia porque creemos en ella o sólo mientras resulte funcional a nuestros intereses?