El ruido del mundo y la precisión del mal
Literatura / Carlos Verucchi / En Línea Noticias

La noticia es de esas que, por un momento, suspenden el vértigo cotidiano: la escritora argentina Samanta Schweblin acaba de recibir el Premio Aena de Literatura, dotado con un millón de dólares. Más allá de la cifra —que inevitablemente captura la atención—, el reconocimiento vuelve a poner en el centro de la escena a una de las voces más singulares de la literatura contemporánea en español.
Pero el dato económico, espectacular, corre el riesgo de opacar lo verdaderamente relevante: ¿qué es lo que escribe Schweblin para merecer ese lugar?
No se trata, en su caso, de una literatura que se apoye en grandes tramas ni en despliegues narrativos monumentales. Tampoco en la construcción de mundos complejos o en una acumulación de acontecimientos. Todo lo contrario. Su escritura avanza en dirección opuesta: reduce, concentra, afila.
En libros como El buen mal, Schweblin trabaja sobre una operación precisa y persistente: tomar situaciones aparentemente normales y desplazarlas apenas, lo suficiente para que empiecen a volverse inquietantes.
No hay irrupciones espectaculares. No hay monstruos en el sentido clásico. Lo extraño no viene de afuera. Está ya contenido en lo cotidiano, como una posibilidad latente.
Esa es, probablemente, una de sus mayores virtudes: hacer visible la fragilidad de lo que llamamos normalidad.
Sus cuentos parten de escenas familiares —una conversación, un vínculo, una enfermedad, una espera— y, sin romperlas del todo, las desajustan. El efecto no es el del sobresalto, sino el de la incomodidad persistente. Algo no encaja, pero no se termina de entender qué. Y esa indeterminación es, precisamente, el corazón de su literatura.
En ese sentido, Schweblin no busca explicar. No tranquiliza al lector. No cierra.
Sus finales son, en muchos casos, zonas abiertas donde lo narrado sigue vibrando, como si la historia continuara fuera del texto. El lector queda suspendido en una especie de incertidumbre que no se resuelve, pero que tampoco se disipa.
Hay en su escritura una economía extrema. Cada frase parece medida, recortada, llevada al límite de lo necesario. No hay exceso. No hay ornamento. Esa precisión no es solo estilística: es una forma de construir sentido. Lo que no se dice pesa tanto como lo que se dice.
Y en ese espacio de lo no dicho es donde se instala lo perturbador.
Porque lo que sus cuentos ponen en escena no es un mal extraordinario, sino algo mucho más inquietante: un mal posible, cercano, cotidiano. Un mal que no necesita explicarse porque, de algún modo, ya lo conocemos.
Tal vez por eso el título El buen mal resulta tan preciso. No se trata de justificar lo dañino, sino de señalar su integración silenciosa en la vida diaria. De mostrar cómo lo inquietante puede convivir con lo familiar sin romperlo del todo.
En un tiempo atravesado por el exceso de información, por el ruido permanente y la saturación de estímulos, la escritura de Schweblin opera de otro modo. No compite en volumen. No busca imponerse por acumulación. Su potencia está en la precisión.
Mientras el mundo grita, ella susurra. Y ese susurro, justamente por eso, resulta más difícil de ignorar.
Quizás ahí radique el verdadero sentido del premio: no solo en consagrar una trayectoria, sino en reconocer una forma de escritura que apuesta por la intensidad antes que por la espectacularidad, por la ambigüedad antes que por la certeza, por la incomodidad antes que por el consuelo.
En definitiva, una literatura que no busca explicar el mundo, sino desajustarlo lo suficiente como para que volvamos a mirarlo.