El Tiempo en la era digital

Escribe Marcela Blaufuks

La relación de las sociedades con el tiempo nunca fue fija ni natural. En las culturas tradicionales, el tiempo estaba ligado a los ciclos: el día y la noche, las estaciones, la espera. Con la modernidad industrial, el reloj reemplazó al sol y el tiempo se fragmentó en unidades medibles y productivas. Más tarde, la idea de progreso lo volvió lineal y acumulativo: siempre hacia adelante. Cada etapa histórica construyó su propia forma de ordenar el tiempo y, con ella, una manera particular de vivir.

En la era digital algo distinto parece estar ocurriendo. No se trata solo de ir más rápido. Lo digital altera la lógica misma del tiempo porque disuelve los bordes. Las fronteras entre trabajo y descanso, público y privado, información y experiencia se vuelven porosas, cuando no inexistentes. Todo está disponible todo el tiempo. La pregunta entonces no es sólo si vivimos acelerados, sino qué provoca esta ausencia de límites en nuestra forma de habitar el tiempo y el mundo.

Es a partir de este interrogante que la teoría del sociólogo alemán Hartmut Rosa resulta un faro. Rosa describe nuestro presente como una fase de aceleración social, donde se acelera al mismo tiempo la tecnología, el ritmo de vida y el cambio social. El resultado no es una mayor disponibilidad de tiempo, sino una sensación persistente de desajuste: cuanto más intentamos ganar tiempo, más sentimos que nunca alcanza y las redes sociales operan como uno de los dispositivos más eficaces de esta aceleración sin bordes. El scrolleo infinito elimina la noción de comienzo y final: no hay cierre posible, solo una sucesión continua de estímulos. El tiempo pierde espesor y se convierte en una superficie lisa, sin pausas ni transiciones. No se trata simplemente de distracción, sino de una reorganización profunda de la experiencia temporal.

Los formatos breves —shorts, reels, historias— condensan esta lógica. Ideas comprimidas en segundos, emociones instantáneas, impacto inmediato. Carl Honoré, periodista y ensayista canadiense y referente del Slow Movement, advierte que la velocidad se ha transformado en un valor moral. En Elogio de la lentitud señala: “No tiene sentido ir más rápido si vamos en la dirección equivocada”. En el ecosistema digital, esta advertencia cobra una nueva dimensión: la rapidez se celebra aun cuando empobrece la comprensión.

El problema no es el formato corto en sí, sino cuando toda experiencia debe adaptarse a esa temporalidad. Cuando el pensamiento complejo, la lectura profunda o la escucha atenta se vuelven incompatibles con el ritmo dominante. Cada contenido desplaza al anterior antes de poder convertirse en experiencia. La pregunta ya no es qué vemos, sino cuánto tiempo logramos sostener la atención antes de pasar a otra cosa.

Rosa sostiene que la aceleración produce una paradoja central: cuanto más accesible se vuelve el mundo, menos logramos relacionarnos significativamente con él. Todo está disponible, pero nada termina de tocarnos. Frente a esta lógica instrumental, el autor propone el concepto de resonancia: una relación con el mundo en la que algo nos afecta nos interpela y nos transforma. La resonancia requiere tiempo, apertura y respuesta. No puede producirse bajo la urgencia permanente.

Aquí la aceleración deja de ser solo una experiencia individual y se vuelve un problema colectivo. En una sociedad atravesada por ritmos vertiginosos y sin bordes claros, el desarrollo de capacidades fundamentales se ve tensionado. La atención sostenida, la escucha, la deliberación y el pensamiento crítico —condiciones básicas de la vida democrática— requieren pausa y disponibilidad temporal. Cuando la lógica del scrolleo reemplaza a la del encuentro, el ciudadano corre el riesgo de transformarse en un mero usuario: informado, pero no implicado, conectado, pero no comprometido. La democracia no se sostiene en la velocidad de la reacción, sino en la capacidad de detenerse, comprender y responder de manera significativa al mundo común.

El tiempo digital, dominado por la sustitución constante y la urgencia, dificulta esa resonancia. No porque la vuelva imposible, sino porque erosiona las condiciones que la hacen posible: silencio, atención, espera. Sin ellas, la experiencia se aplana y el cansancio se vuelve un estado habitual, casi invisible.

Tal vez el mayor riesgo de nuestra época no sea haber perdido al tiempo, sino haber perdido la capacidad de habitarlo. No es que el tiempo haya desaparecido, sino que lo atravesamos sin detenernos, sin permitir que algo nos alcance.

Pensarnos hoy implica revisar nuestra relación con el ritmo, con los límites y con la atención. Preguntarnos qué velocidades aceptamos como normales y cuáles podríamos discutir.  Y con ello, recuperar la posibilidad de una experiencia más plena para permitirnos que algo resuene.

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