Tercera entrega: La fundación y secesión de Olavarría del Azul

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En el marco del aniversario de la ciudad de Olavarría, mostramos una investigación del Cr. Adolfo Hipólito Santa María que revela documentos inéditos previos a la fundación de la ciudad.

En esta última entrega repasamos desde la secesión de Azul hasta la primera elección de autoridades municipales en Olavarría el 30 de noviembre de 1890 .

Tercera y última entrega

Acta del 13 de abril de 1874 (documento inédito) Folio 149 y 150

En consecuencia, fueron nombrados para formar parte de esta comisión los Srs. Don Juan M. Pourtalé, Don Juan D. Dhers, Don Luis Lacoste, Don Antonio V. Alvárez, Don Nicolás Ocampo, Don Blas Dhers, Don Manuel G. Bonorino, Don Felipe Fontan, Don José Barés, y Don Celestino Muñoz. Con lo que se terminó la sesión.

Juan Monedero / Secretario – Manuel Leal / presidente

Y sería el 29 de abril de 1874, previo pronunciamiento de la comisión, cuando la Corporación de Azul acepta la secesión de Olavarría. Una histórica resolución para los pobladores de Olavarría, pero faltaba la aprobación del Gobierno de la Provincia para que Olavarría sea declarada cabecera del partido, y esto se daría cuatro años después.

Acta del 29 de abril de 1874 (documento inédito) Folio 151

Por el contrario, el Departamento Topográfico de la Provincia cuando le toco decidir sobre el asunto, invocando el artículo 25 de la Ley del 16 de agosto de 1851 y el decreto reglamentario del 24 de noviembre del mismo año, consideró que a Olavarría le correspondía 16 leguas de ejido, incluyendo las cuatro que ya tenía desde 1868; y terminó manifestándose favorable que se tomaran las tierras a ambos lados del arroyo, pudiendo crearse un nuevo partido con parte de las tierras de Azul y Tapalqué. Pero el Fiscal del Estado consideró que la solicitud de los vecinos no podía resolverse de esa manera, en virtud que solicitar la mensura del partido hacía suponer su existencia, algo que debía crearse de acuerdo con el art. 98, inciso 5, de la Constitución de la Provincia y mediante trámite parlamentario.

Olavarría 10

Olavarría en 1874- Copia de una foto de Estanislao Zeballos

En septiembre de 1874, la insurrección encabezada por Bartolomé Mitre, aduciendo fraude en las elecciones, retrasó la gestión administrativa de la Provincia. Le tocaría a Álvaro Barros, por ese entonces gobernador de la provincia de Buenos Aires -en reemplazo de Mariano Acosta, electo vicepresidente de la Nación-, desbaratar la rebelión mitrista en la Provincia.


La revolución mitrista estalló el 24 de septiembre de 1874. Los partidarios de Mitre contaban con alrededor de 5000 hombres y el apoyo de un contingente de indios del cacique Cipriano Catriel, al que había convencido el general Rivas para que se plegara a la revolución encabezada por Mitre. El 12 de octubre de 1874, Avellaneda asumía como presidente en medio de los enfrentamientos. El combate de La Verde, entre 25 de mayo y Chivilcoy, el 26 de noviembre de 1874, donde el coronel José Inocencio Arias derrota al general Mitre, y el segundo combate de Santa Rosa, provincia de Mendoza, el 7 de diciembre, donde el coronel Julio A. Roca vence al general José Miguel Arredondo, fueron definitorios para derrotar a las fuerzas mitristas. Mitre se entregaría en Junín el 3 de diciembre, él y sus partidarios después serían amnistiados.


Al comienzo de la rebelión, el cacique Cipriano Catriel con sus lanzas partió rumbo a Las Flores para unirse a las fuerzas rebeldes comandadas por el general Rivas. El 21 de octubre se incorpora Cipriano al campamento en Las Flores e inician la partida para unirse a las fuerzas del general Mitre. A fines de octubre, la indiada de Catriel se había reducido a 400 lanzas, porque en pequeños grupos se habían ido retirando a sus tolderías.
El 17 de noviembre llegaría Mitre con sus fuerzas a Olavarría. El avance de las fuerzas leales, al mando del coronel Hilario Lagos, obligó a Mitre levantar campamento, dejando a Cipriano Catriel y su gente.

Al llegar a Olavarría las fuerzas leales al Gobierno, al mando de Hilario Lagos y Julio Campo, y alertados por Juan José Catriel- que su hermano se hallaba acampado a pocas leguas-, intimaron la inmediata rendición de Cipriano, y para cumplimentar la orden enviaron una partida y al capitanejo Mariano Moreno, quien además debía comunicarle que ya no era más el “cacique general”, pues por orden militar había sido reemplazado por su hermano Juan José; la reacción de Catriel, alegando que él no era un traidor, fue dar la orden al trompa Martín Sosa, de estaquear y degollar al capitanejo Moreno, mandato que cumplió.

Los indios que acompañaban a Catriel, en presencia de este sangriento crimen, se sublevan a las órdenes de un capitanejo de nombre Peralta. Catriel, con sus más fieles seguidores y un grupo de civiles que se encontraban en el lugar por haberse plegado a la revolución mitrista, logran escapar y ocupar un potrero cercano con la intención de atrincherase y protegerse de los amotinados. Por temor o con la intención de buscar ayuda, Serapio Rosas y su hijo intentan huir y son ultimados por los indios que cercaban el lugar.


Al atardecer, con el envío de un nuevo contingente de indios y soldados a cargo del capitán Pablo Vargas, Cipriano se entregaría junto a su fiel secretario Santiago Avendaño, el trompa Martín Sosa y otros seguidores, confiando en un buen trato y que sus vidas serían respetadas.


Pero no fue así para Cipriano, Avendaño y Sosa, que fueron estaqueados, a la intemperie, a la espera de someterlos a un consejo de guerra. Mientras tanto, el coronel Campos envío una nota al ministro de Guerra Adolfo Alsina, comunicándole que los indios le solicitaron al comandante Hilario Lagos, que se les entregue a Cipriano Catriel, al lenguaráz Avendaño y al trompa Sosa, para juzgarlos según sus costumbres, y que en su opinión estaría de acuerdo de que así sucediera. Después de deliberar los jefes militares destacados en Olavarría, sobre qué hacer con los tres prisioneros, prevaleció la opinión del coronel Campos de entregarlos a su tribu, no estando de acuerdo el coronel José Ignacio Garmendía, pues la entrega en tales condiciones suponía un alto riesgo de que pudieran cometer algún acto de venganza. Y así ocurrió, dejados en libertad el 24 de noviembre de 1874, fueron lanceados y degollados por miembros de la tribu fieles a Juan José Catriel, que los esperaban.


Todas las referencias coinciden que fue lanceado en la quinta Guerrero, actual Club Estudiantes. Aún maniatado luchó ferozmente en defensa de su vida recriminando a sus hermanos de raza el acto de cobardía que cometían. No obstante manar abundante sangre de sus heridas, logra romper sus ligaduras y quiebra algunas lanzas que llegaron a su cuerpo indefenso; arrebata una y logra herir a algunos de sus verdugos”(….)” Si bien, sus hermanos de raza lo consideraban un traidor por su predisposición a aceptar los métodos civilizadores y le guardaban cierto rencor porque castigaba violentamente los hábitos bárbaros de su gente, sorprendida en delito, los que portaban estandarte de mejores costumbres, no debieron acceder al reclamo de su entrega para hacer desaparecer tan trágicamente su vida. Esto se comprende a la distancia, porque, así como se respetó la vida de otros jefes revolucionarios, debió ocurrir lo mismo con quien fue inducido a participar en el movimiento y al que se plegó, convencido que era la mejor causa “(25).


Testimonios sobre lo acontecido nos brindan el subteniente Jorge Reyes, perteneciente al 2º Batallón del Regimiento III de Guardias Nacionales, y el alférez Domingo Güemes, ayudante del coronel Garmendia, testigos presenciales, quienes cuentan lo siguiente:

A las 9 hs…, al ser sacados los presos de las guardias respectivas, Catriel y Avendaño vinieron a encontrarse frente a la Guardia de mi Batallón, como a una distancia de ochenta metros. Los dos grupos [de indios a caballos y armados con lanzas] echaron pie a tierra y mataron a lanza a Catriel y su secretario degollándolos inmediatamente. Esto fue tan rápido que no dio tiempo a ninguna intervención de las fuerzas que en ese momento se encontraban formadas, haciendo el relevo de las guardias. El que mandaba las fuerzas de los indios era Juan José Catriel, quien degolló a su hermano (26)


Yo presencié ese bárbaro espectáculo de una manera casual. Venía del pueblito (Olavarría) al Campamento cuando vi que los indios armados de sus chuzas, forman cuadro, galopaban y hacían [fol. 6r] mil evoluciones. Me aproximé, y vi a Catriel y Avendaño a pie en el centro. Catriel se paseaba envuelto en una manta azul y echando una mirada terrible sobre los indios; el bandido Avendaño temblaba y suplicaba que no lo mataran; pero los indios echaron pie a tierra y los atravesaron a lanzazos. Catriel, cuando le tiraron el primer lanzazo, tiró la manta hacia atrás, y quitó la lanza que le dirigían al pecho; pero al mismo tiempo le clavaron otra en la espalda y cayó echando una maldición a los indios (27).

Separadas de sus cuerpos las cabezas de Cipriano y Avendaño, fueron llevadas a Azul por los indios de Juan José, y tiradas por la ventana de la casa que tenía Santiago Avendaño, en la calle Belgrano y Moreno.
De este cruel asesinato participó también el cacique Villanamún, quien junto a Catriel y las fuerzas militares habían luchado en el combate de Burgos contra el cacique Calfuquir, Manuel Grande y Chipitruz.

Villanamún, en la acción de este combate, persiguió al cacique Calfuquir, y dándole muerte cortó su cabeza para presentársela a Cipriano diciéndole: “Tomá penacho para tu lanza”. Un triste final para Cipriano y para su tribu lo sería pocos años después, considerados los más amigos de los cristianos, y los que más Creyeron de los beneficios que nosotros llamamos civilización.


La cabeza de Cipriano estuvo por más de 50 años en la bóveda de Juan Montenegro (ex Juez de Paz de Azul y cuñado de Avendaño) del cementerio de Azul, y una pariente de nombre Agustina Montenegro la donó al Museo de Bariloche (28). El 16 de mayo de 2018, el cráneo y un poncho de Cipriano Catriel serían restituidos a la ciudad de Azul.

Aceptado generalmente que Cipriano fue lanceado por sus hermanos, éstos nunca reconocieron la imputación de haber cometido un fratricidio.


Marcelino Catriel era un indio de edad indescifrable. Bajo de estatura y de mirada penetrante Hablaba dificultosamente el castellano en forma entrecortada, predominando el acento de su lengua araucana. Durante sus últimos años trabajaba acarreando piedra con una chatita “rusa”. Un día, nos dijo el señor Álvarez, estaba en mi casa tomando su copita de caña. En ese momento entró un obrero checoslovaco que también trabajaba en las canteras de piedra y alentado seguramente por los humos del alcohol que bebía abundantemente, le espectó al indio: “Vos lanceaste a tu hermano”.
“¡Mentira!” gritó el indio sin poder contener su indignación.


“¡cristiano lanceao m’hermano!” Los ojos del indio brillaron con mayor fuerza, sus gestos revelaban su propósito de vengar la afrenta.


El señor Álvarez hizo pasar al checoslovaco a la trastienda y consiguió apaciguar al indio. De no haber sido así, el hecho pudo llegar a mayores extremos, nos afirmaba convencido.


Así era de verdad. Jamás los hombres y mujeres de su raza aceptaron la versión de que sus hermanos lancearon a Cipriano Catriel (29).


Una de las hijas de Marcelino Catriel, Florentina Matilde, nacida el 14 de marzo de 1888, vivió en Sierras Bayas hasta su muerte el 8 de marzo de 1967. Su madre era Ana Peralta y había sido bautizada en Azul en 1890.


La tribu de los Catriel se inició con Juan (1775-1848), conocido como “El Viejo”, se lo recuerda como un amigo de los cristianos y hábil negociador; tenía el título de cacique mayor. A su muerte, en 1848, le sucede Juan (1810-1866), conocido como “Segundo ” Catriel, tenía amistad con Juan Manuel de Rosas, y participó de su lado en la batalla de Caseros en 1852, contra Urquiza.


Juan “Segundo” Catriel tuvo varios hijos, los más conocidos son: Juan José (1830-1910), Marcelino (1831-1916) y Cipriano (1837-1874). Le sucede Cipriano, el menor, dejando a un lado la tradición sucesoria, siendo su nombre indio Mari Ñancú, que significa “10 águilas o aguiluchos”. Los motivos por el cuál asumió como cacique de su tribu, siendo el menor, no son claros. Según declaraciones hechas por Juana Gallardo en 1923, viuda de Juan José, que residía en Santa Luisa, partido de Olavarría, le correspondía a su esposo ejercer ese cargo, y que declinó hacerlo en su momento para cuidar la hacienda que poseía, pero seguidamente dice que Juan José “siempre ambicionó la jefatura, porque la consideraba algo inherente a su persona” (30).


Con Juana Gallardo Juan José tuvo dos hijos, Basilio José, nacido el 11 de marzo de 1893, y Candelaria, nacida el 1 de febrero de 1895. También tuvo por mujer a una favorita cautiva, aragonesa, Mira López, llamada por los pampas Raiue (flor nueva), con la que tuvo dos hijos. Juan José Catriel murió en el hospital de Olavarría, el 16 de noviembre de 1910, y Marcelino en 1916 en Sierras Bayas.


En realidad, ateniéndonos a una serie de antecedentes, lo sucedido es que Juan José se niega a asumir la responsabilidad de ponerse a la cabeza de los catrieleros para no verse obligado a cumplir los compromisos contraídos por su progenitor con los cristianos, hacia los cuales sentía profunda aversión. O bien quedaba descartado debido a ese mismo motivo por decisión de una mayoría partidaria de seguir la política de su padre en el mantenimiento de las buenas relaciones con las autoridades y la cristiandad”. “En cuanto a Marcelino, supuestamente el segundo en la línea sucesoria, se deduce que no reunía las prendas esenciales que debían adornar a un apogülmen [cacique, jefe] de los pampas tapalqueneros” (31).


Del cacique Cipriano Catriel diría Estanislao S. Zeballos, que lo conoció personalmente: “uno de los indios más arrogantes, hermosos y salvaje continente que he conocido. Era, sin embargo, un fanático por las cosas cristianas. Tenía casa propia en Azul y flagelaba a la tribu por inducirla en los rumbos de la civilización. Aspiró mucho tiempo al empleo de general de la Nación, y el gobierno de Sarmiento le dio un nombramiento mistificado de cacique general (32).


Por su parte, el médico francés Henry Armaignac, que lo visitó en sus tolderias, nos cuenta: Pronto vi acercarse a nosotros un hombre de alta estatura y de una extrema obesidad. Representaba unos treinta años y estaba vestido como los gauchos, con poncho, chiripá y botas de cuero, llevaba la cabeza atada con un pañuelo que sujetaba su espesa cabellera; su cara era lampiña y su triple papada caía hacia su enorme abdomen. Era Catriel en persona, pues en su corte no había ni edecanes, ni maestros de ceremonias, ni mujeres, y las audiencias casi siempre tenían lugar junto al fogón de su cocina, tomando numerosos mates. Como nos esperaba, no pareció sorprendido al vernos y nos tendió afectuosamente la mano (33).
De él dice Aquerreta:”Era un hermoso tipo de indio, de regular estatura, de arrogante personalidad, generoso, leal, con ciertos rasgos de paternalismo.

Fue exigente ante la capacitación y organización guerrera de su gente de pelea, a la que sometía a permanente entrenamientos que él personalmente dirigía y repetía con insistencia hasta lograr su aprobación definitiva. Fue inflexible ante la palabra empeñada y exigía tanto de sí como de la otra parte el cumplimiento estricto de lo pactado; aunque siempre, como casi la totalidad de los pampas, actuaba con recelo. Poseía autoridad sin imposición ni arbitrariedad; entre los suyos fue preocupado por su bienestar y mostrarse consejero y defensor…

Cipriano actuaba con equilibrada sensatez para juzgar la conducta de los suyos y para no comprometerse ante las autoridades; ciertos procederes los disimulaba con frases oportunas y evasivas; pero ante la evidencia irrefutable no trepidaba en hacer justicia, reafirmando la palabra empeñada. Cipriano poseía una férrea disposición para asimilar normas de la civilización, que hasta con fervor podríamos decir, trató de inculcar entre los suyos. Vestía tipo hombre de campo: chambergo, pañuelo al cuello, bombachas, botas duras de cuero, faja “pampa”, “corralera”, y hasta poncho; en actos protocolares supo vestir uniforme militar. Muy comilón, gustaba de preferencia mate y la ginebra (no la cerveza, como por ahí se ha dicho). Propenso a engordar con suma facilidad, pese a su permanente actividad… Habitó en Azul, casa de ladrillo y barro, techos de zinc, pisos de tierra apisonada, dormía sobre cama con elementos para uso de la misma..” (34).


En la puerta de su casa en Azul, de la calle Colón y Corrientes, Cipriano tenía para sus desplazamientos una volanta americana (regalo del ministro Gainza), aficionado a las carreras de caballo, personaje significativo de Azul, era muy invitado a fiestas donde le gustaba bailar con gran entusiasmo la música de polca.

El cacique Cipriano Catriel y su casa en Azul.

El 1 de mayo de 1875 asume como gobernador de la Provincia el Dr. Carlos Casares. En beneficio del pueblo de Olavarría, el 17 de noviembre de 1875, el nuevo gobernador daría la comisión al agrimensor Juan Coquet para que trazase el ejido.


Adolfo Alsina, que había sido nombrado Ministro de Guerra y Marina por el presidente Avellaneda, le informa al Gobernador de la provincia de Buenos Aires: “Como a V E. le consta, hace quince años que la tribu amiga de Catriel conserva su campamento general, en las inmediaciones del pueblo de Azul y, no distante de Tapalqué, dando este lugar a que la tierra publica adyacente no tenga el valor que debiera tener, porque los pobladores repugnan la ocupación a título oneroso, de tierras con la vecindad que es una amenaza constante para sus intereses y un inconveniente para la posesión tranquila que apetecen. Además, muchas de las suertes llamadas del Azul, se encuentran detentadas por los indios, habiendo sido inútiles hasta hoy todas las tentativas para obtener su desalojo. Fuera de estas dos consideraciones hay otras de carácter análogo que han influido poderosamente en el ánimo del Gobierno Nacional, para tomar con empeño la tarea de concluir con la tribu mencionada en tratados cuya base fuese su desalojamiento de los lugares que hoy ocupa…”

Y este plan se concretaría el 1 de setiembre de 1875, cuando se firma un convenio con la tribu liderada por el cacique Juan José Catriel, que tendría consecuencias para la seguridad de la frontera y el destino de los catrieleros.


Firmado por el coronel Nicolás Levalle, en representación del Gobierno, y el cacique Juan José Catriel, el tratado expresa:


“Art. 1° Juan José Catriel con su tribu, desde este momento se pone a las órdenes del Excmo. Gobierno Nacional, en la condición de Guardia Nacional movilizada, él y su tribu, quedando en consecuencia sujeto a las leyes militares y a las órdenes inmediatas de los jefes que les estén dictadas por el Gobierno, sin restricción alguna.


“Art. 2° Juan José Catriel, desde el momento de firmar el presente convenio, gozará de su haber como jefe de la tribu, así como cada uno de los de ella, gozará el que le corresponda según su clase, con arreglo a lo que está presupuestado por los demás cuerpos del ejército.


“Art. 3° Juan José Catriel y su tribu, debiendo uniformarse y entrando a ser desde hoy fuerza regular a las órdenes del Gobierno, y debiendo en consecuencia usar uniforme, este ha quedado acordado de la manera siguiente: para jefes y oficiales bombacha grana o chiripá y blusa o camiseta con las insignias de su clase; y para la tropa, chiripá azul, camiseta poncha, sombrero con divisa que indicará la superioridad y bota. En cuanto al racionamiento, por el momento seguirán recibiendo las raciones de la manera que las han recibido hasta aquí, o serán racionados diariamente como las demás tropas del gobierno, según lo exija la mejor manera de alimentarse, o como mejor convenga según lo exijan las necesidades del servicio.


“Art. 4º El Gobierno pondrá a disposición del cacique general Catriel: 1° Agrimensores para medir y delinear los campos, a donde debe situarse su tribu – 2° Instrumentos de labranza y semillas – 3° Y todos los demás elementos necesarios para construir elementos en su nuevo campamento – El Gobierno Nacional por sí o de acuerdo con el de la Provincia, para entender a cambio del cacique general de los Jefes de familia o caciques, las escrituras de terreno o campos cuya propiedad les será reconocida.
“Art. 5° El cacique Juan José Catriel, tan pronto como el jefe de la frontera Sud ponga a su disposición los elementos necesarios para trasladarse al nuevo campamento, lo hará.


“Art. 6° El presente convenio será duradero y para siempre; y en fe de lo cual firmaron el Comandante en Jefe de la frontera en representación del Excmo. Gobierno Nacional y Juan José Catriel cacique general de la tribu amiga por sí y en su representación obligándome de la manera más seria al fiel cumplimiento de este convenio en el fuerte Lavalle a primero de setiembre de mil ochocientos setenta y cinco.

Juan Montenegro, uno de los primeros biógrafos de Cipriano, cuenta que un testigo de la reunión decía: “Los indios protestaron, diciendo que cómo era posible que después de tantos años que ellos poseían estos campos donde habían nacido y criado a sus hijos, se les despojara de una manera inconsiderada.


Alsina respondió que esa resolución era firme e irrevocable y que no había más que salir.


¡Veremos! dijo Catriel, desagradado.
¡No es que veremos, contestó el ministro, es que tendrán que salir!
Convencido Catriel de que insistir sería perder tiempo, entró a pedir un plazo para levantar la cosecha. El señor ministro no tuvo inconveniente en darle un tiempo prudencial con el que los indios estuvieron conformes (35).
Difícilmente el Gobierno cambiaría de opinión, ya tenía decidido el remate de las tierras para fines de diciembre. El francés Emilio Daireaux, en su libro Vida y Costumbres del Plata, nos relata lo sucedido y brinda su opinión: Desde hacía largo tiempo, había sido establecida cerca de la última villa del Sur, Azul, una tribu sometida, la de Catriel. Esta prosperaba en dicho punto, en contacto continuo con los habitantes, comerciando con ellos y trabajando, como hubiera podido hacerlo una colonia pastoril compuesta de inmigrantes civilizados. El gobierno cometió el error, en 1875, de revocar esta donación y de quitar a los indios sometidos dichas tierras, que habían adquirido, desde su establecimiento y por el solo hecho de estar pobladas, un valor considerable. Ofréceles, en cambio, tierras más alejadas y de menos valor. Esta era una política peligrosa. Los instintos salvajes de estos indios mansos no eran de temer; pero lo que se quería era tomarles su tierra, un miserable lote de veinte leguas cuadradas, apenas unas sesenta mil hectáreas, que podrían valer acaso, por entonces, unos dos millones de francos, cuyo valor lo habían adquirido después de estar Catriel en posesión de aquellos. Los indios pusieron el grito en el cielo ante tal injusticia, el Gobierno de Buenos Aires se disponía a principios de 1876, a ofrecer en venta pública doscientas leguas de terreno, situado en el lugar mismo en donde después se trazó el distrito de Olavarría, hoy día rico, poblado e importante. Era entonces esta región la más inmediata al campamento de los indios, la más expuesta a las invasiones y la menos guardada. La venta había sido anunciada con mucha antelación. Los indios que leían los periódicos y estaban como es natural al corriente de ella, esperaron la hora misma en que debía tener lugar y ocuparon el terreno que debía objeto de ella. La noticia de este golpe de mano llegó a oídos del rematador del gobierno, en el momento que, seguido de los compradores, se bajaba de la diligencia en medio de la villa de Azul. Este acto hostil de los indios demostraba bien a las claras lo que ellos querían dar a entender. Era una protesta contra la violación del derecho de propiedad, de que eran víctimas, realizada por gentes a quienes se acusaba de no respectar nada. Pero el derecho del más fuerte debía decidir la cuestión” (36).


El remate de los campos finalmente se suspendió. Ahora bien, no hay cuestión alguna en que los gobiernos sucesivos no se hayan desautorizado tanto los unos a los otros, a menudo desautorizándose a sí mismos de un día para otro. Alternativamente se adula y se amenaza a los indios, se los llama y se los combate, se los utiliza y se los engaña. Ya son hermanos de raza, cofrades en las armas, y de hecho sus irregulares contingentes de caballería han figurado en los combates de la independencia y en casi todas las guerras civiles; ya, a continuación de alguna abominable travesura de su parte, sólo queda exterminarlos, para, finalmente, pactar con ellos. Flexibles y astutos como zorros, clarividentes como niños, pero niños perversos, los indios se han dado cuenta perfectamente de esas irregularidades de humor y de conducta. Los maquiavelos de la pampa han percibido bien pronto el partido que podían sacar de las gentes para quienes los términos lealtad y perfidia están totalmente desprovistos de sentido. Aceptan apresuradamente las convenciones de paz, pues con éstas siempre ganan algo, sin creerse -en su alma y en su conciencia- obligados a nada por los compromisos que contraen, diría Alfredo Ebelot, otro francés (37).

Poco después del encuentro entre los representantes del Gobierno y los catrieleros, la consecuencia sería un gran malón en la provincia de Buenos Aires. Se inicia a fines de diciembre con una sublevación de los indios que respondían al mando de Juan José Catriel, comenzando así lo que años después se recordará como la última gran invasión de indios por esta zona.
El Heraldo del Sud del Azul, de 30 de diciembre de 1875, publica:
El ministro de la guerra se ha lucido. Todavía está fresca la tinta con que firmó con Catriel el tratado por el cual se obligaba a dar a los indios de este cacique campos para establecerse, instrumentos de labranza para explotar¬los, raciones para su manutención, sueldos militares, vestuarios, en cambio de un servicio regular y de la obligación de llevar sombrero con divisa. Todavía resuenan los brindis con que el doctor Coronel celebraba la alianza, y ya la alianza firmada está rota y ya Catriel está aliado de hecho con Pincén y con Namuncurá, y ya está sublevado contra el Gobierno, y ya he hecho armas contra el coronel Levalle, primer negociador firmante, y hasta cierto punto ga¬rante del tratado, y ya 3.000 indios (algunos llevan el número hasta 4 o 5 mil) sitian e invaden pueblos fronterizos y se esparcen por la zona más rica de la provincia arreando los ganados y dejando como de costumbre en pos de sí la miseria, la orfandad y la muerte. . .” (38)

La coalición liderada por los caciques Namuncura, Pincén y los Catriel asolarían los partidos de Tapalqué, Azul, Olavarría, Tandil, Juárez, Tres Arroyos y Alvear; después de varios combates con el ejército pusieron fin a las incursiones el 18 de marzo de 1876, cuando fueron finalmente derrotados y dispersados en el combate del Paso del Sauce (o de Paragüil). Juan José y Marcelino junto a su tribu se refugia cerca de la laguna Guatrache (actual La Pampa), y el 20 de abril de 1877 intentan tomar Fuerte Vedia, en Puán, donde fueron rechazados por el comandante Maldonado.
El pequeño poblado de Olavarría no estaría ajeno a la invasión, y un testigo de aquellos hechos nos contaría en una carta 50 años después, lo sucedido en aquella dramática jornada, de esta forma:


“Recuerdo que hace 50 años -narraba don Agapito Guisasola en 1925- el pueblo de Olavarría se componía de cinco casas de ladrillos y techos de hierro galvanizado; la que era de más comodidad y mejor construcción estaba ubicada en el solar norte de la manzana 41. El 27 de diciem¬bre de 1875 fue el baluarte de la defensa organizada por todos los residentes de ese naciente pueblo, puesto que además de las referidas casas de ladrillos, había veinte ranchos de relativa comodi¬dad para establecimientos comerciales y casas de familia.
Algunos vecinos del pueblo y sus alrededores, en la madrugada del 26, fueron a Azul, porque ese da se corría allí una mentada carrera de caballos. Mientras que en la noche del 26 al 27 de diciem¬bre del año 1875, en los hoteles, confiterías, fon¬das, cafés y almacenes del Azul en animadas conversaciones se comentaban las alternativas, peripe¬cias y resultados de las carreras, los indios que obedecían al cacique Juan José Catriel preparaban sus hordas secretamente en las tribus de Calfucurá, o más bien dicho de su hijo Namuncurá, para efectuar un formidable malón. Esa noche, toda la “chusma” se alzó con todos sus toldos y hacien¬das, marchando al sudoeste de Olavarría.
El cacique Juan José Catriel, sus capitanejos y hombres de lanza (guerreros), se escalonaron en la margen izquierda del arroyo, en las inmediaciones del Azul, mientras las tribus de Namuncurá y Pincén que, de acuerdo con Catriel habían invadido cautelosamente, sitiaban a Olavarría.
Afortunadamente para el poblado el movimiento de los indios fue advertido a tiempo y pudimos reconcentrar todas las familias en la casa de la- esquina norte de la manzana 41, y todos los hom¬bres armados y preparados, rechazaron la formida¬ble agresión que, en la noche del 27 de diciembre, nos trajeron los de Namuncurá. Ese día, bajo un sol radiante, desde los techos de la referida casa, armados de carabinas y algunos fusiles “Remington, evitamos la destrucción de las demás casas del pueblo que habíamos dejado solas. (…) En resumen, sostuvimos la lucha repeliendo con éxito las agresiones día y noche, desde la madrugada del 27 hasta el mediodía del 30 de diciembre de 1875.

A finales de setiembre de 1878, habían sido apresados al cacique Marcelino Catriel, su capitanejo Blas Román y otros que los acompañan, por el coronel Lorenzo Vintter.


El 26 de noviembre se entregarían en Fuerte Argentino (hoy Tornquist) el cacique Juan José Catriel y su tribu.
Prisioneros Juan José y Marcelino en Fuerte Argentino se les instruye un sumario. Una carta del teniente coronel Antonio Dónovan al coronel Julio Campos, comentándole los pormenores del mismo, nos revela otros motivos de la sublevación llevada a cabo por los catrieleros. El texto es la que sigue:

Fuerte Argentino. — Diciembre 10 de 1878.


Mi querido coronel y amigo:
Por la carta que le dirigió Juan José Catriel estará Vd. impuesto de lo mal que se ha procedido con éste y sus indios.


Vd. se ruborizaría si leyese el sumario que yo he instruido a Catriel y que Vintter ha elevado reservadamente al General Roca. Las declaraciones de Juan José y Marcelino honran altamente a Vd. así como denigran a otros y según Vinter todo lo que declaran estos caciques es la verdad y justifica el alzamiento de ellos.


Los Catrieles están desesperados porque los llevan a esa ( se refiere a la isla Martín García) , pues toda su esperanza la tienen en Vd.”.


Entre las muchas cosas que declara Catriel, dice lo siguiente: Que el Señor coronel D. Julio Campos, encontrándose en el 9 de Julio, lo mandó a la Blanca Grande con su tribu para que cuidasen esa frontera, y que le recomendó que cuidasen bien aquella frontera, que pronto serían relevados y que desde ese momento concluía la tribu, que todos eran Guardias Nacionales. Que poco tiempo después tomó el Coronel Levalle el mando de esa Frontera y nombró Intendente a Iranzo e hicieron todo lo contrario de lo que había ordenado D. Julio Campos, y después de esto siguen otras revelaciones tremendas y por eso yo no quise seguir la sumaria.


Los Catrieles quieren ir a Entre Ríos a trabajar a donde Ud. les indique pues para ellos no hay más ‘ que Julio Campos. Yo los he tratado bien, basta que recuerden de Vd. con cariño y les he dicho que Vd. no los abandonará y que ha de hacer lo posible por colocarles bien (39).

Los caciques Marcelino y Juan José, junto a otros integrantes de la tribu, fueron trasladados ese mismo año a la Isla Martín Garcia, donde permanecieron como prisioneros. El 11 de agosto de 1879, Juan José y Marcelino serían bautizados en la parroquia del Pilar, de Buenos Aires. En setiembre de 1886, Juan José Catriel solicitaría por carta al Presidente Roca su liberación, la de Marcelino y sus familiares, siendo finalmente liberados al mes siguiente


Por fin, la esperada nueva mensura de Olavarría la inició Juan Coquet el 3 de febrero de 1876, y la finalizó el 28 de mayo de 1877.
El trabajo fue rectificar lo realizado unos años antes por el ingeniero Ceztz. Como resultado, integró 16 leguas al nuevo partido a crearse, y para que las manzanas que tenían frente sobre la ribera del arroyo no resultaran irregulares, dejó un espacio libre de 35 metros sobre el arroyo dando lugar al hoy denominado Parque Mitre.


La extensión territorial del partido en 1879 era de 9.483 kilómetros cuadrados, al crearse el partido de Tres Arroyos, el 5 de julio de 1882, el de Laprida, el 16 de setiembre de 1889, y el de General Lamadrid, el 14 de febrero de 1890; y fijarse los límites con los mencionados partidos, la extensión del partido de Olavarría se redujo a 7.714 kilómetros cuadrados.
La mensura dividía el pueblo en ciento veinte manzanas de 86,6 m. y reservaba para la plaza y edificios públicos las manzanas Nº 42, 43, 59 y 60; es decir, las ocupadas hoy por la plaza coronel Olavarría, la municipalidad, el conocido hipermercado y el Cine Teatro Municipal. Se trazaron además 186 quintas y 851 chacras.

El Poder Ejecutivo aprobó la mensura el 3 de agosto de 1877.

Esta noticia fue aprovechada por los pobladores para solicitar nuevamente la creación del partido. La nota fue presentada el 8 de setiembre de 1877 y suscrita por ochenta y dos vecinos entre estancieros, labradores y comerciantes. En el expediente que se tramitó para la creación del partido, consta que en el partido ya había 2.000 habitantes y que en el pueblo existían 78 casas de ladrillo con techos de hierro y baldosa y 36 con techos de paja.


El 12 de abril de 1878, los diputados Lucio Vicente López, J. Martínez, J. M. Morillo, R. Bunge. J. M. Casullo, E. Enciso, E. Rodríguez, E. Amadeo, V. Villamayor y A. Saldías, presentaron un proyecto de creación del partido de Olavarría que fue aprobado sobre tablas por la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires. En la Cámara de Senadores fue considerada en sesión del 22 de octubre y aprobado también sin observaciones.
El 25 de octubre de 1878, previo informe del Departamento de Ingenieros para determinar los límites del nuevo partido, se declaró cabecera del partido de Olavarría al pueblo ya establecido sobre las puntas del arroyo Tapalqué.


El Senado y Cámara de Diputados de la Provincia:
Art. 1º- Declárase cabeza del Partido al pueblo de Olavarría. Art. 2- El P.E determinará los límites del Partido de Olavarría, previo informe del Departamento de Ingenieros. Art. 3-Los gastos que demande el cumplimiento de esta ley, se cubrirán de Rentas Generales y se computarán a la misma. Art 4- Comuníquese etc. Dado en la sala de Sesiones de la Legislatura de la Provincia a 22 de octubre de 1878.

Manuel Gaché Juan C. Belgrano
Presidente del Senado Presidente de la C. de Diputados
Carlos A. D`Amico J.M. Jordán (hijo)
Secretario del Senado Secretario de la C. de Diputados

Por decreto del 16 de mayo de 1879 se fijaron los límites del partido y se designaron las autoridades, quedando como Juez de Paz Eulalio Aguilar; comandante militar Matías Miñana, y para integrar la Comisión Municipal, como titulares, los señores Celestino Muñoz, Emilio Cortés, Manuel Leal y Manuel Canaveri, y como suplentes, los señores Ángel Moya y Joaquín Pourtalé. Por su parte, la policía se componía de un oficial y ocho soldados.

El 26 de mayo de 1879 se instaló la Corporación Municipal y el Juzgado de Paz en Olavarría.


El 22 de noviembre de 1879, por solicitud de la Comisión Municipal de Olavarría, se extendieron los límites del partido y el 9 de marzo de 1881 se fijaron los que lo separan del partido de Juárez.


Finalmente, veamos ahora que nos cuenta en su libro el fundador de Olavarría. En una de sus partes, haciendo referencia a los detalles de la fundación y las vicisitudes que tuvo que pasar el incipiente pueblo de Olavarría, nos relata lo siguiente: “Volvamos ahora a Olavarría” comienza diciendo, para continuar:


“El general Rosas en el diario de su expedición al Colorado en 1833, dedica algunas líneas a la descripción del lugar donde está situada sobre la margen derecha del arroyo Tapalqué.


Este arroyo tiene su origen en la vertiente oriental de la Sierra Sotuyo. Empieza por una serie de cañadas que al entrar en un suelo más elevado forman cajón y viene sensiblemente aumentando el caudal del agua y las barrancas hasta formar un salto de piedra.

En este sitio fundé el pueblo de Olavarría en 1866 sin ningún auxilio del Gobierno.
En marzo de 1867, visitando la campaña el Gobernador de Buenos Aires Dr. Adolfo Alsina, llegó al Azul y tuvo la deferencia de pasar conmigo a visitar el naciente pueblo de Olavarría que tenía ya seis manzanas pobladas.

El Dr. Alsina comprendió la conveniencia que había en ayudar a aquellos pobladores avanzados como también las ventajas del sitio elegido para asiento de un pueblo, y me prometió enviar un ingeniero que rectificara la delineación que yo había practicado, y completara la traza del pueblo.
En el mes de julio del siguiente año fue allí el coronel de ingenieros D. Juan F.
Cetz, ejecutó la traza y dejó colocados los mojones.

La población aumentó a trece manzanas y se poblaron algunas chacras.
Para dar incremento a aquella población, era necesario fomentar la agricultura, y una pequeña donación de tierra no era aliciente bastante para llevar pobladores con capital a aquellas alturas.
Era necesario disponer de recursos para proporcionar útiles de labranza y semillas a los pobladores pobres que se encontraban, y esto no me era posible.


Los oficiales trataron de formar una asociación de agricultura, pero el gobierno no les pagó sus haberes y no se realizó por falta de capital.

Traté entonces de llamar la atención de los agricultores del Azul donde hay capitales y es escasa la buena tierra, y para ello hice el primer ensayo en una sementera de trigo”.


Más adelante en el relato, Barros nos comenta de la difícil situación por la que había atravesado el pequeño pueblo de Olavarría, poco después de su fundación: “Algún tiempo después de mi separación (de la Guardia Nacional), la guarnición fue a situarse en la Blanca Grande, unas quince leguas al poniente de Olavarría y el coronel Borges comprendiendo la conveniencia que había de conservar aquel pueblo que encontró hecho, dejó para garantir su seguridad una guarnición de 40 hombres al mando del capitán de Guardias Nacionales D. Lucio Florinda.

Éste, vecino ya del pueblo y uno de sus más empeñosos agricultores, previendo que el Gobierno mandase retirar aquella pequeña fuerza, dejándolos a merced de los indios cuyas tolderías empiezan en su ejido, trató de propiciárselos, ocupándolos como peones en los trabajos de agricultura.

Lo que hizo Florinda hicieron también los demás pobladores, y los indios encontrando allí un trabajo seguro y productivo, fueron pronto interesados en la conservación de Olavarría.

Esa fue su salvación, pues habiendo sido reemplazado el coronel Borges por el coronel D. Francisco Elía, éste encontró inútil, y aún creo que perjudicial la existencia de aquel pueblo, y no solo retiró de él la guarnición, sino que mandó demoler los cuarteles y demás construcciones hechas con recursos de la Nación.


Pero Olavarría ofrecía ya ventajas a los indios, y los pobladores tenían en ellos no sólo garantías de seguridad sino también brazos para sus faenas, y Lucio Florinda animando a todos con su presencia y con fe en los buenos resultados, consiguió aumentar el número de pobladores y así que la agricultura progresara.”(…) “El Pueblo debe pues su formación al esfuerzo de los pobladores primitivos cuyos nombres es justo consignar, y son los siguientes:

Argentinos: Lucio Florinda, Alejandro Amaya, Juan Quinteros, Juan Chamorro y Arminda Anchorena.
Españoles: Manuel Fernández y Lorenzo Unzaga.

Francés: Pedro Lasser.
Ellos secundaron un buen pensamiento mío, aventurando cuanto poseían allá en los dudosos límites que separan la civilización de la barbarie, sin que exista barrera alguna que se oponga al poder destructor de la última”.

Lucio Florinda, oficial oscurecido e inutilizado a la vez que honrado, inteligente y modesto, hizo por su conservación y adelanto, lo que el Sr. Sarmiento aplaude con entusiasmo, cuando se ofrece hablar de los fundadores de Michigan o de Chicago.

Y por fin, esos mismos indios tan despreciados por inútiles, tan maltratados por dañinos, vinieron a custodiar ese puesto avanzado de la civilización, a sostener con su trabajo personal,
Esos mismos indios pintados siempre con los más sombríos colores, considerados como el único obstáculo opuesto al adelanto, como una terrible amenaza a la humanidad, han manifestado lo contrario con hechos elocuentes.

Ellos han contribuido a la defensa de la frontera contra los invasores.

El Gobierno no les ha pagado sus servicios ni el mes de sueldo que correspondía a los indios que salieron a campaña y se batieron bien en las dos ocasiones que refiero.

Por el esfuerzo de media docena de hombres, se funda un pueblo en el centro de los dominios de los indios bajo la protección de las fuerzas nacionales.

Un nuevo jefe retira de allí las fuerzas y hace demoler las obras de fortificación.

El Gobierno consiente en esto y consiente en que sea suspendida la entrega de las raciones de los indios durante un largo período.

Los pobladores se consideran perdidos y tratan de salvar la vida abandonando sus intereses a la rapacidad de los indios hambrientos y resentidos, pero éstos rodean el pueblo, le protegen con su fuerza, y con sus brazos salvajes fomentan la agricultora que el poder oficial condenaba a la destrucción.

Estos hechos prueban que los indios aceptan la civilización, que quieren regenerarse en el aprendizaje del trabajo y al amparo de la justicia.

Cómo son aprovechadas estas disposiciones, lo dicen también los hechos.

Se abusa de su crédula ignorancia para dividirlos, se fomenta la saña hasta que se vengan a las manos, y apoyando a una fracción se persigue a la otra, hasta apoderarse de sus propiedades y cuando estos incrédulos concurren a la justicia del Go¬bierno, caen prisioneros y unos van a presidio y otros son destinados a los cuerpos de línea.

La moral de estos hechos, repetidos en todas las épocas, está al alcance de todos.
La perfidia de los indios, es el resultado de nuestra enseñanza.

Cuando los indios sean tratados con equidad y justicia, serán sometidos a nuestras leyes y autoridades por los mismos beneficios que deben cosechar y poniendo en práctica los sencillos medios que otras naciones nos enseñan, la nuestra alcanzaría en pocos años a una altura sorprendente (42).

El relato Álvaro Barros expresa un sentido reconocimiento para el capitán Lucio Florinda, el pequeño grupo de vecinos y los indios, por contribuir a la defensa y la permanencia del naciente pueblo de Olavarría, pero también expresa un mensaje para los responsables de la política indígena, consiente de la importancia y los beneficios de integrarlos y enseñarles a trabajar.

De cómo era aquel pueblito de Olavarría nos relata en uno de sus libros el Dr. Estanislao Zeballos, quien la visitó en 1874 y 1879, y dice así: “Eran las 6 y 10 de la tarde cuando con sorpresa visible me hallaba en el seno de un pueblo, allí donde en 1874 ya había visto cuatro casas agrupadas sobre las ruinas de un fortín. Estábamos en Olavarría. Hay varios hoteles fundados por vascos españoles y en uno de ellos nos alojamos, de una manera que no fue tan pobre…” (…) “En Olavarría a pesar de la admirable fecundidad de su suelo, no hay frutas ni hortalizas, ni siquiera papas, aunque es una población de mil almas aproximadamente excluyendo los colonos. La edificación es muy sencilla, pero toda con material cocido, contándose como excepciones los ranchos de paja. Las calles delineadas de S-E a N-O en el sentido longitudinal del pueblo son 20 varas de ancho y terminan en las quintas y chacras de los contornos, que zanjeadas y cercadas de alambre o tapia, ocupan la pampa en todas direcciones. Hay dos boticas, dos hoteles, una oficina telegráfica de la Nación y varios almacenes, tiendas y establecimientos de artes, oficios e industrias, con relación a las necesidades locales de la campaña. Pocas son las casas allí que no sean de comercio”.


El censo de la provincia de Buenos Aires de 1881 daba una población total de 7.375 habitantes distribuidos en todo el partido, de los cuales había 2.354 extranjeros. En la planta urbana 740 y en la rural 6.635. Existían 15 almacenes, 3 acopiadores de frutos del país, 2 carnicerías, 6 fondas, 1 mercachifle, 3 organistas, 2 pulperías, 2 puestos de mercado, 24 tiendas-almacén, 1 tienda, 4 carpinterías, 1 confitería, 2 caleras, 1 molino de agua, 4 bodegones y 2 boticas. Existían 1.151 familias que tenían en total 2.664 niños; de estos había 763 varones y 594 mujeres de 6 a 14 años. Funcionaban dos escuelas a la que concurrían 292 alumnos.

Hasta el 28 de octubre de 1890, cuando se sancionó la ley Orgánica de las municipalidades, las comisiones municipales eran designadas por el Gobierno de la provincia. La nueva ley disponía una elección indirecta del intendente.

El 30 de noviembre de 1890 se realizó en Olavarría la primera elección de municipales, los cuales compondrían el cuerpo deliberativo y serían los encargados de elegir, entre ellos, al intendente. Con ese título fue elegido Camilo Giovanelli; a él se lo considera el primer intendente de Olavarría.

[1] Sierra Chica pertenece al Partido de Olavarría. Los indios llamaban al lugar: Pichi (Pequeña)-Mahuida (Sierra).
[2]Historia de la Provincia de Buenos Aires y Formación de sus pueblos. Archivo Histórico de la Provincia. Vol. 1 pág.133
[3]Archivo del General Mitre, Tomo XIV, página 175
[4]Ramón Rafael Capdevila, Tapalqué en la Historia, pág.155. Tomo I
[5]José Arena, Julio H. Cortes y Alberto Valverde, Ensayo Histórico del Partido de Olavarría. pág. 217
[6]José Arena, Julio H. Cortes y Alberto Valverde, Ensayo Histórico del Partido de Olavarría. pág. 216
[7]Archivo del General Mitre, Tomo XXIV, pág. 18.
[8]Archivo del General Mitre, Tomo XXIV, pág. 19.
[9]Archivo del General Mitre, Tomo XXIV, pág. 20.
[10]Archivo del General Mitre, Tomo XXIV, pág. 27.
[11] Archivo del General Mitre, Tomo XXIV, pág. 33
[12] Antonino Salvadores, ‘Olavarría y sus Colonias”, pág. 6
[13] Antonino Salvadores, ‘Olavarría y sus Colonias”, pág. 12
[14] Antonino Salvadores, “Olavarría y sus Colonias”, pág. 15, la primera iglesia de Olavarría se inauguró en 1882.
[15] Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales, pág. 176
[16] Antonino Salvadores, Olavarría y su Colonias, pág. 8
[17] Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur, pág. 189 y 189.
[18] Juan Carlos Whalter, La Conquista del Desierto, páginas 451 y 452.
[19]Juan Carlos Whalter, La Conquista del Desierto, Anexo Nº 9, páginas 786 y 787.
[20] Juan Carlos Whalter, La Conquista del Desierto, páginas 460 y 461.
[21] Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur, pág. 201
[22] Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales de las Pampas del Sur, pág. 129
[23] Antonino Salvadores, Olavarría y sus Colonias, página 24.
[24] Antonino Salvadores, Olavarría y sus Colonias, página 15.
[25] José Arena, en Ensayo Histórico del Partido de Olavarría, páginas 287 y 288.
[26] Fojas de servicio del coronel Don Jorge Reyes, Buenos Aires, 1928, p. 48 . Op. cit, en La revolución mitrista y la trágica muerte del cacique Cipriano Catriel( Olavarría 1874) Un aporte documental, por Durán, Juan Guillermo.
[27] Fols. 5r-6r. Archivo de la familia Guemes. Op. cit, en La revolución mitrista y la trágica muerte del cacique Cipriano Catriel( Olavarría 1874) Un aporte documental, por Durán, Juan Guillermo.
[28]Alberto Sarramone, Catriel y los indios Pampas, pág. 271
[29] José Arena, en Ensayo Histórico del Partido de Olavarría, páginas 285 y 286
[30] Antonio G. Del Valle, Recordando el pasado, Azul, 1926.
[31] Guillermo Cuadrado Hernández, San Cipriano Catriel… op.cit., p. 40
[32] Estanislao Zeballos, Calfulcura y la Dinastía de los Piedra. Buenos Aires, 1961, p. 141
[33]H. Armaignac, Viajes por la Pampas Argentinas, pág. 122, Eudeba, 1974.
[34] Claudio E. Aquerreta, Los Cacique Catriel, pp 69-70
[35] El Imparcial, de Azul, del 09 de abril de 1908- comentario firmado por Juan Montenegro.
[36] Emilio Daireaux, Vida y Costumbres del Plata TOMO I,pág. 78 y 79 y 80
[37] Alfredo Ebelot, Recuerdos y Relatos de la Guerra de la Frontera, pág. 22, Edic. Plus Ultra.
[38] Alvaro Junque, Calfulcura-La conquista e las pampas, página 346.
[39] Jacinto R. Yaben, Vida militar y política del Coronel D. Julio Campos, páginas 226 y 227.
[40] Alberto Sarramone, Los abuelos alemanes del Volga, pág.128
[41]Antonino Salvadores, Olavarría y sus Colonias, págs. 57 a 63.
[42] Álvaro Barros, Fronteras y Territorios Federales, páginas 194, 195 y196.
[43] Claudio E. Aquerreta, Los Cacique Catriel, pág. 85
[44] Lucio V. Mansilla, Una excursión a los indios Ranqueles, Tomo II, pág. 385, Editorial Jakson, 1953

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