Un mundo sin metáforas

Ante una oferta literal, obvia, con pocos laburo detrás, me pregunto, ¿Cuándo perdimos la costumbre de exigir calidad en lo que consumimos?.

Por: Arq. Jorge Hugo Figueroa.

Tiempo de lectura estimado:  1:10 minutos    

  Hace un par de años, hablando con mi esposa nos preguntábamos como sería un mundo sin metáforas, un lugar sin espacio para la falta de literalidad. Es decir, una sobre abundancia de lo literal, lo concreto, lo básico, lo primitivo.

  Y es que en muchos ámbitos podemos notar esa especie de pereza intelectual, ese lento transcurrir sin pensar más allá de lo evidente y es que esa misma falta de aprecio hacia lo sutil, hacia los lujos que nos brinda el intelecto humano también nos hace una sociedad menos exigente en ese sentido.

  Claramente podría caer en comparaciones archiconocidas citando aquí, por ejemplo, estrofas de canciones que años atrás fueron populares con las que hoy lideran esos rankings y veríamos como lo vulgar ha ganado los primeros puestos. A no confundirse, que no se trata aquí de marcar que es lo moralmente aceptable de lo que no lo es. No se trata de comparar desde lo moral, sino observar que cada vez es más sencillo conformar a la audiencia.

  Desconozco a partir de qué momento “se la empezamos a hacer tan fácil” a los que generan contenidos para tv, para algunas revistas o para la creación de temas musicales.

  A veces ocurre que se etiquetan determinados estilos musicales como propios de un determinado segmento de mayor o menor poder adquisitivo, como si eso fuera una barrera, una valla infranqueable donde dice que si no ganas lo suficiente no serías apto para oír o disfrutar música clásica, por ejemplo y que la música que te debe gustar es… tal y tal.

  Recuerdo un verano en que estaba pasando unos días en la ciudad de Minas, en Uruguay, aprovechando para vender mi flamante libro de cuentos cortos, cuando en un atardecer, desde unas casitas muy precarias oí una parte de la ópera “Rigoletto” de Giuseppe Verdi (La Donna e´mobile) interpretada por Luciano Pavarotti.

  La verdad es que al principio me sorprendí porque no esperaba toparme con algo de ópera en aquel lugar, pero también entendí que hay un cierto lineamiento que luego sostenemos con nuestros prejuicios y que, a su vez, éstos se sustentan sobre esas premisas que comentaba al principio.

  Nuevamente, no estoy diciendo cual música es mejor o cual es más bella, dado que esto es claramente subjetivo por lo que a cada uno le podrá gustar más o menos algo, sino que el análisis lo hago desde la mayor o menor elaboración del contenido de una obra.

  Un mundo sin metáforas, evidentemente implica una casi nula elaboración de lo que se quiere transmitir y, por lo tanto, la visión de que quien genera dicho contenido pareciera indicar un gran desprecio por los que lo consumen.

  Cada tarde, antes de caer la noche, la ópera volvía a envolver al barrio por completo y no sé si era porque todos prestaban atención a la música que sonaba, pero había un silencio que yo percibía como “atento”. Más tarde podía volver el bullicio de alguna que otra televisión y otras canciones diversas, como que “cada cual hacía la suya”.

   En esa hora u hora y media uruguaya, todos parecíamos en sintonía.

Arq. Jorge Hugo Figueroa.

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