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Vida y muerte en la calle: los patrones del odio

Escribe: Silvana Melo, de la Agencia Pelota de Trapo.


Por Silvana Melo

Ph: Agencia Pelota de Trapo

(APe).- La imagen de la mujer quedó detenida en la llamita de su encendedor. La sostuvo hasta que el fuego prendió sin esfuerzo en el carro de cartones de Jonatan. Que dormía ahí, pegadito, en un hogar de colchón y frazada. Fueron vecinos los que lo despertaron y le apagaron el fuego. Jonatan se quemó un poco los pies y pudo ver, con el alma atravesada por tanto desamparo, la imagen de la mujer y el encendedor. De la llamita que dejó sobre sus cosas para después correr hacia la esquina y perderse de los ojos de la cámara callejera. Hay un odio social, de la gente común, del vecino o la vecina que compra tomates durante el día y por la noche va dispuesta a prender fuego a un hombre que vive en la calle. A quemarlo como se quema la basura cuando el estado no la recoge. A sacarlo del medio, porque es el espejo donde nadie quiere verse. La intemperie a la que siempre se condena al otro. En 2021 hubo al menos 33 episodios violentos contra gente que vive en la calle. Con 23 muertos en todo el país, según el registro de la Asamblea Popular por las Personas en Situación de Calle (APPSC).

Es el estado el que los echa a la calle porque hay un porcentaje de descarte que es depositado en los ceamses sociales debajo de las autopistas. En las ochavas de las ciudades. En las plazas y en las entradas de los bancos. En la puerta de los supermercados y cerca de la basura de las pizzerías. Familias enteras con niños que despiertan a la vida con el peor registro que le marcará el rumbo: la intemperie y la violencia intrínseca de ese abandono.

Gente que fue desalojada de sus casitas por los propietarios, de los asentamientos y de las tomas por la policía, de los hotelitos por el estado que pagó hasta ahí, de un país entero que los confina y los empuja a las fronteras de lo imposible. Gente que se va a vivir con un cielo como techo que a veces es tan hostil. En invierno se mueren de frío. En el verano tropicalizado por las mismas manos que los expulsan, se mueren por el calor. Gente sin paredes, separada de los otros por una bolsa de consorcio. Sin inodoros ni duchas. Con la intimidad rota, con la disputa latente. Con el sueño de una plantita o una silla de jardín desfondada que se trajeron de alguna vida anterior.

Gente que fastidia. A los gobiernos, que los quitan sistemáticamente de los espacios públicos, que los despojan de sus cositas, que los cargan en sus camiones de residuos y los descargan lejos, fuera de la vista. Gente que molesta a las vecindades. Estropea las veredas. Afea el barrio. Entonces los atacan. Con fuego, con agresiones arteras, con cuchillos, con balas.

Es la condición humana construida en una época maldita, sojuzgada por el capital en su altar supremo, manufacturada en el desprecio al desamparado, en la individualidad como rumbo, en el muro, la alarma y el alambre de púas como resistencia feroz al otro.

Paradójicamente, Jonatan no es una víctima más del fuego sistémico porque le salvó la vida un vecino. Que el día después de la Navidad lo despertó y le apagó ese fuego en la avenida Cobo al 1200 de la metrópoli más rica del país. La de los mega negocios inmobiliarios que dejan a miles en la calle y sin río a la ciudad.

La esperanza es una vela al viento.

A fines de 2021, la Asamblea Popular por las Personas en Situación de Calle publicó el “Registro Unificado de Violencias” con números que, admiten, probablemente sean un subregistro porque las vidas y las muertes de la gente en la calle ni siquiera llegan a números. Son sombras que viven y mueren en el anonimato. Fueron 33 episodios violentos registrados en un año. Casi tres por mes. 23 muertos: 10 víctimas de ataques de odio y 13 por “negligencia o falta de asistencia” por parte del Estado.

Jorgelina Di Iorio, investigadora del Conicet y referente de la Asamblea, dijo a El grito del Sur que «Las denuncias por estas violencias tomaron aún más fuerza a partir del hecho de Mataderos», cuando en mayo de 2019 dos hombres de bajaron de un auto bajo el puente de General Paz y Alberdi y prendieron fuego a dos personas que dormían ahí. El 4 de julio de 2020, una mujer murió quemada bajo una autopista en Constitución.

En Mar del Plata, en septiembre de 2021, un hombre fue apuñalado mientras dormía. En el Hospital Interzonal le encontraron puntazos en la espalda, en el pecho y lesiones en la cara.

En la misma ciudad, con su carga de felicidad deshilachada, en enero de 2021 un hombre de 54 años, que vivía en la calle, fue apuñalado durante la noche. Con las mismas heridas del anterior. Como si fuera un patrón del odio.

Los agresores no aparecen. Casi nunca.

En Rosario, el 27 de septiembre, un muchacho de 28 años fue golpeado brutalmente por otros cuatro, que lo prendieron fuego. Perdió sus poquitas pertenencias y fue internado. No se supo más de él.

En Mendoza, en octubre de 2021, un hombre que vivía en la calle fue asesinado en la madrugada. Tenía cortes en el cuello y golpes que le produjeron la muerte.

En la ciudad de Buenos Aires, en mayo de 2021, Violeta fue asesinada por alguien que le robó. Y le había robado también un mes atrás. Violeta tenía 78 años. Su agresor, 25. Violeta vivía en la calle, en la zona de Recoleta. Poco antes del desembarco de la pandemia, se incendió la casita rodante blanca, con un Violeta pintado, donde ella vivía.

En CABA, en junio de 2021, la fiscal definió: “Violencia física inusitada” y “desprecio de la vida humana en su máxima expresión”. Estaba describiendo el crimen de Nancy Florentín, de 36 años. Vivía en la calle y le decían Karen. La mató en Palermo su ex pareja.

En el noviembre de Mendoza encontraron un hombre que no pudo amanecer ese día. Fue apuñalado y tenía 40 años. Y lo mató un par de puntazos en el cuello y en el tórax.

En junio del mismo 2021, en CABA, un indigente que paraba en la esquina de Almirante Brown y 26 de Julio, fue acribillado con una ametralladora. Desde dos automóviles, cinco tiros lo hirieron hasta la muerte. Referentes de una banda narco apretaron los gatillos.

Mar del Plata en octubre también asistió a los golpes que cuidacoches propinaron a un hombre que vivía en la calle. Quería dormir donde ellos trabajaban.

En Rosario, también en octubre, una pareja atacó violentamente a un indigente para robarle. El defendió sus mínimas pertenencias. Fue a parar al hospital.

En el enero y en el agosto de Jujuy, dos jóvenes condenados a vivir en la calle fueron atacados a puñaladas.
En Rosario, agosto de 2021, alguien prendió fuego a un hombre de 58 años que dormía en la calle. Quedó con el 90 % del cuerpo quemado. Murió a los pocos días.

En Tucumán, septiembre del año que pasó, un policía baleó a un hombre sin casa. Con vida apenas en la calle. Se supo a partir de un video que se viralizó.

En septiembre, en Mar del Plata, dos hombres apuñalaron a un indigente de 42. Sufrió cortes en la espalda, el pecho y el rostro. El mismo patrón del odio que aparece en tantos otros.

Muchos de ellos, los sobrevivientes, no pueden relatar lo que les pasó. Confusos, enturbiados por el alcohol y las drogas, logran poner entre paréntesis la vida que viven. Y la muerte que mueren.

La Asamblea por los Derechos de las Personas en Situación de Calle, que planificó el registro de ataques, también contó sus vidas, una a una, en un trabajo de varias organizaciones. Son más de 7000, compitiendo con los 1900 que contaba el oficialismo de CABA.

Mujeres, hombres y niños de la intemperie. Atacados por enfermedades que nadie atiende, por el clima -encabritado por los que desguazan a la naturaleza-, por la policía, la gendarmería, la prefectura, la justicia, los odiantes seriales, el país para algunos que diseñó el sistema, ellos en la calle y las casas vacías, la desigualdad brutal.

Para ellos la esperanza será siempre una vela en el viento.

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