Gordito y Cabezón

Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias
En los últimos años se volvió cada vez más frecuente un tipo de advertencia: no señalar rasgos físicos. No decir “gordo”, “flaco”, “narigón”, “petiso”. Evitar cualquier referencia al cuerpo del otro, incluso en contextos de confianza o afecto. La recomendación aparece como una forma de cuidado, una manera de no herir, de no reproducir estigmas.
Y, sin embargo, hay algo en esa escena que merece ser pensado con más cuidado. Porque si toda mención al cuerpo se vuelve problemática, la pregunta no es solo qué decimos, sino por qué decirlo se volvió tan delicado.
Durante mucho tiempo, en ámbitos cotidianos —familia, escuela, barrio—, los rasgos físicos formaron parte de la manera de nombrarnos. Sin intención ofensiva. Muchas veces como una forma directa, incluso afectuosa, de identificar a alguien. El “Negro”, el “Gordo”, el “Ruso”, el “Narigón”. Palabras que podían ser duras en abstracto, pero que en la práctica funcionaban dentro de un entramado de vínculos donde el sentido no estaba fijado de antemano.
No se trata de idealizar ese pasado. Los cuerpos nunca fueron completamente neutros. Siempre existieron jerarquías, valoraciones, preferencias. Pero había, en muchos casos, una distancia entre el rasgo físico y su carga simbólica. No todo rasgo implicaba automáticamente un juicio.
Esa relación cambia cuando el cuerpo se convierte en un objeto central de evaluación social.
La expansión de los medios, la publicidad, la industria de la moda y, más recientemente, las redes sociales, producen algo más profundo que una simple tendencia estética. Instalan estándares cada vez más definidos, más exigentes y, sobre todo, más visibles. El cuerpo deja de ser una característica más entre otras para convertirse en un terreno permanente de comparación.
Ahí es donde aparece el problema. No en la palabra que nombra un rasgo, sino en el sistema que convierte ese rasgo en un valor.
Cuando ser flaco, alto, joven o determinado tipo de rostro se vuelve un ideal, cualquier desviación de ese ideal empieza a cargarse de sentido negativo. Y en ese contexto, las palabras dejan de ser neutrales, no porque cambien en sí mismas, sino porque cambia el marco en el que circulan.
Por eso, poner el foco exclusivamente en quien dice “gordo” o “narigón” puede ser una forma de desplazar la discusión.
Porque el verdadero problema no es que existan palabras para describir los cuerpos. El problema es que esos cuerpos fueron jerarquizados según criterios arbitrarios que se presentan como naturales. Que alguien sea más o menos cercano a ese ideal no debería ser, en principio, un dato relevante. Pero en una cultura que lo vuelve central, pasa a serlo.
En ese sentido, hay una inversión curiosa. Se cuestiona a quien nombra el rasgo, pero no siempre a quien le dio a ese rasgo un valor diferencial. Se vigila el lenguaje, pero se naturalizan los estándares que lo vuelven problemático. Como si el conflicto estuviera en la superficie de las palabras y no en la estructura que las carga de sentido.
Esto no significa que todo uso del lenguaje sea inocente. El contexto importa, el vínculo importa, la intención importa. No es lo mismo una palabra dicha entre amigos que una dicha para excluir o humillar. Pero tampoco es lo mismo analizar una palabra aislada que entender el sistema que le da peso.
Tal vez la pregunta no sea si podemos o no referirnos a los rasgos físicos, sino por qué esos rasgos se volvieron tan significativos. Y ahí la respuesta es menos cómoda.
Porque obliga a mirar no al hablante individual, sino a un entramado mucho más amplio: industrias, discursos, modelos de éxito, formas de reconocimiento. Un conjunto de prácticas que, de manera sostenida, fueron construyendo una idea de cuerpo deseable y, por contraste, una serie de cuerpos desviados.
En ese marco, las palabras no crean el problema. Lo reflejan. Y si lo reflejan, la discusión no puede agotarse en corregirlas.
Puede ser necesario ser más cuidadosos al hablar, sin duda. Pero si no se cuestionan los estándares que convierten a ciertos rasgos en marcas de valor, la corrección del lenguaje corre el riesgo de ser apenas un gesto superficial.
Porque, al final, no es la palabra la que hiere por sí sola. Es el entramado cultural —la episteme, diría Foucault— que la vuelve significativa.
