Civilización o barbarie


Opinión / Carlos Verucchi / En Línea Noticias (Twitter: @carlos_verucchi)

El tiempo, lentamente, acomoda las cosas. A veces necesita siglos para hacerlo. Resulta que los ideales de aquellas hordas de salvajes que alentaban el desarrollo del interior del país en desmedro de alianzas serviles con el poder hegemónico de la época, cuando Sarmiento acuñó su famosa dicotomía retórica, son reflotados hoy por la inmensa mayoría de los intelectuales y por las cabezas más iluminadas no sólo del país sino del mundo.

Espontáneamente, 68 científicos de primer nivel mundial, todos galardonados alguna vez con un premio Nobel en ciencias, se unieron para reclamar, entre absortos e indignados, por el mantenimiento de la estructura científica de la Argentina esgrimiendo los mismos argumentos que acá son tildados de populistas y retrógrados.

El despropósito de la política del actual gobierno en lo que se refiere al desfinanciamiento del aparato académico y científico de las universidades nacionales y de organismos como el CONICET o la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, está a la altura de episodios lamentables de nuestra historia como por ejemplo la llamada “Noche de los bastones largos” en tiempos de Onganía, o del vaciamiento de las universidades durante los años del Proceso.

Tal como nos enseña nuestra historia reciente y resaltan los 68 firmantes de la carta a Milei, el deterioro del sistema científico de un país como el nuestro constituye un daño prácticamente irreparable. Como hemos sostenido hasta el hartazgo desde esta columna, el desarrollo científico es la nueva “Riqueza de las naciones” (para decirlo en palabras de alguien que nuestro presidente seguramente ha leído y admira), es el único mecanismo a través del cual una nación subdesarrollada puede salir a flote, es la única posibilidad de crecimiento económico sostenido y equitativo, es la única alternativa viable a la sumisión incondicional a las reglas de juego que imponen los países más adelantados, esos que nos prefieren obedientes y desempeñando un modesto papel en el concierto productivo mundial.

Los premios Nobel manifiestan, entre otros argumentos, que “Si no fuera por la ciencia argentina, las causas del cáncer de pulmón y diabetes seguirían siendo un misterio por décadas. Si no fuera por la ciencia argentina, careceríamos del conocimiento y tecnología que permita a un país con pluviosidad modesta alimentar a su población y el mundo. Si no fuera por la ciencia argentina, no contaríamos con elementos clave para nuestro entendimiento del universo, desde el desarrollo de un simple virus hasta sus átomos”. (Tomo literalmente la traducción al español publicada por La Nación.)

En el mismo documento, los científicos destacan: “Argentina es el único país de la región que ha desarrollado su propia vacuna Covid-19, construido y lanzado satélites de comunicaciones, y diseñado y construido reactores nucleares de última generación. Ocupa el puesto 10 del mundo en número de empresas de biotecnología, un logro sorprendente que promete grandes avances en medicina y agricultura. Los científicos argentinos destacan en muchas áreas, como la geología, la paleontología, la bioquímica, la biología molecular, la inmunología, la ecología, la física, la arqueología y los estudios medioambientales, atmosféricos y sociales”.

A muchos les sorprenderá que semejante caterva de científicos de primerísimo nivel encuentren algún mérito en el trabajo realizado por los ñoquis del CONICET, destaquen que los negociados de los corruptos K en materia de desarrollo satelital o energía nuclear tengan algún significado, reconozcan alguna virtud en los miles de becarios que supuestamente, tal como leí por ahí hace unos días, asisten todas las mañanas a sus oficinas o laboratorios dotados de sus únicas herramientas de trabajo: el equipo de mate y el paquete de bizcochitos Don Satur.

 Qué extrañados deben estar los lectores de Clarín al comprender que “el gran diario argentino” nunca se enteró de ese río subterráneo que puja por salir a flote, que nunca haya destacado el esfuerzo de miles de argentinos y argentinas que se pasaron la vida estudiando (se quemaron las pestañas diría mi abuela) y compiten con grupos de investigación del primer mundo en desigualdad de condiciones y logran ponerse a su altura.

Si los empresarios son héroes, vistos en el marco del modelo económico que intenta imponer el gobierno actual, ¿cómo debemos calificar a ese becario que con un ingreso magro espera, ansioso, la respuesta de los revisores al artículo que sintetiza el trabajo de varios años y que envió a esa revista norteamericana para su publicación?

A veces los civilizados son perfectos brutos a la vista de los pensadores del primer mundo mientras que, los salvajes, son calificados de imprescindibles. La famosa fórmula de Sarmiento resulta hoy, al menos, cuestionable.

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